jueves, 24 de junio de 2010

Cruzando puentes





Hace tiempo leí que en en el interior de cada uno de nosotros existen todos los puentes necesarios para ser cruzados en un momento preciso y llevarnos hacía nuestro destino.


Yo imagino que, si de verdad existen esos puentes en nuestro interior, en cada momento los cruzamos con la seguridad plena de que vamos hacía dónde debemos ir aunque al otro lado no sepamos muy bien qué es lo que no espera. Y, si es así, entonces también cabe creer que día a día caminamos por una senda necesaria hacía nuestro indefinido horizonte.

El debacle viene en el momento que se nos presentan encrucijadas en el camino, bifurcaciones que nos hacen dudar a la hora de tomar la decisión de seguir por un lado o por otro. Y, cuántas veces tambien no nos sucede que tomado un camino y un puente, sopesamos qué hubiera ocurrido de haber tomado otra dirección diferente.

Si creemos con absoluta fe que cada puente que cruzamos en nuestra vida es el que debíamos tomar así nos haya hecho dar algún que otro rodeo o sorteado diferentes desniveles, lo natural es tener también la certeza de que todos nuestros pasos han sido plenamente necesarios para llegar hasta donde estamos y al tiempo llevarnos aún más lejos.

Suele decirse que meta y camino son lo mismo y que no hace falta correr hacía ninguna parte. Tampoco importa el destino, sino que lo importante es el viaje. Quizá sí, o puede que también se haga necesario plantearse alguna meta, un destino mejor en nuestro discurrir por la vida, porque a menudo suele ocurrir que sentimos pasar nuestra vida por inercia, un somero discurrir cruzando un puentecillo trás otro sin más, anestesiados por la rutina y su desencanto. Un viaje al fin y al cabo pero sin interés alguno por la nula inquietud de sorprenderse ante lo que siempre espera a la otra orilla. Y es esa falta de inquietud, esa apatía la que nos anula el siempre anhelante proyecto de ser un poquito más felices que ayer o que antesdeayer.

Si de verdad, en nuestro interior, habita un arquitecto sublime capaz de levantar de un día para otro puentes para cruzarnos a diferentes orillas y seguir nuestra senda vital, creo que debemos darle los materiales necesarios para que sean sólidos, de piedra robusta y con buena argamasa, y no colgantes que pueden hacernos perder el equilibrio por su inestabilidad o en el peor de los casos inexistentes dejando únicamente delante un precipicio.

Esos materiales serán, entonces, fe en nosotros mismos, conocimiento pleno de nuestras capacidades, curiosidad, voluntad, ilusión, sentido del humor, esperanza, pero sobre todo un sentido auténtico de agradecimiento por tener días por delante para vivir. El regalo que siempre nos espera a la otra orilla del puente...

Y, si es así, debemos entonces creer que el puente que cruzamos es, efectivamente, sólido,con buenos materiales, no proclive a romperse a nuestro paso y hacernos caer a un precipicio o a una turbulenta corriente de un río.

Pilar Martinez Fernandez ( Junio 2010)


lunes, 21 de junio de 2010

En Portugal y otros lugares


En Villanueva del Pardillo de romería. El coro preparándose para cantar " el molino". Lo que más nos cuesta, entrar bien en el tono...




La La Espadaña triunfó en Portugal.





Toda la tropa de " Pilarica Coros y Danzas" en una parada durante el viaje a Povoa de Varzim ( Portugal)








Concretando las entradillas de las canciones. Siempre lo arreglamos todo en el último momento...


En esta foto de familia con nuestros hermanos portugueses que nos acogieron con mucho calor humano. Realmente lo pasamos muy bien y el hermanamiento fue memorable. Costó marcharse de allí...





Aqui cuatro castellanas de secano pisando la playa. ¡ Como si no hubieramos visto nunca el mar¡....Estamos conquistando tierra Portuguesa Eva, Argentina, Armonía y yo.

Más abajo foto de familia en Oporto.


































Y Nuevamente a pie del mar....disfrutando de su brisa, de sus olas y también haciendo el saludo al sol en la playa. En la foto, nuestra profesora Armonia a la derecha, seguida de Arancha, Yo misma, Mari Mar, Maria y Eva.









































Y aquí....¡ madre de Dios¡. Nos convertimos todas las mujeres en colegialas. Una nota divertida que divirtió a propios y ajenos...










Mi amiga Armonía y yo en la playa dispuestas a disfrutar y dar lo mejor de nosotros mismas.
























Y por último, tres amigas rogando a San Antonio...¡ a saber qué¡. ¿ Novio ?, ¿ Algún parabien?....estamos en el pueblo de Eva, Navas de Oro en Segovia. El pueblo que más baila a San Antonio la jota. Durante prácticamente seis horas...¡¡¡ incrébile¡¡¡ y digno de ver...






domingo, 20 de junio de 2010

La paloma coja

Articulo para la Revista " Iglesia en Almodovar del Campo".


En un acera, picoteando esos minúsculos granitos de alimento que puede haber para un ave que habita en una ciudad, había una paloma. Su contoneo era singular. Parecía danzar más que caminar, daba saltitos con una pata al tiempo que giraba su cuerpecillo plumoso de color gris ceniza. De aquella observación curiosa de la paloma, finalmente se podía apreciar cúal era el motivo de su forma peculiar de moverse y caminar; en una de sus patas le faltaban esos tres dedos palmípedos sobre los que apoyarse. En su lugar había una terminación radical en forma de muñón que le quedaba justamente a ras del suelo. Apenas apoyaba el muñón de su pata, sólo un instante muy breve para girar y cambiar de dirección para seguir picoteando del suelo.
Al descubrir ese pequeño hallazgo inusual en la paloma, enseguida deduje que era una tara de nacimiento, un capricho de la naturaleza que de vez en cuando se manifiesta para poner a prueba a los seres vivos que crea con su bello poder.
Y me fijé aún más en ella y, cuanto más lo hacía, más me sorprendía verla moverse tan armoniosamente. Al principio pensé: - pobrecilla, que lástima. Luego fui cambiando el concepto. Pasé de sentir cierta lástima por ella a sentir en cierto modo admiración. Sé que admirar a una animalillo como si tuviera una personalidad concreta puede ser absurdo dado su sentido irracional, pero realmente me admiró esa paloma coja. Generalmente la naturaleza y su selección, a veces cruel, elimina a los seres débiles. Esa paloma al nacer así bien podría haber perecido, sin embargo, he aquí lo revelador de esta historia, supo superar su limitación, creciendo, volando y valiéndose por sí misma al tiempo que consiguió también encontrar su equilibrio a la hora de moverse y procurarse su propio alimento. ¿ Cómo lo consiguió?, podemos muy bien preguntarnos. Pues como se suele conseguir casi todo en esta vida que se nos presenta como un reto a superar; con férrea voluntad y sin rendirse ante la dificultad.
Así, muchas veces, podemos ser las personas; palomas cojas por una u otra razón. Algunas veces físicas, otras sentimentales, emocionales...siempre razones para nosotros muy poderosas que nos hacen caminar cojos, con bastones o en el peor de los casos paralíticos, entendiendo por paralíticos no a parapléjicos físicos, sino a los parapléjicos de alma.
Los genios, inventores, místicos, santos... aquellas personas que a lo largo de la historia consiguieron hacer con su vida una proyección elevada y ejemplar de su persona con sus acciones, lo hicieron superando sus propias cojeras, y lo hermoso de todo ello es que además consiguieron convertir sus cojeras personales en movimientos armoniosos, incluso bellos. Un ejemplo lo tenemos en Beethoveen; una sordera recalcitrante e incluso tormentosa para él mismo y sin embargo fue capaz de componer increíbles sinfonías.
Pues de estos ejemplos y teniendo cada cual sus propias taras, debemos fijarnos pues al fin y al cabo, la perfección es una quimera que de tanto perseguirla nos puede llegar a frustrar, sin embargo en la imperfección está el afán de superación, el valor, la supervivencia a la adversidad, nuestra resolución incluso ante nosotros mismos para descubrir nuestras capacidades.
Cuando dejé atrás con su contoneo a la paloma coja, lo hice pensando que acababa de ver algo que seguramente no volviera a ver en otra ocasión. Son visiones que ofrece lo cotidiano y que no siempre nos detenemos a observar. A menudo, aún teniendo el sentido de la vista pleno, caminamos ciegos, por eso agradezco tener tanta curiosidad, porque me hace recabar en detalles que siempre consiguen enseñarme algo.
La paloma coja me enseñó algo vital. Considerando que un pichón de paloma debe abandonar el nido y valerse por si misma antes de un mes, bien hubiera podido quebrar su vida en el momento de pisar el suelo o a los pocos días por su limitación de movimientos y su lentitud en comparación con sus congéneres a la hora de competir por el alimento del suelo, pero de alguna manera, consiguió hacerse su hueco y sobrevivir, y a juzgar por su buen aspecto, lo supo hacer bien.
Sin pensar en nadie, únicamente en mí misma, llegué a la conclusión de que muchas de mis “ cojeras” y “ muñones” pueden convertirse en listones que superar para demostrarme mis plenas capacidades y hacer algo más y sobre todo útil con mi vida. En mi caso no sólo alimentarme y sobrevivir igual que la paloma, sino además dar salida a esos dones y talentos que Dios me ha dado. Tal vez no lo consiga siempre, o me quede a medias, pero que duda cabe que teniendo vida, considero obligado “sobrevivir a mis cojeras”. Y, si pudo una paloma, puedo yo también, del mismo modo que lo puede conseguir cualquiera.
Pilar Martinez Fernandez. ( junio 2010)

martes, 8 de junio de 2010

Sin miedo, no hay valentía

Publicado en Iglesia en Almodovar Nº 233
¿ Qué haces con tus miedos?

En una de esas conversaciones fugaces que algunas veces alcanzamos a oír cuando pasamos al lado de alguien, tuve ocasión de escuchar algo que si bien no era de mi incumbencia, llamó mi atención. La persona que hablaba era una mujer joven, al parecer con un problema acuciante pues su voz, un tanto temblorosa, denotaba desesperación mientras hablaba por su móvil, pero en el instante fugaz que pasé por su lado y escuché lo que decía, su aparente desesperación adquirió una postura tan contundente que me dejó un tanto perpleja. Gesticulando con la mano para poner aún más énfasis en lo que decía, la mujer exclamó: - ¡ Pues claro que tengo miedo¡. Mucho miedo, pero si no tuviera miedo tampoco sería valiente y eso, me hace ser fuerte.
Sin un contexto más amplío de la conversación, escuchar algo así puede dejarnos indiferentes o provocarnos curiosidad. A mí me sucedió lo segundo, no voy a negarlo, pero me limité a continuar mi camino. Fue después, en esos silencios en los que te quedas cuando tu mente parece querer darse la oportunidad de pensar, cuando pensé en la afirmación rotunda al tiempo que temerosa de la mujer.
Y pensé en el miedo, efectivamente. Esa sensación que aflora con mucha frecuencia. Algunas veces justificada, otras no tanto, pero en cualquier caso siempre acompañada de la vulnerabilidad, de la inseguridad, y cómo no, de la incertidumbre.
Yo he sentido miedo muchas veces. Quizá más de las que recuerdo o incluso me atreva a reconocer. Me dan miedo las tormentas, sin ir más lejos, y cada vez que lo digo, siempre hay alguien que me dice en tono paternal que no son para tanto y que incluso son un fenómeno curioso de observar. Sea como fuere, intento vencer ese miedo cada vez que en el cielo culebrean y retumban los relámpagos y truenos, pero no puedo evitar sentirme muy vulnerable e incluso estremecerme. No obstante, entiendo que esa clase de miedo no deja de ser algo meramente puntual que no afecta a mi equilibrio emocional. Hay otra clase de miedos que, efectivamente, someten a la persona a un pulso en el que únicamente con fortaleza es capaz de ganar la partida. Y, he aquí dónde comienzan a entrar en juego esas “ dificultades” que no nos gusten, esos obstáculos que nos frenen algunas veces, esas pérdidas que tanto nos desestabilizan emocionalmente, esos cambios inesperados en nuestras vidas...cartas de esa baraja que es la propia vida y que nos hacen tener malas jugadas.
La vida no es algo lineal, ni siquiera para quienes eligen vivir apartados del mundanal ruido, como suele decirse; tiene altibajos, recovecos, bifurcaciones...demasiadas bifurcaciones inesperadas con sus correspondientes decisiones difíciles o incluso arriesgadas, pero también pienso que aquí está, precisamente, lo apasionante de vivir; ser capaces de afrontar aquello que nos aparece a la vuelta de la esquina, así la vida nos someta a cambios duros o nos desestabilice emocionalmente perder algo de lo que tenemos.
El crecimiento, la superación, todo aquello que conlleva al hombre y a la mujer a ser mejor en todos y cada uno de los aspectos de su vida, solo se consigue enfrentándose a los miedos con valentía y, eso, efectivamente, también les hace ser más fuertes.
Cuando escuché a la mujer en su zozobra decir aquello que apuntaba al principio, pensé que tenía razones de peso para buscar dentro de sí misma el valor necesario para afrontar y vencer su miedo, pero al mismo tiempo me pregunté si yo era igual de valerosa ante mis miedos.
No tengo una respuesta fehaciente, creo que sería mucha presunción por mi parte afirmar algo que aún está por demostrar, porque una cosa es haber aprendido a convivir con tus miedos y otra bien distinta poseer una fortaleza determinada ante un temor fundado e incluso muy posible. Sí puedo decir que, ahora, sé mejor lo importante que es no mostrarse pusilánime ante los problemas y miedos. Lamentarse es derrochar un tiempo muy necesario para solucionar nuestros conflictos interiores.
Cuando se es creyente y se siente interiormente el convencimiento de que Dios camina con nosotros, los miedos también se depositan en sus manos. Y cuándo vas viendo que, de una forma u otra, Él, te coloca donde corresponde, vas también siendo muy consciente de que tu actitud decidida ante tus miedos, te ha hecho crecer y por tanto más fuerte.
Hay quienes no se dan cuenta de esto porque en su desnudez espiritual y conocimiento interior, se ven débiles. Y no es menos cierto también que, la insatisfacción, hace de las suyas pues suele ocurrir que, superado un miedo, aparece otro para llenar de nuevo un hueco que, de repente, se quedó vacío.
Cuando coges la mano de Dios, el miedo dura lo que tardas en sentir que no estás solo e, inmediatamente, aflora una postura valerosa que, en lugar de menguarte, te hace crecer y fortalecerte.
Esta enseñanza, la expresa muy bien Tagore en uno de sus escritos: “ Señor, enséñame a orar no para obtener protección contra los peligros, sino para afrontarlos sin temor. Enséñame a pedir no alivio a mi dolor, sino el valor para superarlo. Enséñame a buscar en el campo de batalla de la vida, no aliados, sino mi propia fortaleza.”
Leído y asimilado este bello pensamiento, poco más cabe decir. Una vez más, nosotros elegimos; vivir con miedos y acobardados, o afrontar nuestros miedos con valentía y con la convicción de que Dios está junto a nosotros en la batalla de la vida. Yo, personalmente, elijo la segunda opción aún siendo muy consciente de mi vulnerabilidad. Y, tú, ¿ Cual eliges?. ¿ Qué haces con tus miedos?.

Pilar Martinez Fernandez.