jueves, 29 de abril de 2010

Siguiendo la escondida senda


Leía hace poco una frase que decía algo así como que nadie baja dos veces a las aguas del mismo río.
Con esta frase me ocurre como con tantas cosas, que cuánto más las pienso menos sentido las encuentro. Quizá no sea demasiado inteligente pero me atrevo a reconocer que no la comprendo. Es más que evidente que las aguas de un río fluyen y que tan sólo hay un breve instante en el que pasan por delante de nosotros, efímero como tantos y tantos momentos que igualmente vívimos a lo largo de nuestra vida pero eso no desmonta el hecho de que, al contemplar desde la orilla, en otro instante, el lento discurrir del mismo río, se viva un momento similar o incluso mejorado. Definitivamente, y lo siento por el autor de la frase que, por cierto, desconozco, pero no logro encontrarle mejor sentido. No obstante, sí que me ha servido para ahondar en otro hecho que, a mí al menos, me parece que merece mucho más la pena.
Si hablamos de rios, me resulta curioso siempre que observo un río como puede ser mi querido Padre Duero, el hecho de que sigue su senda como sabiendo en todo momento hacía dónde se dirige. Puede venir más caudaloso o menos, más revuelto o con su verde profundo, pero siempre hacía Oporto donde el Atlántico le espera.
Esa es su misión, aquella para la que nace y para la que ha sido escogido. No hace falta encontrarle un porqué, es simplemente una pieza más de un insondable engranaje. Igual que cada uno de nosotros, piezas que han de seguir su senda por muy escondida que esté entre rocas, maleza, arboledas o montes.
Y cada senda es única, diferente, ajena o puede que cercana a otra pero siempre personal e intrasferible. Quizá por eso, me gusten muy poco aquellas personas que se meten en la vida de otros o sienten que tienen que hacer lo que hacen los demás, porque no siguen su senda, siguen la de otros comiendo únicamente polvo.
Puede que no sepamos realmente hacía dónde nos dirigimos, como le puede ocurrir al sabio río, pero si que debemos confiar que vamos hacía donde se nos espera. Yo, cada día me levanto teniendo la certeza de que es un día más que necesito vivir con todo su acontecer para seguir en el camino, así tenga preocupaciones, ocupaciones o pequeños quebrantos. Y sé también que para seguir mi particular escondida senda tengo que ser valiente y decidida e, incluso, correr algún que otro riesgo.
La vida en sí misma es una aventura. Podemos llegar hasta el mismísimo Océano o vivir serenamente en un pequeño estanque pero, al final, habremos llegado allí donde se nos espera.

Pilar Martinez ( Abril 2010)

Si fuera aire






Si fuera aire, ¿ hasta dónde iría?
Llegaría hasta tu espalda,muy despacio,
y con mi brisa ondulada y transparente,
te rodearía hasta que tú, por completo, me llenaras.
Silbaría en tu oído una canción
y esperaría que te dieras la vuelta,
buscando mi presencia detrás de tí,
para besar esa seda que cubre tus finos labios.
Y, esperaría, también, que volaras conmigo hacía un
lugar en el que a nadie le pareciera extraño ver al aire
fundirse contigo, en silencio,
únicamente silbando nuestro amor y nuestros nombres.
Si fuera aire, qué fácil sería envolverte
y tenerte junto a mí, pegado,
unidos los dos aunque sólo fuera un instante sin que,
a nadie le pareciera extraño que,
una brisa fuera quien te amara tanto.
Y, ahora que ya despierto...¡ Qué lástima no ser aire¡
Pilar Martínez, poema libre ( Abril 2010)

domingo, 25 de abril de 2010

Tu, eternamente


Si pudiera escoger entre el tú y el yo, te elegiría a tí.
¿ Por que?, porque si mi yo te acepta, estarías por siempre en mí.
Hasta en la ausencia te sentiría aunque mi yo quisiera sentirse completo con tu presencia.
Es el amor una doble dirección en el que dos almas en un punto se encuentran, cambian de sentido su vida para caminar juntas hacía el infinito.
Por eso, tu y yo, son una misma cosa, pero si tuviera que escoger, te elegiría a tí. Para siempre. Tu, eternamente...
Pilar Martinez ( abril 2010)

lunes, 19 de abril de 2010

Dentro de una jaula


Cuando veo animales dentro de una jaula y les observo en sus movimientos, me pregunto qué es lo que su pequeño cerebro les ordena hacer: si quedarse allí quietos, esperando y dejando el tiempo pasar o si bien les obliga a moverse en el vano intento de escapar y vivir de otro modo.
Miro sus ojillos, siempre brillantes y al tiempo huidizos, como si tuvieran miedo y me pregunto qué pensaran de mí, si soy un depredador que puede dañarles o incluso matarles, si soy su llave hacía la libertad o incluso un ser superior, casi un semi Dios para ellos. Y, ciertamente, allí, en su jaula, pareciera que estan a merced de una mano que tanto puede deñarles como cuidarles y sin otra posibilidad que aceptar la arbitraria voluntad de quien lo mantiene encerrado. La posibilidad de una vida libre para los animales enjaulados, a menudo la acompaña el descuido del enjaulador, un descuido que muchas veces también termina con la vida del animal pues de tanto vivir plegado a una jaula, la libertad le queda tan grande que lo aplasta.
Así nos ocurre también a nosotros, enjaulados entre unos barrotes desde los cuales observamos el mundo y sus posibilidades, adaptados a nuestras jaulas al tiempo que miramos alrededor pregúntadonos muchas veces cómo sería la vida fuera de nuestra jaula.
Algunas veces ocurre que la vida abre la puerta de nuestra jaula para que salgamos y volemos hacía algún lugar, sin embargo, no siempre tomamos la puerta. Nos quedamos indecisos pensando si es mejor salir o quedarse, al fin y al cabo, cuando se sobrevive en una jaula es porque lo necesario no nos falta y ¿ Cómo renunciar a ese cómodo dispensar de nuestras básicas necesidades?,¿ Y si fuera de la jaula no lo encontramos tan facilmente?, ¿ Hacía dónde ir?, cuántas cuestiones se hacen eco en nuestra inseguridad y en nuestros miedos.
Cuantas personas viven enjauladas al tiempo que tienen la posibilidad de cruzar el umbral de la portezuela de su jaula sin atreverse a ir más allá. Y cuantas también lo intentan a pesar de sentir clavados los barrotes en su anhelante vida.
Otros, en cambio, esperan. Esperan igual que las aves, con ojos brillantes de esperanza tras los barrotillos finos de la jaula al tiempo que huidizos para no dejar entrever sus ganas de libertad y ser afrecho de reproches.
Cuántos viven dentro de una jaula, acomodados, parapetados en convencionalismos, encuadrados en " lo ideal", pagando un precio incalculable a base de tiempo y tiempo, pero deseando en lo más hondo de su alma salir de ella y emprender el vuelo hacía otro modo de vivir.
Demasiados, más seguramente de lo que creemos. A muchos les falta valentía, el arrojo de salir a cielo abierto unicamente con lo que son. Y es que, el precio de la libertad, puede ser muy alto, tanto como el abanico de posibilidades que puede abrirse delante nuestro, pero cabe preguntarse cada uno de nosotros; si alguien abriera la puerta de nuestra jaula y nos invitara a salir
¿ Saldríamos al cielo raso para volar hacía otro horizonte? ...
Pilar Martinez Fernandez.

domingo, 4 de abril de 2010

Una flor entre las piedras



Ocurrió una vez aunque, estoy segura ha ocurrido más veces, al fin y al cabo y por inverosimil que parezca, algunas cosas se repiten aunque no se hagan eco. Es, digamoslo asi, lo que tiene la singularidad. Se dá aquí o allá pero se convierte en algo único por lo efímero de su espontaneidad. El caso es que, en cierta ocasión, mientras paseaba por una acera adoquinada, entre la ranura que dejaba la pared de piedra y el adoquín de la acera, ví asomar una flor. Era chiquitita, apenas un tallo con dos hojitas a los lados y unos pétalos amarillos, sin embargo alzaba su tallo con cierta arrogancia, como queriendo sobresalir más y más de entre esa ranurita entre el suelo y la pared. No habia ninguna flor más, ni tan siquiera una brizna de hierba. Allí estaba solitaria la florecilla, seguramente enraizada en unos mínusculos granos de tierra o aprovechando alguna hoquedad de la propia piedra, quien sabe. Pero, en su soledad, aparecía en cierto modo lozana, se diría incluso que bonita a pesar de su sencillez, todo un contraste casi irreal en ese lugar.
A menudo, a mi tienda van personas a comprar plantas y bulbos para ponerlos en su jardín. Muchas veces me preguntan si darán flor o si agarrarán en el terreno.
Lo cierto es que, en las circunstancias más normales de buena tierra y abonado, una planta tiene todo a su favor para enraizar, crecer y dar flores, pero he aquí lo contradictorio de la vida misma y su modo de abrirse camino; que no siempre las mejores condiciones, dan los resultdos esperados. Suele ocurrir que, hasta en la dificultad, la vida e incluso la belleza, quiere germinar, mientras que en lo más propicio, el fracaso puede ser el resultado.
A la florecilla silvestre crecida entre piedras, posiblemente nadie la sembró. Nadie depositó su simiente allí. La trajo quizá el viento, algún pajarillo entre sus patas o un insecto. Cayó por casualidad o porque, la naturaleza, caprichosa y al tiempo sabia, quiso que allí creciera para demostrar su poder y la enorme capacidad de adaptación que puede tener ante la adversidad, los obstáculos y el impertérrito empeño del hombre en construir y adoquinarlo todo.
Así somos nosotros, o al menos como debíeramos ser ante la adversidad; florecillas floreciendo entre piedras. A mí me resultó curioso encontrar esa flor singular creciendo en un lugar tan escaso de tierra, pero enseguida pensé que tan solo debía fijarme en el hecho de que, aquella flor, precisó únicamente lo justo para salir adelante, igual que yo y que cualquier ser humano. El problema de que no florezcamos con vigor, se debe muchas veces a nuestro empeño de retrotraernos cuando las cosas no nos son del todo propicias. Vivímos pensando en conseguir todo aquello que nos ha de hacer la vida más fácil y más cómoda, incapaces muchas veces de asentar nuestras raíces porque nos pasamos media vida buscando mejor tierra, y, aunque florecemos, lo cierto es que no lo hacemos con plenitud.
Admiro a esas flores capaces de florecer en recovecos porque, aún no siendo orquideas ni camelias, sino flores silvestres, son capaces de dar lo mejor de si mismas con escasa tierra.
Admiro por tanto, a aquellas personas que, con lo justo, saben vivir. Conozco a pocas, realmente. Entre ellas, no me encuentro, lo reconozco pero, buen principio es saberse poseedor de lo justo para vivir. ¿Por qué no nos conformamos?; ¡ Ay que gran pregunta¡. Eso es quizá lo que a cada cual nos toca reflexionar...
Pilar Martinez ( Abril 2010)



viernes, 2 de abril de 2010

¡ Sé valiente¡



Dedicado a D. Tomás Lozano, parroco de la iglesia de Almodovar del Campo además de un gran sacerdote; un hombre querido por muchos por el modo de trasmitir el mensaje de Dios y de hacer iglesia de una manera cercana, sin tachaduras, ni rasgaduras, sin exclusiones...

Del mismo modo, tambien cuestionado por otros, por aquellos que entienden la iglesia purpurada y enfundada en formas sistemáticas.

Él ha logrado que yo crea que una iglesia auténtica y cercana al pueblo es posible; la diferencia la establece quien se pone al frente de ella y mira a su alrededor abriendo sus manos acogedoras.

Él ha logrado que yo crea en un Dios bondadoso, no castigador, sin medidas estrechas y excluyentes, sin exigencias ni extravagancias, sintiendo su presencia en los momentos vacíos y tambien en los dichosos. Y, sobre todo, confiando...siempre confiando en que, camine por donde camine, haga lo que haga, siempre voy de su mano y hacía alguna parte.

Decidí escribir este articulo sincero, íntimo, pero al tiempo desafiante porque viviendo como vivimos en un mundo donde la critica negativa sobre Dios y la iglesia hace tanto daño al cristiano, hace falta que aquello en lo que creemos lo afirmemos con rotundidad, sin miedos. Se puede ser mejor o peor cristiano, pero en cualquier caso en nuestra firmeza está la continuidad de aquello en lo que creemos y damos una razón de vida. Importa poco a quien no le guste aquello que afirmamos, lo importante es que no lo silenciemos. Allá quien quiera o no escucharnos.

Articulo publicado en Iglesia de Almodovar Nº 231

http://iglesia.almodovardelcampo.org/periodico_iglesia_en_almodovar_-_231_marzo_-_2010/

¡ Sé valiente!

A menudo pienso si en verdad existe la razón, ese concepto tan enorme que abarca desde la lógica hasta la justicia pasando por la verdad. Y lo pienso sobre todo cuando siento que mi opinión se ve zarandeada por quienes, al debatir, utilizan argumentos que no alcanzo a comprender.
Sí, ya sé. Es en ese tipo de situaciones donde se establece un debate o incluso una discusión, y también sé que la diversidad de opiniones siempre existirá, sin embargo, no es eso lo que me inquieta; lo que me lleva a preguntarme hasta qué punto puedo sentirme cómoda con mí razón es, precisamente, cuando ves a tu alrededor una tendencia muy extendida y tú, por no dejarte llevar por esa tendencia, apenas puedes hacerte oír o incluso te atacan.
No me interpreten mal, no llego a creerme ni por lo más remoto que yo esté equivocada o que estén equivocados los demás, es simplemente una momentánea incapacidad de argumentar una postura tan sólida y tan firme como la que se puede tener ante la vida y el modo de entenderla.
Pero creo que el mejor modo de entender este vericueto sobre el que pretendo reflexionar hoy es con una anécdota personal.
Hace unos días, una persona cercana a mí, ante mi rotunda afirmación de que era cristiana, se tomó la libertad de opinar al respecto, algo que en principio no tenía porque ser bueno ni malo pues, al fin y al cabo, opinar es gratuito, no así la ofensa o la falta de consideración, sin embargo, resultó ser un intercambio de opiniones que si bien no consiguió inclinar la balanza hacía ningún lado, sí que me mostró una razón bastante poco razonable por parte de esa persona pues, desde un principio, trató de darme argumentos lacerantes para justificar su rotundo ateismo, su nula fe en Dios y su rechazo profundo a la Iglesia.
No traté en ningún momento de convencerle de nada, como bien dijo Einstein es más fácil demostrar las partes de un átomo que desmontar a un hombre sus preconceptos, y en este caso así era, lo único que me limité a hacer es reafirmar mi fe una y otra vez, algo que todavía le motivaba más para sacar más y más argumentos en contra de mi postura hasta el punto de decir auténticas incongruencias. Me resultó chocante, eso sí, que me hablara del respeto y que, precisamente, me lo dijera alguien que al saber de mis creencias, no vaciló en sacar toda su artillería pesada contra Dios, los cristianos y la Iglesia. Y fue en ese momento en el que caí en la cuenta de que, por ser cristiana y afirmarlo sin más argumentos que mi propia fe, la razón del otro parecía tener más peso que la mía, reduciéndolo todo a una sensación de incapacidad a la hora de demostrar algo tan hermoso y que tanto llena mi vida como la presencia de Dios en mí.
Y me sentí mal. Mal por no ser más elocuente, por no defender mejor a Dios ante las sinrazones de otros.
A mí me queda aún mucho que aprender y tal vez mucho camino aún por recorrer para comprender mejor al hombre en todas sus grandezas e incluso miserias. También me queda aún camino por recorrer para comprenderme mejor a mí misma, pero ahora hago algo que no hacía tiempo atrás. Hoy soy capaz de decir que soy cristiana, que creo en Dios y que mi fe camina conmigo en mi discurrir por la vida. Y lo digo con valentía, aún a riesgo de chocar contra muros o pinchos. Hoy sé que soy un proyecto de Dios y que soy barro en sus manos, así resulte una vasija todavía a medio moldear o pequeña para contener lo que el manantial de la vida nos otorga a cada cual.
Puedo no ser muy locuaz a la hora de argumentar mi fe, o puedo serlo pero no siempre con el acierto que debiera y en los momentos que debiera, pero si me permito la duda es, simplemente, para convencerme a mi misma que tener o no la razón ante los demás, no es una cuestión de palabras, opiniones, discusiones o de llevarse el gato al agua, sino de una postura valiente al tiempo que serena con uno mismo.
A esta misma persona con la que tuve este punto de inflexión sobre Dios y mis particulares creencias religiosas, le pregunté en cierta ocasión: ¿ Qué es lo que ha sustituido a Dios en tu interior?. Su respuesta fue rotunda: - Yo sólo creo en mí mismo. Mi contestación, también fue rotunda: - Él también cree en ti y siempre te estará esperando.
Volví a repetírselo una vez más pero su corazón sé que está muy cerrado a la presencia de Dios en su vida y no pude por menos que sentir finalmente bastante pena.
Con tantos semidioses caminando por el mundo, nos corresponde a los cristianos en nuestra pequeñez ser valientes para seguir alimentando la grandeza de Dios. Eso es lo que se espera de nosotros aunque “ otras razones” pretendan anular “ nuestra razón”. Esto es lo que ahora sé mejor que hace unos días. Así pues, tú que al igual que yo te reafirmas como cristiano,
dilo sin miedo. No hace falta gritar, nada se sostiene a gritos. Tampoco discutas, la discusión saca los peores argumentos. Simplemente, ¡ Sé valiente¡ y deja a los juicios de los demás su propio desarrollo aunque sean ruidosos o meros ecos. Los tuyos podrán ser silenciosos pero muy serenos, y en la serenidad no dudes que es mucho más fácil encontrar...el equilibrio.

Pilar Martinez Fernandez.

lunes, 15 de marzo de 2010

Miguel Delibes, ¡ gracias¡


El otro día, cuando supe que tu vida había consumido su último segundo, sentí que yo también había consumido toda esperanza de conocerte en persona.
Para tí , y permiteme que te tutee, maestro, este hecho pasó inadvertido porque yo simplemente era alguien que hacía bulto entre la infinidad de lectores y escritores que te admirabamos, sin embargo para mí fue siempre una ilusión, una de esas quimeras que se suelen tener cuando en tu pequeñez quieres conocer a ese maestro al que le sigues los pasos.
La mañana en que todo el mundo hablaba de tu muerte, escuché mientras iba en el autobus el parloteo de la gente. Unos decían que te habían visto pasear muchas veces por la Acera Recoletos, otros en el Campo Grande, en la Plaza Zorrilla...yo, sin embargo, viviendo como he vivido siempre en nuestro querido Valladolid, nunca te ví en persona. En esos momentos, sentí una envidia tremeda por toda esa gente que afirmaba haberte visto por la calle, y lo sentí porque si bien nunca podré decir que pasé por tu lado alguna vez, tampoco podré decir que tú me viste a mí, y aunque no es esto último lo que más lamento, si que pienso que mucha de esa gente no hubiera agradecido tanto conocerte como lo hubiera hecho yo, porque para ellos tal vez fuiste un gran escritor, un ilustre entre nosotros, sin embargo, para mí, significabas todo eso y algo más; eras el espejo en el que reflejarme, esa pluma ligera y sutil capaz de expresar lo mismo que yo siento cuando miro a mi alrededor.
¡ Lo que hubiera dado por una conversación frente a tí¡ ,¡ cuántas preguntas te hubiera hecho¡,¡ cuánto me habría gustado escucharte...¡
Pero, de algún modo, siempre supe que mi quimera no se realizaría. A menos que me hubiera dado tiempo a publicar mi primer libro y tú, por esas cosas que a veces tiene la casualidad, lo hubieras leído, te hubiera gustado y hubieras querido conocer a su autora, tal vez esa ilusión se hubiera hecho realidad, pero...no ha sido así. Como suele decirse, tarde, mal y nunca, pero así son algunas veces las cosas; escurridizas, ajenas o simplemente a destiempo.
Lo cierto es que, por otro lado, aquellos que sí tuvieron ocasión de conocerte, de tratarte, de tenerte de frente, a raíz de tu muerte, han hablado y hablarán durante mucho tiempo bien de tí. Todo son elogios, todos a la altura de esa talla a la que muy pocos escritores llegan aún escribiendo auténticos best sellers, una talla que no mide ni esa estatura que siempre tuviste, ni la cantidad de libros que escribiste y publicaste, sino la calidad elevada con la que siempre narraste la realidad que te inundó mientras viviste, metiendote en la piel de todas esas realidades humanas y sociales de las que fuiste testigo. Hoy existen muchos escritores, y tú mejor que nadie lo supiste siempre, cuyos libros son convenientes para el negocio editorial, historias estrambóticas, personajes igualmente estrambóticos que muestran lo peor del ser humano porque hoy la sociedad, tan desilusionada con tantas cosas, no quiere historias sencillas sino surrealidades que alimenten sus propias frustraciones.
Yo no quiero ser de esa clase de escritores si es que algún día llego a publicar algo, quiero ser como tú, de verbo sencillo, de historias sencillas al tiempo que reales pero sin caer en retóricas, vulgaridades mucho menos en lo grotesco.
Por eso siempre quise conocerte, para que me dieras una breve clase magistral de cómo no sucumbir a la vanidad de los escritores y ser fiel a uno mismo, a su estilo, al talento innato que no quiere quedarse para si sino para entregarselo a los demás y comprender mejor los intringulis de eso que hacemos llamar, vida...
No pudo ser pero aún así, ¡ gracias¡, gracias por haber vivído tanto y dejar tanto entre nosostros. Gracias por...haberme dado la oportunidad, al menos, de leer tus libros y tus pensamientos. De esas lecturas, Miguel, nació esta modesta escritora. Me queda mucha tinta por derramar si Dios quiere que, con mi talento, haga algo mejor de lo que he hecho hasta ahora, pero siempre serás para mí un referente, un punto y seguido en mis creativas palabras.
Descansa en paz, y, si puedes... escribenos desde el cielo.
Pilar Martinez Fernandez.

domingo, 7 de marzo de 2010

Mucho más que dientes



Desde la infancia más tierna e inocente, siempre fui risueña. Hubo un tiempo en el que perdí mi espontánea sonrisa por una caída infantil que melló mi dentadura. Me convertí en una niña más bien seria, tímida y callada que ocultaba su sonrisa poníendose la mano delante de sus labios.

Lo hacía para protegerme de aquellos que podían herirme con la estupidez propia de la insensiblidad y la superficialidad. Muchas veces, de gente mayor, incluso allegados familiares, escuché decir: - Es guapilla, lo único los dientes.

Al escuchar esto, apretaba la boca para que no se me vieran y dejaba de hablar inmediatamente. Aún así, siempre conserve pese a ese trauma, un jubilo interior que nadie consiguió aplacar. Nunca fui graciosa, ni se me dio bien contar chistes, pero desde siempre fui agradecida con aquello que me hacia gracia y puedo decir que he reído infinitamente muchas más veces que las que he podido llorar hasta hoy y a lo largo de mi vida.

Ciertamente, mi sonrisa sigue siendo la misma, no así mi dentadura. Un dentista arregló a golpe de billetes aquello que un desafortunado golpe de infancia quedó mellado, sin embargo, hoy se que una sonrisa, una bonita sonrisa, precisa bastante más que la estética de una dentadura.

Una sonrisa espontánea y jubilosa, es sinonimo de alegría, sentido del humor, es un instante de felicidad trasnfigurado en un ser humano, tal vez una porción de tiempo demasiado escueta y efímera, pero son los ojos y no la boca los que manifiestan esa leve felicidad.

La mirada de un niño feliz, es única. Le brillan los ojos y le dibuja el rostro de tal manera que hasta cuando le estan mudando los dientes y muestra sus huecos vacíos en las encías, resulta enternecedor.

Lo mismo le ocurre al anciano. Cuando sonríe, sus ojos se empequeñecen picáramente al tiempo que los pliegues de la piel en su rostro rodean su semblante , dejando muchas veces al descubierto su boca ya desdentada, sin embargo, también nos enternece.

El problema de que existan tanta sonrisas calladas, ocultas tras un complejo, tapadas por una mano pegada a la boca, reside en la torpeza manifiesta que tenemos todos a la hora de encuadrar una sonrisa. Trás una sonrisa de modelo publicitario, solo existe imagen. Trás una dentadura perfecta sonriendo, solo existe imagen. Trás una sonrisa espontánea, hay un ser humano con un corazón momentaneamente jubiloso. Creo que, esto, es lo imporante.

Desde la más tierna e inocente infancia, fui una niña risueña. Hoy lo sigo siendo, y si mis dientes no gustan, lo siento. Es señal de que, inquivocamente, no me están mirando a mí ni, por supuesto, a los ojos.

Pilar Martinez Fernandez

domingo, 28 de febrero de 2010

Haz lo que debas


En esta ocasión, un articulo publicado en la revista Iglesia en Almodovar nº 230 y en su página web http://www.iglesia.almodovardelcampo.org/
Son 30 artículos de colaboración con esta revista manchega gracias a la confianza siempre in crescendo de D. Tomás.
Tan sólo comentar que, hacer lo que se debe, es extrapolable a cuanto acontece a nuestro alrededor bien sean animales, un árbol, una flor, un vecino, familia o amigos.
Hago este inciso especialmente porque, a menudo y en lo que concierne a nuestro entorno, hacer lo que se debe no es lo mismo que una obligación, es un acto que siendo voluntario, tiene el carácter de un deber " moral" que lleva consigo dar de nosotros mismos algo que otro " algo" u otro ser necesita para estar o sentirse mejor. No es una obligación pero si es moral y humanamente necesario sentir que debemos dejar a un lado nuestras propias desidias y enfocar la mirada hacía aquello que tenemos al lado silenciosamente pero que nos pide atención. Sentirse útiles para los demás, suele ser una buena terapía para sentirse mejor con uno mismo. Y, no siempre lo que se hace, debe llevar implicito una recompensa, un agradecimiento o un reconocimiento. Hay cosas que deben hacerse sin más. Una vez más, mi reflexión.......
Haz lo que debas

Siempre me resulta curioso que, ante una tragedia de proporciones grandes en algún lugar del mundo, enseguida se reaccione con el envío de ayuda humanitaria. Es en estas ocasiones cuándo pienso que el mundo aún tiene el corazón sano de humanidad. Con el lamentable terremoto en Haiti ha ocurrido nuevamente. Enseguida se han puesto en marcha los motores solidarios y quién más y quién menos ha intentado dar un poco de sí mismo para ayudar a un país a levantarse de nuevo tras la tremenda caída a la que se ha visto sometido después de que la tierra temblara bajo sus pies.
Desgraciadamente, también suele ocurrir que grupúsculos de personas se aprovechen del buen corazón de los demás para quedarse con carne entre las uñas, algo que provoca desconfianzas y dudas sobre el destino final de las ayudas.
Personalmente, y no me considero más solidaria ni mejor persona por ello, no me rijo por la desconfianza cuando me decido a dar ayuda para causas humanitarias. Me guío más por mi conciencia que por las suspicacias que puedan suscitarse por malas manos receptoras de la ayuda. Cierto que me gustaría, más por la satisfacción que por la curiosidad en sí misma, tener la certeza de que mi contribución sirve a buenos fines, sin embargo, me quedo con la sensación de haber hecho cuanto ha estado en mi mano.
Me contaba no hace mucho una persona que, en cierta ocasión, en la puerta de un supermercado, una mujer bastante demacrada le pidió una ayuda.
- Me puede dar algo, le dijo.
- ¿ Qué necesitas?, le preguntó al tiempo que observaba su aspecto.
La mujer contestó:
- Lo que pueda darme.
Esta persona, ni corta ni perezosa, la cogió del brazo y entró con ella en el supermercado. Cogió una cesta y empezó a meter en ella diferentes alimentos; leche, huevos, cacao, galletas, legumbres, aceite...
Al llegar a la caja, pagó todo, lo metió todo en varias bolsas y se las puso en las manos a la mujer.
- Toma, esto es lo que puedo darte.
Y la mujer, con la mirada triste pero al tiempo agradecida, le dijo:
- Muchas gracias...Dios se lo pague.
Y salieron del supermercado para luego seguir cada uno su camino
Pero como siempre hay alguien que observa, después de dejar a la mujer marchar con sus bolsas llenas de comida, otra mujer se acercó y dijo:
- Esas no quieren comida. Te lo digo yo. Quieren dinero. Verás como tira las bolsas en algún contenedor de basura...
La respuesta de esta persona fue contundente.
- En cualquier caso, ese ya no será mi problema. Yo he hecho lo que, en conciencia, he creído que tenía que hacer.
Efectivamente. Esa es la acción, y, por supuesto, la reacción cuando se apela a nuestra ayuda. Actuar en conciencia, simplemente. Cómo y de qué manera empleen nuestra ayuda, habrá de quedar en la conciencia de quien la recibe. Cabe esperar que sea utilizada con la misma calidez que ha sido entregada pero, de cualquier forma es algo que escapa a nuestro control y voluntad y en ningún caso debe contribuir a menoscabo de nuestro generoso acto.
En realidad, la solidaridad, la generosidad, la caridad, en definitiva, todo aquello que le nace al ser humano ante la necesidad de otro, es una cuestión de equilibrio e incluso de agradecimiento.
Quién más y quién menos, en algún momento puntual de nuestra vida, hemos podido o podemos necesitar la ayuda de otros. No siempre se precisa ayuda económica. Hay muchas clases de ayudas, tantas como clases de necesidades, sin embargo, cuando se recibe ayuda, sea de la índole que sea, en cierto manera se hace a modo de depósito: Hoy la recibes tú, pero mañana posiblemente la necesite otro, y será tiempo de que tú, a su vez, la entregues para que se beneficie ese otro.
Esto lo comprendió bien un hombre mayor de unos 80 años de quién cuentan que, al tiempo que trabajaba en su jardín plantando un melocotonero, un vecino le dijo:
- Supongo que, a tu edad, no esperarás ya disfrutar mucho del melocotonero, ¿ no?.
El hombre le respondió mientras se apoyaba en su pala:
- No, con mi edad sé que no, pero he gozado comiendo melocotones toda mi vida y nunca de un árbol plantado por mí. No hubiese podido comer melocotones si otros no hubiesen hecho lo que yo estoy haciendo ahora. Estoy tratando, simplemente, de continuar la labor que otros hicieron antes para mí.
En este mundo, no caminamos solos y muchos son los actos que mueven y hacen girar también al mundo. La caridad, la solidaridad, la entrega personal en beneficio de otros, el sentido de la justicia, la generosidad, el altruismo...son actos que equilibran. Por tanto, haz lo que debas con tu conciencia y con tu agradecimiento, el resto, déjalo en manos de Dios. Él sabrá a quién debe pedir plantar melocotoneros y a quién debe dejar que coma los melocotones.

Pilar Martinez Fernández.



martes, 23 de febrero de 2010

Tiempos dificiles


Hay momentos en la vida que se tornan complicados, difíciles, como si se estuviera dentro de una tormenta y el zarandeo de la fuerza de las inclemencias nos desequilibrara constantemente.
Es en esos momentos donde te preguntas continuamente si no mereces una vida mejor, más tranquila, pero sobre todo más feliz. Y piensas, con gran desilusión que, la felicidad no existe realmente, que a lo sumo la tocas temporalmente para luego retornar al camino de los quebrantos, de los problemas, de aquello que siempre nos llega a destiempo a nuestro juicio y que nos hace sufrir una y otra vez eso que hacemos llamar " desencanto".
Los tiempos dificiles, son como el viento. Van, vienen, algunas veces insinuándose con pequeñas brisas, otras con verdaderos vendavales, y en el peor de los casos, para arrasar y destruir.
Pero a veces, tambien se piensa que nada más hay detrás de esa destrucción que provoca un mal viento. Cuándo algo malo nos sucede, algo que nos destroza por completo por dentro, pensamos que es más de lo que podemos soportar, y nos lamentamos, nos acongojamos, lloramos...incapaces de ver más allá de ese terrible muro que se nos pone delante.
Alguien me dijo una vez que la mayoría de las veces, vemos los problemas a la altura misma nuestra, de tal manera que nos limitamos la mirada hacia el horizonte, ese que se alza por encima de nuestra cabeza en los momentos dificiles.
Ese alguien, tambien me dijo que, ante la dificultad, ante el problema, la única manera de superarlo era trascender más allá de nuestra miras. Y ¿ Cómo hacer eso?, le pregunté yo. Simple. Alzando la mirada para dejar abajo el problema y poder ver la solución y la superación en el horizonte, todo ese camino que aún nos queda por delante.
Sin embargo, es tan dificil no sucumbir al desanimo cuando somos " hombres con problemas" ...
Un mal día, dicen que lo tiene cualquiera, la cuestión es cuando ese " cualquiera" somos nosotros y te suceden cosas que te aplastan momentaneamente como si fueras una calcamonia. Escuchas cuanto te dicen de positivo pero en tu interior te quema la situación por lo injusta que te parece.
Personalmente, me rijo mucho por el sentido de la justicia. Intento siempre equilibrar la balanza hacia ese punto donde, aunque yo pierda parte de peso, otorgue ecuanimidad allí donde se precise. Me hace sentir mejor esa forma de plantear las cosas, sin embargo, no siempre me hace sentir bien la balanza de la justicia cuando toca a otros equilibrar los platillos.
Hoy, me ha sucedido una cosa que ahora sé no tiene tanta importancia como yo se la he dado en su momento. Sin embargo, sigo albergando la amarga sensación de que el sentido de la justicia no ha estado a mi favor, y es en estas ocasiones donde pienso que hay personas, que por vivir tiempos dificiles, son más proclives a encontrarse con injusticias y a toparse con situaciones que acrecentan aún más su mala racha.
Pero he decidido alzar la cabeza por encima de mis problemas. Quizá me siga dando collejas la vida, a saber porqué razón, pero simularé que tengo una puerta abierta delante y más allá el horizonte, y que solo tengo que ir hacía esa puerta, atravesarla y seguir hasta donde me lleven mis pasos.
No quiero pensar que unicamente vivo tiempos dificiles. Quiero pensar que pese a las dificultades de este momento, las satisfacciones también habrán de llegar más tarde o más temprano.
Pienso esto al tiempo que pienso en mucha otra gente que, por ser, y perdón por la redundancia, " tiempos dificiles", están sufriendo por cuestiones muy duras. Falta de trabajo, embargos de sus casas, enfermedades,...
Hay demasiadas realidades dificiles a nuestro alrededor. Algunas algo mejor que la nuestra y otras bastante peor. No es consuelo de tontos, es ser consecuente con aquello que nos aqueja y caer en la cuenta que la magnitud de lo dificil, es una medida tan incierta como personal.
Lo esperanzador es que, si acierta el refrán; no hay mal que cien años dure.
También se dice que Dios no da problemas que no podamos soportar. Creo en esto último por cuestión de fe personal aunque, reconozco, que en días como el que he tenido antes de escribir estas líneas, cabe preguntarse si Dios no estará tensandome demasiado las cuerdas.
En frío y con mas calma, pienso que Dios, en mi caso, me está obligando a conocer mis medidas, mi elasticidad para afrontar las tensiones de la vida.
Querido Dios, me está costando entenderte, tanto como entenderme, pero todo cuanto me das, lo acepto. Eso sí, espero que lleguen esos momentos, en los cuales la elasticidad adquirida sea para encontrarme más cómoda conmigo misma y con la vida. Dificil, lo sé, pero la esperanza, cuando no hay bonanza, es algo que, según dicen, nunca debe perderse.
Pilar Martinez Fernandez.