domingo, 5 de septiembre de 2010

Como vasijas de barro


Articulo publicado en la revista " Iglesia en Almovodvar" Nº 236 del mes de agosto 2010
En una iglesia de un lugar en el que estuve no hace mucho, esuché una voz cantando una canción que hacía tiempo no escuchaba. ERa una voz dulce al tiempo que envolveste. La acompañaba únicamente los acordes de una guitarra.
Busqué la persona que cantaba de aquella manera. Fue fácil hallarla. En un banco, muy cercar del altar, había una mujer con una media sonrisa dibujada en su rostros mientras cantaba y tocaba con su guitarra.
Me desconcertó su mirada; parecía no mirar a ninguna parte, como si notuviera nda delante, ni a los lados, pero al mismo tiempo como si existiera toda una apertura infinita frente a ella.
La canción que cantaba era " El alfarero", aquella que dice: " Señor yo quiero abandonarme , como el barro en las manos del alfarero, toma mi vida y hazla de nuevo. Yo quiero ser, yo quiero ser un vaso nuevo".
Al escucharla, sentí que me la estaba cantando a mí, no quizá de manera exclusiva, lo sé, pero sí como quién lanza una hoja escrita al viento y cae en las manos de alguien para que la lea.
Cuanto más repetía el estribillo, más me llegaba al alma, de tal manera que, también, cuanto más la escuchaba, más me gustaba su voz y su modo de cantar.
Fue un momento en cierto modo agridulce; por un lado un regalo para los oídos y por otro un latido doloroso para un corazón y un alma, la mía, que muy a menudo se ve como un trozo de barro aún por determinar, sin llegar a ser aún una vasija completa.
Cuando terminó de cantar la mujer, se hizo un breve silencio en la iglesia, momento que me sirvió para comprender lo que acababa de ocurrir; había tenido una experiencia espiritual, de esas que en tu desnudez ante ese Dios en el que proyectas tus firmes creencias, Él llega para arroparte, para abrigarte de ese frió que trae tus duduas, tus miedos, tus inseguridades...
Y como quien tiene una inspiración dolorosa al tiempo que cálida, desde mi interior una voz se hizo eco y me dijo: - Sí, es cierto, quieres ser un vaso nuevo, o mejor, una vasija con más capacidad para llenarla de cosas buenas.
Fue un momento intenso, de esos que de repente te abren de par en par las puertas de la esperanza y depositas toda tu confianza y toda tu vida en Dios.
A menudo, siento que soy un vaso que se derrama, a ratos tambien me siento frágil, en fin...debilidades puramente humanas que en mi caso ponen a prueba mi fortaleza de espiritu.
Pero sí puedo decir que esta experiencia, tal vez por tener pro mensajera a nuna mujer especial de la que aún me queda lo más importante por contar, no es de las que caerán en olvido, al menos de una manera consciente porque lo cierto es que son muchas las cosas qu vienen con pretensiones de colarse y hacerse su sitio en nuestro intelecto y en enuestra alma, pero solo algunas consiguen la categoria de ser " revelaciones".
Y eso fue, sin ninguna duda, una revelación acompañada de todo un ejemplo de vida y de fe, la de Margarita, así se llamaba la mujer que con el único acompañamiento de su guitarra y su angelical voz, ella solita llenba toda una inmensa iglesia de himnos y mensajes alegres de Dios.
Me recordaba a Elsa Baeza cantando su famoso " Credo", pero no era ella. Margarita, en sí misma tenía su propio credo, su propia fe; cantar en la iglesia era el modo de proyectarse, de elevarse muy por encima de sus limitaciones.
Esa mirada que yo vi detenida en la amplitud de lo difuso e infinito mientras escuchaba la canción de " El alfarero", la provocaba su ceguera.
Era ciega, sí, toda una limitación cuando hay tantas cosas bellas que ver, sin embargo, me demostró que veía más allá de lo que muchos, con plenas facultades, podemos llegar a ver.
Al hablar con ella y percatarte de su ceguera, esta mujer es capaz de notar en tu voz tu contrariedad en incluso tu lástima, sin embargo ella, sonriendo y sin perder el sentido del humor, al intuir tus sensaciones en el modo de tratarla, te dice: - " No sientas tristeza ni pena por mí. Soy ciego pero tengo fe en Dios, siempre está conmigo guiandome, y también tengo a mi hijo aqui a mi lado. Soy muy feliz por tener estas dos cosas".
Naturalmente, al escuchar con tanta convicción su poderosa fe, la crees, pero cuando ves que guarda su guitarra sin perder la sonrisa al tiempo que a su alrededor empiezas a llegar personas a besarlas y a a alabar su voz y sus canciones, y además ves en su rostro alegría y satisfacción, inevitablemente, surge en tí un sentimiento amable hacía semejante persona pues ante ti ves la fuerza que pone cada día ese Dios en el que crees, en aquellos que bien podrían sentirse débiles y, sin embargo, viven con vigorosidad la vida que tienen ante sí.
En esa mujer y con esta experiencia, yo descubrí toda una vasija llena de cantos y mensajes alegres y esperanzadores, y lo que era aún más ejemplar, se sentía plenamente feliz.
Fue una vez más a la misma iglesia con el pretexto de escuchar de nuevo cantar a Margarita, y lo cierto es que no dejé de observarla , y cuanto más la observaba y escuchaba, más admiración me inundaba dejando atrás cualquier sentimiento de lástima que pude tener al conocerla.
Esta vez, me acerqué para alabar su voz y el modo de cantar sus canciones, y ella, con una modestia llena de humor dijo: - Sois vosotros los que me escuchais de modo diferente cada vez porque yo, siempre canto lo mismo y de la misma manera"-.
No sé, es muy posible que tuviera razón pero yo, que de niña canté más de una vez esa canción de " El alfarero" en el coro de mi colegio además de oírla a lo largo de mi vida más de una vez, he de decir que en su voz la escuché bien distinta y la sentí calar dentro de mí de un modo también distinto.
Son, como alguien me dijo después al compartir esta experiencia, los milagros que logra la fe cuando se cree y se tiene el corazón abierto a Dios.
Aprendí que, un corazón jubiloso eleva la mirada más allá de los obstáculos. También que todo aquello que se hace con convencimiento pleno en lo que se cree, consigue contagiar de júbilo a cuantos buscan el sentido auténtico de sus vidas, un sentido que solo Dios da forma si dejamos que el corazón sea, figuradamente, una vasija de barro en sus manos.
Pilar Martinez Fernandez.