miércoles, 22 de julio de 2009

Simancas, las huellas de su leyenda

























Muchos son los pueblos que, entre su más enraizada tradición y cultura popular, guardan en la memoria y con orgullo leyendas de batallas y gallardías que, además de ennoblecerles, dejaron su impronta en el acontecer de la historia.
A medio camino entre lo heroico y lo legendario, cuentan que a escasos kilómetros de Valladolid, en un altozano a orillas del rio Pisuerga, una villa decidió poner fin a una injusticia con determinación y valentía.
De lo que allí aconteció, la mujer tuvo relevante importancia pues fue su rebeldía en aras de su honor la que afloró en contra del acatamiento y sumisión que por su condición se le exigía.
Es, por tanto, de rigor y justicia conocer lo que ennobleció a este pueblo y lo que le llevó a llamarse como se llama, pues no es casualidad dicho nombre ni un simple juego de palabras, sino consecuencia de unos hechos que por sus mujeres y a ultranza, dio en llamarse...Simancas.

La Leyenda de “ Las siete doncellas de Simancas”
La Leyenda de “ Las siete doncellas de Simancas”Cuentan que en Simancas, Bureva para los moros, Abderramán salió mal parado.Pidió doncellas el rey moro y hasta allí fue a buscarlas, pero en lugar de doncellas, lo que encontró en la villa fueron lanzas y la peor de sus batallas.Y es que la historia dice que, precisamente por vencer Abderramán II al Rey Ramiro I del Reino de León en la guerra que mantenían, el rey moro le exigió al rey cristiano un tributo que debía pagar con premura y sin dilación.No queriendo el rey Ramiro más guerra sino paz, decidió cumplir con el tributo, más el pago era grave pues no se trataba de dineros ni salarios sino de cien doncellas de todo su reino cada año.Pero bien es sabido que, una cosa es lo que manda un rey y otra bien distinta lo que debe acatar su pueblo y he aquí que en esta ocasión, el rey cristiano pese a no querer soliviantar al emir moro ni querer más guerras, habría de enfrentarse de nuevo a él pues, aunque aceptó, efectivamente, dar tal contribución con cien jóvenes doncellas de todo su reino, no lo aceptó así la villa de Bureva que al saberse proveedora de tal tributo con sus doncellas, decidió rebelarse y poner fin a tan vil impuesto. Así pues, es menester contar los hechos tal y cómo acontecieron.
“ A la villa le llegó el requerimiento de siete de sus doncellas, el número de muchachas que en equivalencia les correspondía de las cien que se requería.Las autoridades lo hicieron saber al pueblo siendo pedidas a tal efecto y para posterior sorteo, hermanas, hijas y parientas en edad de casamiento.Conocidos los insidiosos deseos del rey moro con sus honrosas doncellas, la aflicción se apoderó de las gentes y el temor corrió por las calles y casas de Bureva pues en casi todas había una joven doncella que podía, pobre de ella, ser requerida y sorteada.Para evitar huidas, en las puertas de las casas de jóvenes casaderas, se aposentaron centinelas hasta el día del sorteo mientras los parientes, padres, madres y hermanos acudían a la iglesia para pedirle a Dios que librara de tan miserable destino a quien con tanto desvelo guardaban en casa.Pero como a todo requerimiento le llega el momento de cumplir con lo requerido, llegó el temido día del sorteo y en la plaza todos se reunieron para escuchar de las autoridades los nombres de las siete doncellas.Siete salieron y siete nombres se escucharon con temor:Leonor, Lucía, Laura, Eva, Isabel, Yolanda y, por último, Inmaculada.Al instante, lamentos y gritos clamando al cielo de los padres, hermanos y parientes de las siete jóvenes desgraciadas cuyos nombres se anunciaron en tan aciago momento.Tantas suplicas habían sido vanas. Sin remedio se las llevaban para encerrarlas en la torre del castillo hasta el día que, al rey moro, le fueran entregadas.Cuentan que iban las doncellas llorosas y desgreñadas, con los ojos enrojecidos y descompuesto el rostro, mientras las madres iban detrás, gritando y maldiciendo al rey moro por querer quitarles¡ ay de sus pobres niñas¡, toda su virtud y honra.En la torre del castillo las siete quedan confinadas, suspirando y llorando sin consuelo, hasta que la mayor, la más gallarda, después de enjugar sus lágrimas, a sus compañeras muy resuelta les dijo:“ Desventuradas doncellas, quién en el mundo pensó que para echar a los perros estáis vosotras y yo. Más valiera morir que aceptar lo que se aceptó, cortémonos pues las manos, la primera seré yo”.Cortémonos los cabellos, cortémonos pues las manos, desfiguremos los rostros con la sangre que manemos.Pongámonos horrorosas y así no querrán llevarnos, no querrán tomar favor si el cuerpo desfiguramos”.De tales palabras, la leyenda dice que las otras seis doncellas con sendos cuchillos que sacaron se cortaron los cabellos y el rostro desfiguraron, más la mayor que había hablado, con un golpe firme y certero se cortó una de sus manos.Viendo aquello las otras seis, tampoco vacilaron. Una a una fueron imitando a la mayor cortándose, todas, una de sus manos. Y cuentan que en la celda de aquella torre, siete gritos de dolor se escucharon; el de siete doncellas que, con honra y por su honor, mancas se quedaron.Más la cosa no quedó en esta determinación. El pueblo enseguida supo lo ocurrido con sus jóvenes mujeres y decidió tomar partido al tiempo que, a los moros, de Bureva les llegaba la noticia que siete doncellas agonizaban mancas por negarse a ser entregadas.El pueblo exaltado estaba decidido a defender a sus siete doncellas que en el castillo, y con tanta determinación, sus manos habían cortado.A las puertas del castillo, llegaron los moros dispuestos a llevárselas por la fuerza, más lo que vieron, no les gustó.En la celda encontraron los moros a las siete doncellas, en estado de agonía, desfiguradas y mancas.Viéndolas así el rey moro dice:“ Si mancas me las dais, mancas no las quiero”.Y enseguida ordenó a los que gobernaban la elección de otras siete doncellas que sustituyeran a las que se habían quedado desfiguradas, desgreñadas y mancas.Pero a los que allí gobernaban, este segundo requerimiento les pareció del todo desmesurado y acordaron dar cuentas al Rey Ramiro no sólo de la nueva exigencia de Abderraman II, sino de lo acontecido en el pueblo con las doncellas que habían sido requeridas y que, con arrojo habían decido quedarse mancas antes que ser entregadas al rey moro.A tal cuestión, el rey cristiano en silencio escucha las malas noticias que de Bureva llegan. También lo escucha la corte.Los rostros se crispan. Se piensa en la venganza. Una voz alta y firme se alza a los presentes:“ Qué hacemos los hombres quietos, cuándo las tiernas doncellas solas defienden su honra. Solas con gran entereza.Ejemplo nos dan a todos aguerridos caballeros (....), y nos dicen que por su honra volvamos.”A esto, los caballeros en la corte responden y deciden que han de luchar como nobles por la honra de sus pueblos y sus mujeres, declarando la guerra a los moros pues por honor mil veces prefieren morir como nobles caballeros que vivir como cobardes.El rey moro intenta negociar pidiendo los quinientos sueldos que el rey Ramiro I había ofrecido por cada una de las cien doncellas si no cumplía el acuerdo. Pero el pueblo había hablado por boca y determinación de sus mujeres y al moro negó uno y otro tributo retándole a que viniera a tomarlo de las puntas de sus lanzas pues no iban a permitir más ni tributos ni amenazas.Se levantan pues en armas todos los caballeros de pueblos y ciudades y hacía Bureva parten de todos los lugares para defender a sus doncellas, a las cien de todos los pueblos, a las siete que quedaron mancas por gallardas.
Posteriormente, ya en el 939, 6 de agosto para más reseña en el acontecer de la historia, se libraría la famosa batalla " Del barranco".
Nada obtuvieron los reyes y caudillos moros a partir de aquello, ni doncellas ni tributo. De Simancas salieron huyendo con sus tropas, dicen que hacía Zamora, más nunca olvidaron los moros que, en Bureva, tanto les humillarán.Cuenta la tradición que, las doncellas cristianas, a sus casas no regresaron. En un convento de monjas, mancas y vírgenes quedaron.De esta historia curiosa y ejemplar, Bureva, el pueblo de las Siete Mancas, su nombre por el de Simancas cambió y esta coplilla salió:
“ Por librarse de paganoslas siete doncellas mancasse cortaron sendas manosy las tienen los cristianospor sus armas en Simancas”.
Y así ha sido y así se cuenta. En el escudo de Simancas, siete manos de siete doncellas gallardas, que por honor prefirieron quedarse mancas que ser, para un rey moro, vulgares esclavas...
Texto libre recreado y entresacado de la “leyenda de las Siete Doncellas de Simancas” de Francisco Javier Alonso Del Pino, del cuál se incluyen algunos pequeños fragmentos y que se puede leer íntegramente tal y como magistralmente la ha escrito su autor después de una exhaustiva labor documental en http://www.valladolid-es.info/leyenda-simancas.htm http://www.aytosimancas.es/desarrolloSecciones.php?art_id=14.




Huellas de la leyenda

Simancas, después de lo contado, es un lugar en el que vale la pena hacer parada y fonda. No debemos conformarnos con la estampa que ofrece al viajero desde la carretera, es casi obligado llegar a los pies de su castillo y caminar siguiendo las huellas que ya desde la propia calzada podemos ver marcadas para guiarnos y revelarnos paso a paso lo que, a pesar de tantos años transcurridos, perdura de su leyenda.

Siete manos blancas, puras como lo fueron las siete doncellas de Simancas, nos inician en un recorrido por las calles de una villa que conserva un sabor medieval castellano muy singular.
Calles empedradas y estrechas bajo las almenas y torres vigía del castillo, hoy archivo nacional histórico, nos llevan a imaginar sin mucho esfuerzo el pulso y sentir de un pueblo que no sólo tuvo el coraje de defenderse de la caprichosa e indolente política mora, sino también de conservar su propia identidad y carácter.

Todo en Simancas recuerda a “ sus mancas y su valiente arrojo: un monolito en relieve con un epitafio en letras doradas. Escudos de la villa por doquier con siete manos como emblema principal. Un templete sostenido por siete columnas de piedra y, como no, un puente romano peinando el río Pisuerga con sus ojos ojivales de piedra desde el cual es fácil recrear ese paso firme y decidido de los caballeros cristianos al frente del Rey Ramiro cruzándolo para defender el honor de “ sus doncellas”.

No obstante, no todas las huellas son visibles. A menudo son las propias gentes quienes mejor pueden ilustrarnos de los secretos a voces que guarda un lugar, pero no es menos cierto que, también a veces, la propia indiferencia de algunos de los que pueblan un lugar, o quizá la inconsciencia, pueden borrar para siempre lo que bien hubieran podido conservar e ilustrar su bagaje histórico.

En viejas guías aparece una fuente homenaje al labrador con siete grifos simulando siete manos. Es tarea inútil buscar esta fuente en el lugar que se asentaba, un espacio privilegiado en medio de la Plaza Mayor junto al templete. Hay ocasiones en las que, las remodelaciones y restauraciones, trastean y anulan significativos emblemas en aras de lo funcional sin tener en cuenta no sólo el valor de lo añejo, sino lo que enriquece y nutre a la propia identidad del lugar. Esta fuente, por alguna razón, a quienes proyectaron la remodelación de la Plaza Mayor, les estorbaba y decidieron quitarla, eliminando un elemento cuándo menos interesante y curioso pues además de la peculiaridad de sus grifos recordando la leyenda, estéticamente era digna de contemplar por sus escalonadas piletas por las que discurría el agua hasta culminar, como no podía ser menos tratándose de un homenaje al labrador, de un arado forjado en hierro.

Pero de lo perdido, ya no hay remedio. En Simancas, sólo alguna foto de “ La Fuente del Labrador” puede completar la búsqueda de esas huellas que recuerdan la leyenda además, naturalmente, del testimonio de la gente del propio pueblo.

Otros vestigios visibles

Aunque todo parece apuntar como hecho más relevante cuánto aconteció de la leyenda, lo cierto es que Simancas conserva otros vestigios más remotos.

A escasa distancia del núcleo poblacional se encuentra El sepulcro colectivo de Corredor de Los Zumacales, un fenómeno megalítico enclavado en lo que se hace llamar el Valle Medio del Duero y en el cual se encontró un dolmen de aquellos tiempos prehistóricos.
Del mismo modo cabe también tener en cuenta que, Simancas, quizá por su estratégica situación a modo de minarete de la vega del rio Pisuerga, fue lugar escogido como asentamiento por los vacceos, los romanos y los musulmanes, condición y circunstancia que, inevitablemente, dejó sus marcas y rastros que, en su conjunto, dotan a esta villa de un impresionante interés cultural, histórico e incluso popular.

Tambien cuentan que...

...Simancas, tiene horadadas sus entrañas y que, en tiempo de la ocupación mora, existía un pasadizo que recorría enteramente Simancas desde el foso del castillo hasta el mismo río y que servía de conducto y vía de escape en tiempos de la ocupación musulmana.
Los viejos del lugar aseguran la existencia de ese pasadizo conocido por “ La cueva de la mora”. Hoy es difícil hallar ese corredor íntegramente pues, Simancas, también se caracteriza por las bodegas subterráneas que albergan muchas casas y existen infinidad de puertas que franquean aquello que, en origen, fue dicho conducto hacía el río desde el castillo, pero de la leyenda dan fe y toma su nombre los propietarios del Pub “ La cueva de la mora”, un lugar de encuentro y de música en directo en un marco incomparable pues, no sólo el local está decorado con gusto y es acogedor, sino que además ofrece la posibilidad de disfrutar de una copa o un buen vino en un lugar, quizá único en España, pues puede decir sin presunción ni mentira que tiene un castillo en su terraza.
Así es como se invita al visitante si leemos un letrero al principio de la empinada Calle del Archivo dónde se encuentra ubicado este pub : “ Tenemos un castillo en la terraza”. Y es que, con sólo levantar la vista, el impresionante castillo irrumpe presidiendo la más inmediata panorámica, haciéndonos una vez más participe de lo singular que ofrece esta villa si nos detenemos a mirarla.

Recomendable, desde luego, acercarse hasta este pub para conocer de primera mano otra pequeña leyenda que se cuenta en Simancas además de pasar un buen rato en un local pintoresco y con buena música.

Siete “ síes” en Simancas.

Así pues, y si es menester del viajero, parar en Simancas, siete “ síes” es de rigor recomendar además de empaparse de la leyenda de sus siete doncellas mancas y seguir sus huellas.

El primero, su castillo medieval, más con porte de palacio que fortaleza militar casi tocando ese inmenso cielo azul que acostumbra a verse en Castilla cuándo el tiempo es de bonanza.
Alberga el archivo histórico nacional motivo que impide entrar en su interior y visitarlo pues sólo se permite la entrada a investigadores e historiadores acreditados, pero aún así, merece la pena llegar hasta sus puertas para, comprobar in situ, su imponente envergadura.

El segundo, el “ hospital”; un modesto edificio del siglo XVI que se fundó para recoger y curar a pobres, forasteros y huérfanos de la Villa y que cerró sus puestas en el año 1840. En su fachada se pueden ver sendos escudos: uno el de la villa y otro el emblema de “ El divino pastor”.

El tercer “ sí”, para la Iglesia de San Salvador, un templo abierto no sólo para la oración y el culto sino también para descubrir pequeñas joyas religiosas y litúrgicas guardadas bajo la penumbra y el olor a incienso de sus muros de piedra.

El cuarto, el rollo jurisdiccional; un pequeño monolito que descubrimos tras caminar por estrechas callejuelas hasta una balconada abierta a la inmensa panorámica que ofrece la ribera del Pisuerga. Este mojón recuerda los litigios que también el pueblo mantuvo por su jurisdicción y de la cuál le eximió definitivamente Felipe II.

El quinto “ sí”, viene acompañado de un profundo río; El Puente Medieval cruzando el Pisuerga de una a otra orilla.
Llegar hasta su pasarela de piedra y verlo tan robusto, inevitablemente lleva a preguntarse cómo ha podido resistir el paso del tiempo, siendo como ha sido hasta hace bien poco, paso casi obligado de tráfico rodado para quienes llegaban al pueblo por El Camino Viejo de Simancas, como se conoce por allí a la otra carretera que lleva a Valladolid.

El sexto y séptimo “sí”, han de venir unidos casi como colofón a todo un derroche de historia al tiempo que se busca, si el estómago y la sed lo pide, un lugar dónde dar gusto al buen yantar y al buen beber. Varios son los restaurantes y mesones que salpican Simancas, pero no es menos cierto que llegar a la Plaza Mayor es sin ninguna duda encontrarlo definitivamente todo para dar por bien cumplida la visita a la Villa.
Restaurantes y bares nos esperan junto al Ayuntamiento, un edificio de corte neoclásico con soportales y escudo real que mira de soslayo a un templete sostenido por siete columnas de piedra y que ha sido y lo seguirá siendo gracias a que no ha sucumbido por fortuna a la vil piqueta, testigo y cómplice de fiestas y tradiciones que al uso se celebran el 6 de agosto con la recreación del requerimiento de la siete doncellas y en la semana del 8 de septiembre en honor a Nuestra Señora del Arrabal con encierros, capeas y bailes.

Asi pues, caminante y viajero, si usted llega hasta esta villa desde el Sur, desde el Norte, Este u Oeste o desde el extranjero, dígale “ Sí” a Simancas, pues de aquello que dijo Abderraman II, “ Si mancas me las dais, mancas no las quiero”, surgió la leyenda que dio gloria y honor a este pueblo en aquel tiempo.

Pero no duden vuestras mercedes que, la gloria perdura en el tiempo en la misma medida que la conocemos, recordamos y, por supuesto, la conservamos. La leyenda de un pueblo y de sus siete doncellas mancas, después de lo contado, en nuestras manos, y nunca mejor dicho, queda.



Texto y narración:

Pilar Martinez Fernandez.

Reportaje gráfico:

Ángel Gomez
Fotografía Villagrá ( foto de la Fuente del Labrador).

Agradecimientos:

Oficina de Turismo de Simancas
Elena Hernandez de la Iglesia ( guía de la oficina municipal de turismo de Simancas).
Pub “ La Cueva de la Mora”.


Aclaraciones y puntualizaciones al articulo:
la leyenda de las siete doncellas. Esta tiene lugar en la época de Ramiro I y Abderramán II. La Batalla de Simancas se da entre Ramiro II y Abderramán III, en el año 939, casi un siglo después, mientras que Almanzor, militar y caudillo del califato de Córdoba es aún posterior, habría que situar sus actuaciones a finales del siglo X.





lunes, 13 de julio de 2009

Cuellar
















Otro lugar capaz de transportarnos a otro tiempo con la imaginación es Cuellar. La labor de rehabilitación de su castillo y el entorno que lo rodea es todo un ejemplo a seguir en esa obligada tarea de procurar conservar el rico y extenso patrimonio histórico Castellano Leonés.
Famosa esta villa por sus encierros en las fiesta patronales de Agosto, de los cuales se dice que fueron los primeros en hacerce, antes incluso de los archiconocidos San Fermines.
La jota de Cuellar, así dice:
" Vamos a Cuellar, a los encierros
dame la mano que yo te llevo,
que yo te llevo y te de brindar
el primer toro al alborear"
Texto: Pilar Martinez
Fotos: Pilar Martinez

Santuario de El Henar











Muchos son los lugares que invitan al silencio, el mejor modo, según dicen, de escucharse a uno mismo y a Dios.



El Santuario de El Henar en Segovia, es uno de esos lugares en los que la sobriedad y recogimiento que acompaña a los conventos y monasterios, se rodea de la más vivaz naturaleza para ser cómplice de la espiritualidad.


Perteneciente a los padres Carmelitas, este monasterio y santuario está situado a escasos 5 kilómetros de Cuellar. Si llegamos desde Viloria del Henar, es curioso el contraste después de seguir la carretera por el páramo. De repente, en una hondonada verde y repleta de árboles de diferentes variedades, a un lateral y presidiendolo todo, aparece la españada del monasterio para luego abrirse completamente a nuestra mirada soberbio y sereno.


Es de rigor traspasar los muros subiendo por la escalinata de piedra de la entrada. No es visita completa si no acudimos a la llamada de la Virgen de El Henar.


Muchos segovianos la veneran, la piden gracias y favores y llevan a sus hijos para pedir su protección.


En su camarín la Virgen recibe los besos de sus devotos al tiempo que también le llevan flores y algún que otro parabien en virtud y gratitud por alguna gracia concedida.


Pero conviene conocer, ya que hasta allí llegamos, su particular leyenda:


" Dicen que la imagen de la Virgen fue traída desde Antioquía el año 67 de nuestra era y que enterrada ante la invasión musulmana, se apareció a un pastor en el año 1580. Cuentan que en esta aparición, allí dónde puso los pies la Virgen, empezó a brotar agua.

En ese lugar hay una fuente cuyo manantial no ha dejado desde entonces de brotar agua. De La Fuente del Cirio, es costumbre de las gentes calmar allí su sed y llenar garrafas pues parece ser que, según la fe que, esa agua además de rica, es bendita y purifica."

Despues de conocer esta leyenda, es fácil comprender que en este lugar, la naturaleza esté vigorosa y parezca un vergel en medio de lo secano del páramo que lo rodea. Allí donde el agua habita, todo se vivifica...
Texto: Pilar Martinez
Fotos: Pilar Martinez.









viernes, 10 de julio de 2009

San Bernardo


En San Bernardo, Valladolid, hallamos entre árboles agazapado, el Monasterio de Valbuena, sede permanente, al menos hasta ahora, de Las Edades del Hombre.
Este monasterio cisterciense, en otro tiempo, estaba mordido por el abandono. Caídos algunos de sus muros, artesonados hundidos, espacios con huellas corrosivas marcadas por un tiempo de nula servidumbre, pero sobre todo olvidado por quienes debieron preservar mejor y con más empeño la riqueza del patrimonio castellano leonés.
Hoy luce lozano y soberbio en medio de la campiña vinícola del Ribera del Duero, muy cerca de Pesquera de Duero.
El monasterio de Valbuena, fue el gran escogido para albergar la Fundación de las Edades del Hombre, motivo que dio lugar a su restauración y espectacular recuperación.
Mucho fue lo invertido a tal fin, pero por bien empleado se considera si, como debe ser, dicha Fundación y sede no deciden, como se anda pensando, trasladarlo a otro lugar.
Se barrunta Zamora, quizá por focalizarlo en una capital castellana muy ligada también al Duero y al arte religioso, sin embargo, por los pagos de San Bernardo y por añadidura a toda la provincia vallisoletana, no agrada esa posibilidad pues cuándo algo bueno se instala, nadie quiere dejarlo marchar. No hay motivo tácito que convenza de tal posibilidad, tan solo la arbitrariedad de quienes por complacer a unos, anulan la acogida de otros.

Peñafiel





Peñafiel, un lugar emblemático. La evidencia de toda una seña de identidad de mi querida Castilla; sus fortalezas, solemnes, regías, oteadoras de un horizonte distante pero siempre llamando al viajero para arroparlo del viento con sus viejos muros de piedra.


En este buque insignia de castilla, está instalado de manera permanente el " Museo del Vino". No podía ser de otra manera pues a sus pies y bajo su atenta mirada crecen cepas del mejor vino que una tierra sabia a la par que recía puede dar; el vino de Ribera del Duero.


martes, 7 de julio de 2009

La mochila



¿ Cómo caminamos por la vida?...¿ Quizá lo hagamos con demasiadas cosas a la espalda?

Estas lineas tal vez te hagan preguntarte cuánto llevas contigo innecesario.

Articulo publicado en la revista Iglesia de Almodovar Nº 222-223 Junio,Julio

http://www.iglesia.almodovardelcampo.org/

La mochila


Hace tiempo, escuché decir a una psicóloga en una charla que las personas, al igual que los colegiales, solíamos cargar a la espalda una mochila con todas nuestras “ cosas” dentro. Al mencionar el concepto “ cosas”, no se refería a nuestras pertenencias o posesiones, sino a nuestras penas, alegrías, decepciones, frustraciones, logros, éxitos, metas, sentimientos, vanidades, pensamientos...y que acostumbrábamos a echarlo todo en ella como si fuera un saco sin fondo, sin molestarnos siquiera en colocarlas debidamente, formándose por esta razón aristas en las paredes de esa mochila y sobresaliendo cuán picos puntiagudos, clavándose en nuestra espalda continuamente y magullándonos.
Recuerdo que en aquellos momentos, esa metáfora me dio qué pensar. En realidad yo sí que a menudo solía tener la sensación de echar sobre la espalda todo aquello que no me gustaba. Quizá también lo que me salía bien o incluso me congratulaba, pero seguramente lo hacía de manera bien distinta, no como un peso sino como un valor ensalzable para mí autoestima. Y recuerdo también que haciendo caso a la recomendación que luego hizo esta psicóloga, traté de colocar mi mochila sacando todo y tratando de colocarlo de nuevo ocupando mejor los espacios y encajando “ mis cosas” para que a su vez quedara espacio para otras cosas nuevas.
Fue un ejercicio sano aunque con el tiempo he llegado a la conclusión de que no lo hice del todo bien. Al parecer, solo recoloqué mi mochila con todo lo que había guardado dentro cuándo, en realidad, lo que tenía que haber hecho es una buena limpieza para sanear todo el espacio vital que contiene mi mochila.
Me he propuesto hacer ese ejercicio de nuevo, pero reconozco que no es fácil limpiar la mochila. Nos ponemos infinidad de motivos, excusas, razonamientos, conclusiones y sobre todo, convencimientos para no soltar ciertos lastres. En realidad, guardamos muchas cosas por pena, por el simple y mero apego o incluso para justificar muchas de nuestras actitudes, pero si aplicamos el sentido práctico, no hay duda que en la medida que eliminamos aquello que nos pesa, aligeramos la mochila y el viaje por la vida es más grato y menos cansado. Pero, a veces, pareciera que nos gustara sufrir o incluso vivir siempre recordando nuestras heridas de guerra para ennoblecer nuestra existencia. Tal vez sea humano caer en esa torpeza pero ¿ no creen que hay ciertas cosas que debiéramos ponerles su fecha de caducidad para no guardalas eternamente?. ¿ No creen que también algunas cosas deberían colocarse mejor en la mochila para que sus aristas no sobresalieran y nos magullaran?.
Creo, queridos lectores, que sería bueno al menos intentar hacer esa limpieza en nuestras mochilas. Eliminar viejas rencillas, eliminar algunos rencores, sacudir algunos malos recuerdos, evadirse de viejos complejos, en fin...todo aquello que al pensar en ello nos pincha en la espalda y nos nubla el corazón.
Estoy convencida de que soltando ciertos lastres, las cosas buenas acuden a nosotros para seguir llenando nuestra vida. Todos nos merecemos vivir aquello que aún nos queda por vivir con la chispa de la ilusión y no con la pesadumbre y la desconfianza que nos puede llegar a producir aquello que hemos guardado con resignación y hasta tristeza en nuestra mochila.
Pero sí, no hace falta que me lo digan. Cuesta...cuesta muchísimo desprenderse de algunas cosas. Lo sé bien, y cada cual le pone una medida y un valor a “ sus cosas” y lo que para mí puede ser una nimiedad para otro es una espina clavada en el corazón, pero creo, y digo bien cuándo digo creo porque en esta ocasión no me atrevo a apostar en firme precisamente porque cada cual es el mismo y sus circunstancias, que nos debemos tomar un tiempo en valorar lo que hoy es importante entre nuestras cosas guardadas. Lo que nos vale y lo que no, guardando tal vez lo que hemos superado en la mochila y desechando aquello que no hay manera de colocar porque todo son aristas. Si algo, durante mucho tiempo, no nos ha hecho bien, difícilmente lo hará, así pues ¿ qué sentido tiene seguir dándole cabida y espacio en nuestra mochila?.
Pensémoslo al menos, pero déjenme decirles algo más para terminar estas líneas: lo que guardamos en nuestras mochilas y cargamos sobre nuestras espaldas fue importante en su momento, de igual manera que lo que comimos ayer nos alimentó ayer, pero cada día trae sus cosas como también su propio hambre. No es un castigo; eso es, ni más ni menos que el trepidante viaje de la vida. Hacer este viaje ligero de equipaje sobre la espalda o con la mochila sobrecargada y llena de aristas, es una vez más cosa de cada uno, no obstante, si decide hacer limpieza, un pequeño consejo: “ no piense en lo que ha perdido o dejado atrás, piense en lo que le queda por ganar”. Esa sensación, por experiencia personal puedo decir que es...estupenda.


Pilar Martinez Fernandez.