lunes, 7 de marzo de 2011
Sucedaneos de Dios
domingo, 30 de enero de 2011
Sé sembrador de flores
a pesar de la actual crisis, les respondo:
Porque creo que Dios es nuevo cada mañana.
Porque creo que está creando el mundo en este mismo momento. Los caminos de la Providencia
son absolutamente sorprendentes.
No están sujetos al determinismo
ni a los sombríos pronósticos de los sociólogos.
Dios está aquí”.
jueves, 23 de diciembre de 2010
Como Flores de Pascua

martes, 2 de noviembre de 2010
Por una sonrisa
( Publicado en Revista Iglesia en Almodovar Nº 238 )
Becquer, en una de sus rimas decía: “ Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo, por un beso...¡ Yo no sé que te diera, por un beso¡.
He querido recordar esta rima a propósito. Sé que a Bécquer le inspiró esta rima ese profundo amor que le manaba del corazón y que por otra parte tanto anhelaba dar a alguien, de tal manera que todo lo elevaba a una infinitud tan inabarcable como inagotable. A mí, sin embargo, esta rima me inspira algo más. Me sugestiona poéticamente sobre algo que está en cada uno de nosotros; la sutil belleza de una sonrisa.
Me ocurría unas horas antes de escribir estas líneas, una situación de esas que suelen ocurrir más de una vez pero que por alguna razón, hay momentos en los que te resulta simpática o digna de mención. En un banco de la iglesia de mi barrio durante una misa, junto a sus padres, estaba sentada una niña de unos tres años. Balanceaba sus piernecitas que no le llegaban al suelo, jugueteando con esa inercia que se produce cuando hay un espacio amplio para dar rienda al movimiento. La niña tenía un aspecto infantil de esos que te llaman la atención. Dos coletas respingonas de pelo negro azabache y unos ojos igualmente negros y grandes, se diría que inocentes pero al tiempo muy curiosos e inquietos. De pronto, como si hubiera intuido que la estaba observando, dejó de balancear sus piernas, giró su cuerpecillo y me miró fijamente. Al instante siguiente, me dedicó una sonrisa amplia, de esas que surgen espontáneamente. Yo le sonreí tambien, y ella, tímida, volvió a su juego de balanceo de piernas para luego volver a mirarme. Había captado mi atención y supongo que en su mente infantil, había también comenzado el peculiar juego de ahora te miro, ahora no te miro, y cada vez que la pillaba mirándome, ella volvía a sonreír al tiempo que se mordía el pulgar pícaramente y torcía su mirada para volver a tentarme. El juego duró unos cinco minutos, un tiempo en el que yo también fui una niña que miraba a otra niña y sonreía sin saber muy bien porqué sonreía. Sin embargo, he aquí lo hermoso de esta situación. Unas miradas y una sonrisas que sin tener ningún motivo ni pretexto, durante cinco minutos me permitieron ver el rostro amable de la vida, del ser humano y el bello poder que tiene la sonrisa. Para esa niña fue un juego inocente, para mí toda una metáfora. Cuando algo amable te ocurre, el modo en el que te mueves y donde te mueves, parece que, de repente, tuviera otros matices. Todo parece más alegre, con más brillos, con más color...y que duda cabe que tú, también, terminas integrándote en ese entorno con otro espíritu.
Por eso, entender a Bécquer cuando habla de una mirada y de una sonrisa, es tremendamente fácil. Su poesía se convierte en tu poesía. Una mirada, efectivamente, puede ser todo un mundo, toda una apertura a la vida que se tiene delante. Una sonrisa, un cielo despejado, con un radiante sol dando luz y calor que te hace ver todo con otra claridad.
¿ Por qué entonces no sonreímos más a menudo?, ¿ Por qué no miramos más allá de nosotros mismos?, ¿ Por qué solemos caer más en el enfado, en la acritud, en la irritabilidad que en la sonrisa cuando, en realidad, es nuestro modo de mirar el que muchas veces nos hace ver sólo lo feo o incluso verlo todo más feo de lo que realmente es?.
Los niños son capaces de sonreír con espontaneidad porque su inocencia criba la maldad, la desconfianza. También su mirada es diferente porque en su imperativo de crecer, hay una necesidad de aprender de su entorno. Ciertamente, no podemos ser eternamente niños aunque una parte de ese “ niño” interior, sí que debiera conservarse, pero sí que podemos depurar nuestra mirada, nuestro modo de ver la vida, y, por qué no, sonreír; sonreír más a menudo a quienes nos miran, a quienes nos hablan, a esa realidad que aunque no nos guste algunas veces, siempre puede mejorar si nuestra actitud ante ella es más de confianza que de vivir continuamente en la queja.
Admiro a esas personas capaces de sonreír ante la adversidad. Admiro a quienes miran con amplitud a pesar de sus miopías, a quienes giran la cabeza para mirar a su alrededor y lo hacen dispuestos a sorprenderse gratamente y sonreír.
Vivimos unos tiempos dónde el frenesí de nuestros quehaceres nos hace vivir tan deprisa que apenas nos damos tiempo para detenernos en lo que tenemos al lado y admirarlo.
Vivimos tan rutinariamente que terminamos perdiendo la costumbre de tomar iniciativas para seguir descubriéndonos, y lo que es aún más lamentable, actuamos tan mecánicamente muchas veces que, sonreír, llega a suponernos un esfuerzo añadido.
Realmente cuesta muy poco sonreír, unos cuantos músculos de nuestro rostro y una voluntad generosa.
Justamente, antes de acabar este escrito, una amiga me mandaba un e mail con unas fotos de niños muy divertidas donde era inevitable reirse. Lo curioso de esto, ha sido el modo de terminar ese mail:
“ si no envías esto a unos cuantos amigos, habrá menos gente riendo en este mundo”.
¿ Casualidad?, no lo creo. Más bien providencial, como suelen ser casi siempre todas aquellas cosas que, a modo de flash llegan hasta nosotros, nos sorprenden y vienen con pretensiones de enseñarnos algo.
Haré caso al mensaje y lo reenviaré a todos esos amigos a los que aprecio. Si como decía Bécquer, por una sonrisa, un cielo, cuanta más gente sonría, mejor y más cerca estará el cielo de este mundo en el que vívimos.
Pilar Martinez Fernandez.
domingo, 5 de septiembre de 2010
Como vasijas de barro
domingo, 20 de junio de 2010
La paloma coja
Articulo para la Revista " Iglesia en Almodovar del Campo".En un acera, picoteando esos minúsculos granitos de alimento que puede haber para un ave que habita en una ciudad, había una paloma. Su contoneo era singular. Parecía danzar más que caminar, daba saltitos con una pata al tiempo que giraba su cuerpecillo plumoso de color gris ceniza. De aquella observación curiosa de la paloma, finalmente se podía apreciar cúal era el motivo de su forma peculiar de moverse y caminar; en una de sus patas le faltaban esos tres dedos palmípedos sobre los que apoyarse. En su lugar había una terminación radical en forma de muñón que le quedaba justamente a ras del suelo. Apenas apoyaba el muñón de su pata, sólo un instante muy breve para girar y cambiar de dirección para seguir picoteando del suelo.
Al descubrir ese pequeño hallazgo inusual en la paloma, enseguida deduje que era una tara de nacimiento, un capricho de la naturaleza que de vez en cuando se manifiesta para poner a prueba a los seres vivos que crea con su bello poder.
Y me fijé aún más en ella y, cuanto más lo hacía, más me sorprendía verla moverse tan armoniosamente. Al principio pensé: - pobrecilla, que lástima. Luego fui cambiando el concepto. Pasé de sentir cierta lástima por ella a sentir en cierto modo admiración. Sé que admirar a una animalillo como si tuviera una personalidad concreta puede ser absurdo dado su sentido irracional, pero realmente me admiró esa paloma coja. Generalmente la naturaleza y su selección, a veces cruel, elimina a los seres débiles. Esa paloma al nacer así bien podría haber perecido, sin embargo, he aquí lo revelador de esta historia, supo superar su limitación, creciendo, volando y valiéndose por sí misma al tiempo que consiguió también encontrar su equilibrio a la hora de moverse y procurarse su propio alimento. ¿ Cómo lo consiguió?, podemos muy bien preguntarnos. Pues como se suele conseguir casi todo en esta vida que se nos presenta como un reto a superar; con férrea voluntad y sin rendirse ante la dificultad.
Así, muchas veces, podemos ser las personas; palomas cojas por una u otra razón. Algunas veces físicas, otras sentimentales, emocionales...siempre razones para nosotros muy poderosas que nos hacen caminar cojos, con bastones o en el peor de los casos paralíticos, entendiendo por paralíticos no a parapléjicos físicos, sino a los parapléjicos de alma.
Los genios, inventores, místicos, santos... aquellas personas que a lo largo de la historia consiguieron hacer con su vida una proyección elevada y ejemplar de su persona con sus acciones, lo hicieron superando sus propias cojeras, y lo hermoso de todo ello es que además consiguieron convertir sus cojeras personales en movimientos armoniosos, incluso bellos. Un ejemplo lo tenemos en Beethoveen; una sordera recalcitrante e incluso tormentosa para él mismo y sin embargo fue capaz de componer increíbles sinfonías.
Pues de estos ejemplos y teniendo cada cual sus propias taras, debemos fijarnos pues al fin y al cabo, la perfección es una quimera que de tanto perseguirla nos puede llegar a frustrar, sin embargo en la imperfección está el afán de superación, el valor, la supervivencia a la adversidad, nuestra resolución incluso ante nosotros mismos para descubrir nuestras capacidades.
Cuando dejé atrás con su contoneo a la paloma coja, lo hice pensando que acababa de ver algo que seguramente no volviera a ver en otra ocasión. Son visiones que ofrece lo cotidiano y que no siempre nos detenemos a observar. A menudo, aún teniendo el sentido de la vista pleno, caminamos ciegos, por eso agradezco tener tanta curiosidad, porque me hace recabar en detalles que siempre consiguen enseñarme algo.
La paloma coja me enseñó algo vital. Considerando que un pichón de paloma debe abandonar el nido y valerse por si misma antes de un mes, bien hubiera podido quebrar su vida en el momento de pisar el suelo o a los pocos días por su limitación de movimientos y su lentitud en comparación con sus congéneres a la hora de competir por el alimento del suelo, pero de alguna manera, consiguió hacerse su hueco y sobrevivir, y a juzgar por su buen aspecto, lo supo hacer bien.
Sin pensar en nadie, únicamente en mí misma, llegué a la conclusión de que muchas de mis “ cojeras” y “ muñones” pueden convertirse en listones que superar para demostrarme mis plenas capacidades y hacer algo más y sobre todo útil con mi vida. En mi caso no sólo alimentarme y sobrevivir igual que la paloma, sino además dar salida a esos dones y talentos que Dios me ha dado. Tal vez no lo consiga siempre, o me quede a medias, pero que duda cabe que teniendo vida, considero obligado “sobrevivir a mis cojeras”. Y, si pudo una paloma, puedo yo también, del mismo modo que lo puede conseguir cualquiera.
Pilar Martinez Fernandez. ( junio 2010)
martes, 8 de junio de 2010
Sin miedo, no hay valentía
Publicado en Iglesia en Almodovar Nº 233En una de esas conversaciones fugaces que algunas veces alcanzamos a oír cuando pasamos al lado de alguien, tuve ocasión de escuchar algo que si bien no era de mi incumbencia, llamó mi atención. La persona que hablaba era una mujer joven, al parecer con un problema acuciante pues su voz, un tanto temblorosa, denotaba desesperación mientras hablaba por su móvil, pero en el instante fugaz que pasé por su lado y escuché lo que decía, su aparente desesperación adquirió una postura tan contundente que me dejó un tanto perpleja. Gesticulando con la mano para poner aún más énfasis en lo que decía, la mujer exclamó: - ¡ Pues claro que tengo miedo¡. Mucho miedo, pero si no tuviera miedo tampoco sería valiente y eso, me hace ser fuerte.
Sin un contexto más amplío de la conversación, escuchar algo así puede dejarnos indiferentes o provocarnos curiosidad. A mí me sucedió lo segundo, no voy a negarlo, pero me limité a continuar mi camino. Fue después, en esos silencios en los que te quedas cuando tu mente parece querer darse la oportunidad de pensar, cuando pensé en la afirmación rotunda al tiempo que temerosa de la mujer.
Y pensé en el miedo, efectivamente. Esa sensación que aflora con mucha frecuencia. Algunas veces justificada, otras no tanto, pero en cualquier caso siempre acompañada de la vulnerabilidad, de la inseguridad, y cómo no, de la incertidumbre.
Yo he sentido miedo muchas veces. Quizá más de las que recuerdo o incluso me atreva a reconocer. Me dan miedo las tormentas, sin ir más lejos, y cada vez que lo digo, siempre hay alguien que me dice en tono paternal que no son para tanto y que incluso son un fenómeno curioso de observar. Sea como fuere, intento vencer ese miedo cada vez que en el cielo culebrean y retumban los relámpagos y truenos, pero no puedo evitar sentirme muy vulnerable e incluso estremecerme. No obstante, entiendo que esa clase de miedo no deja de ser algo meramente puntual que no afecta a mi equilibrio emocional. Hay otra clase de miedos que, efectivamente, someten a la persona a un pulso en el que únicamente con fortaleza es capaz de ganar la partida. Y, he aquí dónde comienzan a entrar en juego esas “ dificultades” que no nos gusten, esos obstáculos que nos frenen algunas veces, esas pérdidas que tanto nos desestabilizan emocionalmente, esos cambios inesperados en nuestras vidas...cartas de esa baraja que es la propia vida y que nos hacen tener malas jugadas.
La vida no es algo lineal, ni siquiera para quienes eligen vivir apartados del mundanal ruido, como suele decirse; tiene altibajos, recovecos, bifurcaciones...demasiadas bifurcaciones inesperadas con sus correspondientes decisiones difíciles o incluso arriesgadas, pero también pienso que aquí está, precisamente, lo apasionante de vivir; ser capaces de afrontar aquello que nos aparece a la vuelta de la esquina, así la vida nos someta a cambios duros o nos desestabilice emocionalmente perder algo de lo que tenemos.
El crecimiento, la superación, todo aquello que conlleva al hombre y a la mujer a ser mejor en todos y cada uno de los aspectos de su vida, solo se consigue enfrentándose a los miedos con valentía y, eso, efectivamente, también les hace ser más fuertes.
Cuando escuché a la mujer en su zozobra decir aquello que apuntaba al principio, pensé que tenía razones de peso para buscar dentro de sí misma el valor necesario para afrontar y vencer su miedo, pero al mismo tiempo me pregunté si yo era igual de valerosa ante mis miedos.
No tengo una respuesta fehaciente, creo que sería mucha presunción por mi parte afirmar algo que aún está por demostrar, porque una cosa es haber aprendido a convivir con tus miedos y otra bien distinta poseer una fortaleza determinada ante un temor fundado e incluso muy posible. Sí puedo decir que, ahora, sé mejor lo importante que es no mostrarse pusilánime ante los problemas y miedos. Lamentarse es derrochar un tiempo muy necesario para solucionar nuestros conflictos interiores.
Cuando se es creyente y se siente interiormente el convencimiento de que Dios camina con nosotros, los miedos también se depositan en sus manos. Y cuándo vas viendo que, de una forma u otra, Él, te coloca donde corresponde, vas también siendo muy consciente de que tu actitud decidida ante tus miedos, te ha hecho crecer y por tanto más fuerte.
Hay quienes no se dan cuenta de esto porque en su desnudez espiritual y conocimiento interior, se ven débiles. Y no es menos cierto también que, la insatisfacción, hace de las suyas pues suele ocurrir que, superado un miedo, aparece otro para llenar de nuevo un hueco que, de repente, se quedó vacío.
Cuando coges la mano de Dios, el miedo dura lo que tardas en sentir que no estás solo e, inmediatamente, aflora una postura valerosa que, en lugar de menguarte, te hace crecer y fortalecerte.
Esta enseñanza, la expresa muy bien Tagore en uno de sus escritos: “ Señor, enséñame a orar no para obtener protección contra los peligros, sino para afrontarlos sin temor. Enséñame a pedir no alivio a mi dolor, sino el valor para superarlo. Enséñame a buscar en el campo de batalla de la vida, no aliados, sino mi propia fortaleza.”
Leído y asimilado este bello pensamiento, poco más cabe decir. Una vez más, nosotros elegimos; vivir con miedos y acobardados, o afrontar nuestros miedos con valentía y con la convicción de que Dios está junto a nosotros en la batalla de la vida. Yo, personalmente, elijo la segunda opción aún siendo muy consciente de mi vulnerabilidad. Y, tú, ¿ Cual eliges?. ¿ Qué haces con tus miedos?.
Pilar Martinez Fernandez.
viernes, 2 de abril de 2010
¡ Sé valiente¡
Dedicado a D. Tomás Lozano, parroco de la iglesia de Almodovar del Campo además de un gran sacerdote; un hombre querido por muchos por el modo de trasmitir el mensaje de Dios y de hacer iglesia de una manera cercana, sin tachaduras, ni rasgaduras, sin exclusiones...
Del mismo modo, tambien cuestionado por otros, por aquellos que entienden la iglesia purpurada y enfundada en formas sistemáticas.
Él ha logrado que yo crea que una iglesia auténtica y cercana al pueblo es posible; la diferencia la establece quien se pone al frente de ella y mira a su alrededor abriendo sus manos acogedoras.
Él ha logrado que yo crea en un Dios bondadoso, no castigador, sin medidas estrechas y excluyentes, sin exigencias ni extravagancias, sintiendo su presencia en los momentos vacíos y tambien en los dichosos. Y, sobre todo, confiando...siempre confiando en que, camine por donde camine, haga lo que haga, siempre voy de su mano y hacía alguna parte.
Decidí escribir este articulo sincero, íntimo, pero al tiempo desafiante porque viviendo como vivimos en un mundo donde la critica negativa sobre Dios y la iglesia hace tanto daño al cristiano, hace falta que aquello en lo que creemos lo afirmemos con rotundidad, sin miedos. Se puede ser mejor o peor cristiano, pero en cualquier caso en nuestra firmeza está la continuidad de aquello en lo que creemos y damos una razón de vida. Importa poco a quien no le guste aquello que afirmamos, lo importante es que no lo silenciemos. Allá quien quiera o no escucharnos.
Articulo publicado en Iglesia de Almodovar Nº 231
http://iglesia.almodovardelcampo.org/periodico_iglesia_en_almodovar_-_231_marzo_-_2010/
¡ Sé valiente!
A menudo pienso si en verdad existe la razón, ese concepto tan enorme que abarca desde la lógica hasta la justicia pasando por la verdad. Y lo pienso sobre todo cuando siento que mi opinión se ve zarandeada por quienes, al debatir, utilizan argumentos que no alcanzo a comprender.
Sí, ya sé. Es en ese tipo de situaciones donde se establece un debate o incluso una discusión, y también sé que la diversidad de opiniones siempre existirá, sin embargo, no es eso lo que me inquieta; lo que me lleva a preguntarme hasta qué punto puedo sentirme cómoda con mí razón es, precisamente, cuando ves a tu alrededor una tendencia muy extendida y tú, por no dejarte llevar por esa tendencia, apenas puedes hacerte oír o incluso te atacan.
No me interpreten mal, no llego a creerme ni por lo más remoto que yo esté equivocada o que estén equivocados los demás, es simplemente una momentánea incapacidad de argumentar una postura tan sólida y tan firme como la que se puede tener ante la vida y el modo de entenderla.
Pero creo que el mejor modo de entender este vericueto sobre el que pretendo reflexionar hoy es con una anécdota personal.
Hace unos días, una persona cercana a mí, ante mi rotunda afirmación de que era cristiana, se tomó la libertad de opinar al respecto, algo que en principio no tenía porque ser bueno ni malo pues, al fin y al cabo, opinar es gratuito, no así la ofensa o la falta de consideración, sin embargo, resultó ser un intercambio de opiniones que si bien no consiguió inclinar la balanza hacía ningún lado, sí que me mostró una razón bastante poco razonable por parte de esa persona pues, desde un principio, trató de darme argumentos lacerantes para justificar su rotundo ateismo, su nula fe en Dios y su rechazo profundo a la Iglesia.
No traté en ningún momento de convencerle de nada, como bien dijo Einstein es más fácil demostrar las partes de un átomo que desmontar a un hombre sus preconceptos, y en este caso así era, lo único que me limité a hacer es reafirmar mi fe una y otra vez, algo que todavía le motivaba más para sacar más y más argumentos en contra de mi postura hasta el punto de decir auténticas incongruencias. Me resultó chocante, eso sí, que me hablara del respeto y que, precisamente, me lo dijera alguien que al saber de mis creencias, no vaciló en sacar toda su artillería pesada contra Dios, los cristianos y la Iglesia. Y fue en ese momento en el que caí en la cuenta de que, por ser cristiana y afirmarlo sin más argumentos que mi propia fe, la razón del otro parecía tener más peso que la mía, reduciéndolo todo a una sensación de incapacidad a la hora de demostrar algo tan hermoso y que tanto llena mi vida como la presencia de Dios en mí.
Y me sentí mal. Mal por no ser más elocuente, por no defender mejor a Dios ante las sinrazones de otros.
A mí me queda aún mucho que aprender y tal vez mucho camino aún por recorrer para comprender mejor al hombre en todas sus grandezas e incluso miserias. También me queda aún camino por recorrer para comprenderme mejor a mí misma, pero ahora hago algo que no hacía tiempo atrás. Hoy soy capaz de decir que soy cristiana, que creo en Dios y que mi fe camina conmigo en mi discurrir por la vida. Y lo digo con valentía, aún a riesgo de chocar contra muros o pinchos. Hoy sé que soy un proyecto de Dios y que soy barro en sus manos, así resulte una vasija todavía a medio moldear o pequeña para contener lo que el manantial de la vida nos otorga a cada cual.
Puedo no ser muy locuaz a la hora de argumentar mi fe, o puedo serlo pero no siempre con el acierto que debiera y en los momentos que debiera, pero si me permito la duda es, simplemente, para convencerme a mi misma que tener o no la razón ante los demás, no es una cuestión de palabras, opiniones, discusiones o de llevarse el gato al agua, sino de una postura valiente al tiempo que serena con uno mismo.
A esta misma persona con la que tuve este punto de inflexión sobre Dios y mis particulares creencias religiosas, le pregunté en cierta ocasión: ¿ Qué es lo que ha sustituido a Dios en tu interior?. Su respuesta fue rotunda: - Yo sólo creo en mí mismo. Mi contestación, también fue rotunda: - Él también cree en ti y siempre te estará esperando.
Volví a repetírselo una vez más pero su corazón sé que está muy cerrado a la presencia de Dios en su vida y no pude por menos que sentir finalmente bastante pena.
Con tantos semidioses caminando por el mundo, nos corresponde a los cristianos en nuestra pequeñez ser valientes para seguir alimentando la grandeza de Dios. Eso es lo que se espera de nosotros aunque “ otras razones” pretendan anular “ nuestra razón”. Esto es lo que ahora sé mejor que hace unos días. Así pues, tú que al igual que yo te reafirmas como cristiano,
dilo sin miedo. No hace falta gritar, nada se sostiene a gritos. Tampoco discutas, la discusión saca los peores argumentos. Simplemente, ¡ Sé valiente¡ y deja a los juicios de los demás su propio desarrollo aunque sean ruidosos o meros ecos. Los tuyos podrán ser silenciosos pero muy serenos, y en la serenidad no dudes que es mucho más fácil encontrar...el equilibrio.
Pilar Martinez Fernandez.
domingo, 28 de febrero de 2010
Haz lo que debas

Siempre me resulta curioso que, ante una tragedia de proporciones grandes en algún lugar del mundo, enseguida se reaccione con el envío de ayuda humanitaria. Es en estas ocasiones cuándo pienso que el mundo aún tiene el corazón sano de humanidad. Con el lamentable terremoto en Haiti ha ocurrido nuevamente. Enseguida se han puesto en marcha los motores solidarios y quién más y quién menos ha intentado dar un poco de sí mismo para ayudar a un país a levantarse de nuevo tras la tremenda caída a la que se ha visto sometido después de que la tierra temblara bajo sus pies.
Desgraciadamente, también suele ocurrir que grupúsculos de personas se aprovechen del buen corazón de los demás para quedarse con carne entre las uñas, algo que provoca desconfianzas y dudas sobre el destino final de las ayudas.
Personalmente, y no me considero más solidaria ni mejor persona por ello, no me rijo por la desconfianza cuando me decido a dar ayuda para causas humanitarias. Me guío más por mi conciencia que por las suspicacias que puedan suscitarse por malas manos receptoras de la ayuda. Cierto que me gustaría, más por la satisfacción que por la curiosidad en sí misma, tener la certeza de que mi contribución sirve a buenos fines, sin embargo, me quedo con la sensación de haber hecho cuanto ha estado en mi mano.
Me contaba no hace mucho una persona que, en cierta ocasión, en la puerta de un supermercado, una mujer bastante demacrada le pidió una ayuda.
- Me puede dar algo, le dijo.
- ¿ Qué necesitas?, le preguntó al tiempo que observaba su aspecto.
La mujer contestó:
- Lo que pueda darme.
Esta persona, ni corta ni perezosa, la cogió del brazo y entró con ella en el supermercado. Cogió una cesta y empezó a meter en ella diferentes alimentos; leche, huevos, cacao, galletas, legumbres, aceite...
Al llegar a la caja, pagó todo, lo metió todo en varias bolsas y se las puso en las manos a la mujer.
- Toma, esto es lo que puedo darte.
Y la mujer, con la mirada triste pero al tiempo agradecida, le dijo:
- Muchas gracias...Dios se lo pague.
Y salieron del supermercado para luego seguir cada uno su camino
Pero como siempre hay alguien que observa, después de dejar a la mujer marchar con sus bolsas llenas de comida, otra mujer se acercó y dijo:
- Esas no quieren comida. Te lo digo yo. Quieren dinero. Verás como tira las bolsas en algún contenedor de basura...
La respuesta de esta persona fue contundente.
- En cualquier caso, ese ya no será mi problema. Yo he hecho lo que, en conciencia, he creído que tenía que hacer.
Efectivamente. Esa es la acción, y, por supuesto, la reacción cuando se apela a nuestra ayuda. Actuar en conciencia, simplemente. Cómo y de qué manera empleen nuestra ayuda, habrá de quedar en la conciencia de quien la recibe. Cabe esperar que sea utilizada con la misma calidez que ha sido entregada pero, de cualquier forma es algo que escapa a nuestro control y voluntad y en ningún caso debe contribuir a menoscabo de nuestro generoso acto.
En realidad, la solidaridad, la generosidad, la caridad, en definitiva, todo aquello que le nace al ser humano ante la necesidad de otro, es una cuestión de equilibrio e incluso de agradecimiento.
Quién más y quién menos, en algún momento puntual de nuestra vida, hemos podido o podemos necesitar la ayuda de otros. No siempre se precisa ayuda económica. Hay muchas clases de ayudas, tantas como clases de necesidades, sin embargo, cuando se recibe ayuda, sea de la índole que sea, en cierto manera se hace a modo de depósito: Hoy la recibes tú, pero mañana posiblemente la necesite otro, y será tiempo de que tú, a su vez, la entregues para que se beneficie ese otro.
Esto lo comprendió bien un hombre mayor de unos 80 años de quién cuentan que, al tiempo que trabajaba en su jardín plantando un melocotonero, un vecino le dijo:
- Supongo que, a tu edad, no esperarás ya disfrutar mucho del melocotonero, ¿ no?.
El hombre le respondió mientras se apoyaba en su pala:
- No, con mi edad sé que no, pero he gozado comiendo melocotones toda mi vida y nunca de un árbol plantado por mí. No hubiese podido comer melocotones si otros no hubiesen hecho lo que yo estoy haciendo ahora. Estoy tratando, simplemente, de continuar la labor que otros hicieron antes para mí.
En este mundo, no caminamos solos y muchos son los actos que mueven y hacen girar también al mundo. La caridad, la solidaridad, la entrega personal en beneficio de otros, el sentido de la justicia, la generosidad, el altruismo...son actos que equilibran. Por tanto, haz lo que debas con tu conciencia y con tu agradecimiento, el resto, déjalo en manos de Dios. Él sabrá a quién debe pedir plantar melocotoneros y a quién debe dejar que coma los melocotones.
Pilar Martinez Fernández.
domingo, 7 de febrero de 2010
La escuela de la vida

Como sé que en este periódico de vuestra parroquia de Almodóvar, escribís también los niños, supongo que también lo leeréis con atención, así pues hoy me voy a dirigir a vosotros además de vuestros mayores. Y lo voy a hacer en principio poniéndome a vuestro nivel, queridos niños; desde quién desea tener siempre el corazón de una niña capaz de sorprenderse ante las lecciones elementales que la vida nos ofrece.
Yo cada día voy a la escuela de la vida. Sí, así como suena: a la escuela de la vida, un imaginario colegio siempre abierto dónde aprender es el único requisito exigido. No importa la edad, ni tampoco si se sabe mucho o poco, tampoco hace falta demostrar cuánto se sabe, solamente tener ganas de aprender.
Algunos mayores creen que llega un momento que no hay nada nuevo que aprender. Creen haber aprendido cuánto necesitan y dejan de mostrar interés por todo al tiempo que se creen que lo saben todo. Es la actitud de la falsa sabiduría. Sí. Así, como suena: falsa y engañosa pues os diré que, nunca nunca se deja de aprender aunque se sepan muchas cosas.
A los niños, por el contrario, os suele ocurrir otra cosa. No os gusta de por sí la escuela y aprender algunas cosas os parece un rollo. Algunos incluso os haceis algo vaguetes y estudiáis muy poco.
Pues bien, para unos y para otros, e incluso para mí misma, os voy a contar una pequeña lección que he aprendido estos días de “ la escuela de la vida”.
Me llegó por internet, ese gran invento capaz de traernos noticias y acontecimientos de cualquier rincón del planeta hasta nuestra pantalla del ordenador. Vereis. Resulta que en una comarca de Colombia, un lugar dónde al parecer no preocupa demasiado que los niños corran ciertos riesgos peligrosos para su propia vida, ocho niños de edades entre los 4 y los 8 años, cada día tienen que deslizarse por un cable de acero colgados por la cintura de unas simples cuerdas y una polea.
Claro, os preguntaréis para qué hacen eso. Nosotros en España, pagamos por montarnos en montañas rusas, en atracciones de sensaciones espeluznantes con las pertinentes medidas de seguridad, sin embargo, estos niños colombianos tienen que recorrer 800 metros de cable en bajada a 200 metros de altura durante 30 o 40 segundos que les dura el recorrido, colgados únicamente por unas maromas atadas a sus cinturas para poder ir a la escuela que se encuentra al otro lado de ese precipicio. Y no sólo esto. A la vuelta, cuándo regresan para sus casas, deben caminar hasta otra montaña dónde hay otro cable, es decir utilizan un cable de ida y otro de vuelta.
Seguramente penséis que pasan miedo o que incluso no quieran ir al colegio, pero no. Lejos de ser para ellos un motivo para no asistir cada día al colegio, un día tras otro llegan contentos y risueños hasta el extremo de ese cable de acero después de atravesar solos una carretera porque quieren aprender.
Cuándo tuve noticias de este hecho, me pregunté que clase de políticos tienen en ese país que no protegen mejor a sus niños ni les ofrecen una educación mucho más cercana y de calidad, pero también me pregunté por qué esos ocho niños eran capaces de valorar tanto su aprendizaje hasta el punto de no experimentar ni un ápice de miedo deslizándose cada día por el cable para ir a la escuela.
Pues bien, niños, mayores y yo misma. He aquí la lección a aprender.
Yo recuerdo el momento en el que le tocó a mi hijo Daniel ir por primera vez al colegio. Por aquellos días, se estaba poniendo en práctica un nuevo sistema pedagógico de adaptación al colegio para que los niños gradualmente se acostumbraran al horario escolar. Durante un mes había que llevar a los niños tan sólo dos horas. Pasado ese mes ya se les llevaba toda la jornada escolar.
Ya por aquel entonces pensé que era una solemne tontería pero hoy lo pienso con más conocimiento de causa. Con tan absurdos sistemas pedagógicos anti choque escolar, fomentamos inconscientemente el torpe concepto de “ trauma” por ir a un lugar a aprender durante cinco o seis horas al día.
No, queridos niños, no. No os debe suponer ningún trauma acudir al colegio a aprender. Es todo un privilegio que gocéis de esa oportunidad, de que hayáis nacido en una orilla próspera en la que no preciséis ningún cable ni polea para llegar a vuestro colegio y recibir toda esa cultura que precisareis para ser hombres y mujeres en el futuro. Es un privilegio que tengáis una clase y un curso para cada edad, un profesor por cada aula, una pizarra, un ordenador en la clase, libros de texto, lápices, cuadernos, uniforme...y lo mejor de todo, un colegio cerca de vuestra casa. No vale decir que no queréis ir a la escuela porque tenéis que estudiar. Eso es una absoluta ingratitud ante tantos privilegios, pero lo peor de todo es que desaprovechando lo que os ofrece vuestro colegio, también os estáis desaprovechando a vosotros mismos.
En cuánto a nosotros, los adultos, ¿ Qué decir?. Muchos son los que creen saber más de lo que realmente saben negándose a aprender de cuánto les rodea, incluso de los niños y de los más jóvenes. Precisamente, la mayor necedad, radica en creerse más sabio de lo que realmente se es. En la escuela de la vida, siempre y hasta el final de nuestros días, somos alumnos, lo que ocurre en que a veces la escuela, como algo figurado en nuestro acontecer mientras nos hacemos más y más mayores, suele plantearnos retos y enseñanzas que no encajamos con facilidad, siendo más fácil negar y dar la espalda a lo que no entendemos que abrir nuestra mente y corazón para comprender. Negarse a aprender es negarse uno mismo a crecer y por tanto empezar a marchitarse y empobrecerse.
Asi pues, niños , adultos con espíritu de niño, sabios a medio camino de la inalcanzable sabiduría, pensad un poco en esos “ niños del cable”, valerosos alumnos de la escuela de la vida que ya saben lo importante que es aprender si se quiere caminar hacía el futuro. Es grande el riesgo que corren cada día por aprender y cabe desearles que el colegio les queda a la altura de su férrea voluntad, pero teniendo motivos para ser un trauma acudir a la escuela cada día, ellos, sin embargo, acuden contentos. Creo que llegados a este punto, si unos niños en condiciones precarias lo han aprendido, conviene que todos nos quejemos menos y que estemos dispuestos a aprender cada día un poco más de la magnifica” escuela de la vida” , ¿ no os parece?.
Pilar Martinez Fernandez.
domingo, 3 de enero de 2010
¨Ya ¡¡¡¡ 2010¡¡¡¡

El tiempo es algo que no deja de ser una perplejidad en si misma. A ratos deseamos que pase rápido con el punto de mira puesto en aquello que está por llegar, mientras que en otros momentos queremos infructuosamente detenerlo para que nos deje vivir más rato la plenitud de un momento. Pero ni una cosa ni otra es posible, el tiempo es apenas un puño de arena incapaz de quedar retenido en nuestra mano. Los granos minúsculos que uno a uno consumen el tiempo, se van colando y cayendo sin remedio dejando atrás lo vivído y dejando orden y hueco a lo que se está por vivir.
Yo recuerdo que, siendo niña, pensaba en la edad que tendría cuándo llegara el año 2000. Echaba cuentas y siempre decía:- Tendré 31 años. Pero, claro, luego también empezaba a preguntarme en cómo estaría, si estaría casada, si tendría hijos, en fin...todas esas elucubraciones que se hacen cuándo piensas en el futuro con ese románticismo propio de las niñas de mi generación, educadas con los roles femeninos que luego tan frontalmente chocan con esas otras inquietudes que afloran en la edad adulta.
Hoy tengo 40 años, no es el año 2000, sino el 2010, y sigo pensando en el futuro, ¡ lo que son las cosas¡. Es cierto que miro atrás y veo un buen trecho de camino recorrido, sin embargo, siento que aún me queda mucho por vivir. Creo que a eso se le llama mirar al futuro con esperanza. Tal vez no sea de color de rosa pero vivir cada día y que un día se suceda a otro consumiendo poco a poco nuestro tiempo, no se, entiendo que es todo un privilegio que hay que saber disfrutar.
Asi pues, y aunque el 2010 nos suene demasiado redondo, rotundo, avanzado y cuantas cualidades queramos ponerle para redundar en su impronta en nuestras vidas efímeras, lo importante es que lo tenemos aqui para vivirlo con sus noches y sus días mientras sus segundos, semejantes a los granos de arena, se van sucediendo para quedar atrás. Como bien dijo alguien sabio que no recuerdo: no importa el destino, lo que importa es el viaje. Vivir es nuestro viaje, el destino en cualquir caso siempre es finalmente la muerte, asi pues para qué pensar en el destino, entonces.
Feliz año 2010 para todos, para los que estais vivos, para los que os sentís vivos y sobre todo para quienes sois unos apasionados de la vida, contradictoria, zozobrante y enigmática, pero el mejor regalo sin ninguna duda para nosotros, pobre mortales.
Pilar Martinez Fernandez
martes, 29 de diciembre de 2009
Fabricando la Navidad

Es tiempo de brillos, luces, villancicos, de sacar de las cajas esos adornos navideños con los que se engalanan los hogares, los comercios, los lugares de trabajo...
Tiempo de escribir a los amigos y parientes e mails y tarjetas navideñas llenas de frases bonitas, otras ocurrentes, algunas chistosas con nuestros mejores deseos y ganas de trasmitir alegría...
Tiempo, en definitiva, de poner a tope la maquinaria que fabrica cada año la navidad, esos días en los que se celebra casi todo como si fuera un tiempo especial y diferente al resto del año.
Lo es, desde luego, pero no en la forma ni con la distorsión que asoma en nuestras vidas, no al menos en la vida de quienes debiéramos sentirla más desde la profundidad de nuestra fe cristiana.
El otro día, en mi buzón me metieron un folleto de publicidad de una compañía de telefonía. En el folleto, muy invernal y navideño, dicho sea de paso, venía el siguiente eslogan: “ Bienvenido a la fábrica de la ilusión”.
Claro, al leer este tipo de frases, inevitablemente sientes que se está apelando a ese niño o niña que todos llevamos consigo a pesar de los años cumplidos..
Así, de pronto, al darme la bienvenida a esa peculiar fábrica, quise dar un poco de rienda a la curiosidad, así pues pasé la hoja y seguí leyendo.
La cosa fue cuando menos curiosa. Con igual sintonía para captar la atención, en el interior se comenzaba con un “ Erase una vez una fábrica...” para luego continuar: “ Asi empieza la mejor historia de estas Navidades. Una historia cargada de regalos y por supuesto con un final feliz: un movil nuevo para usted.”
Comprenderán que, después de leer ese pequeño texto publicitario, el pequeño atisbo de ilusión curioso que comenzó en la página anterior, quedara en un simplón:- ¡Pues vaya¡. Claro que al fin y al cabo ¿ Qué esperaba?. En unos tiempos dónde la publicidad juega al más ingenioso todavía, no es extraño que utilice mensajes sensacionalistas aunque luego roce el absurdo.
Pero lo cierto es que ese absurdo, nos guste o no, guarda cierta similitud con el modo en que se vive la navidad dentro de nuestra sociedad.
De pronto, llega Diciembre y nos ponemos en funcionamiento cuán fábricas de la Navidad. Pareciera que quisiéramos a toda costa buscar la felicidad sin importarnos demasiado el verdadero mensaje que tenemos que trasmitir. Creemos que tenemos que regalar por encima de todo, que tenemos que engalanar nuestra mesa y poner menús suculentos o incluso que tenemos que adornar nuestros hogares con motivos navideños porque de otro modo pareciera que no es Navidad y no hay modo de ser felices esos días.
Pero, todo esto es complementario, quizá demasiado complementario si consideramos que en muchas personas es lo único que prevalece, sin embargo detrás hay toda una materia prima que no debemos obviar.
La Navidad, en realidad, bien podría decirse que es el producto final de esa fábrica que trabaja todo el año en nuestro corazón. En el cristiano es el agradecimiento, la reafirmación y renovación de su fé ante la celebración del nacimiento de Jesús, ese niño-hombre-Dios que da sentido a cuánto cree,
y por tanto le corresponde celebrarlo con su propia entrega personal hacía cuántos le rodean; su familia, sus amigos, sus compañeros de trabajo, vecinos...Cómo lo haga es, simplemente, una opción en sintonía con su sentido de la generosidad, de la alegría y del propio amor que sienta por los demás, y creo que nadie, ninguna fábrica, empresa, ente o mente, puede dirigir esa celebración que ha estado fraguándose día a día y a lo largo del año en el corazón del cristiano.
Es difícil no sucumbir a tanto brillo navideño. Soy la primera en reconocerlo porque la sociedad tiene un movimiento que nos mece casi por propia inercia, pero para un cristiano Navidad debe ser algo más.
Alguien que conozco, suele decir que para él Navidad es todos los días del año. Qué gran cosa es sentir eso. Es sin duda el mejor engranaje para mover
la maquinaria de nuestra vida. Pero quizá, para los que aún somos algo torpes a la hora de mover todos nuestros resortes interiores, baste con no dejar que nos “ fabriquen la navidad” con tan floja materia prima, sino con la nuestra, la que no necesita anuncios, eslogans ni ilusiones vanas, sino fe y corazón.
Que así sea. ¡¡¡¡ FELIZ NAVIDAD¡¡¡¡.
Pilar Martinez Fernandez.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Amor a los animales
Este es mi gatito " copito". No es de una raza concreta, sin embargo, es único. Sólo él es capaz de mirarme sin juzgar, sin pensar nada malo de mí, pero sobre todo, quiere estar conmigo simplemente " estando".
Los animales sólo quieren estar con nosotros, sin prejuicios y enajenados de cuánto nos suele condicionar a los humanos a la hora de estar con nuestros semejantes.
A cambio, les solemos dar cuidados y en muchos casos, amor. De ahí nacen muchas historias personales que demuestran a diario la entrega reciproca que existe entre hombre y animal. Y, a menudo, también los más bellos sentimientos aunque de los animales se diga que les mueve su instinto, no su corazón.
Articulo publicado en Iglesia de Almodovar Nº 227
Amor a los animales
El amor está en todas partes. No tiene una forma definida pero lo envuelve todo. No se vende en ningún frasco como un elixir, sin embargo, algunas veces se puede comprar. Sé que es una afirmación arriesgada, aunque, más que arriesgada yo diría que incluso frívola, pero no. No lo es en el contexto que hoy en estas líneas me propongo contar.
Por mi ocupación profesional actual, tengo la bonita labor de atender a personas que, o bien se preocupan por el cuidado de sus mascotas o desean adquirir una. Ambos aspectos me demuestran a diario que los animales son algo más que esa connotación un tanto “ salvaje” que se suele tener de ellos por su instinto y por su supuesta irracionalidad, encontrándome al tiempo con casos verdaderamente singulares que invitan a detenerse en un análisis algo más profundo sobre la cuestión.
Empezaré por uno de los hechos que más me impresionó desde el primer momento: una mujer de unos cuarenta años entra en la tienda y con voz temblorosa pregunta: - ¿ Vendéis cobayas?.
Al contestarla que no, la mujer mostró su decepción entristeciéndosele el rostro de una manera un tanto desconcertante para mí pues no abarcaba a comprender en ese momento tanta desilusión.
Pudo quedar la cosa así sin más, sin embargo, esa mujer venía con algo más tras de sí, algo me instintivamente me movió a profundizar en esa desilusión. Le pregunté por qué quería una cobaya y no un canario, por ejemplo, animalillos que sí tenía y que cantaban que era un primor.
La contestación fue inmediata: - porque necesito un animal al que poder abrazar y querer. Cogerlo entre mis brazos y darle amor.
Naturalmente, enseguida pensé en un perro o un gato como el animal más idóneo para ese tipo de entrega personal y acogedora, algo que estaba dispuesta a proporcionarle a través de conocidos que tenían cachorros sin coste alguno, pero había unos impedimentos muy concretos para que esa opción no fuera viable. – Mi casero no me deja tener animales de ese tipo, y he pensado en un conejo o una cobaya porque no hacen ruido y puedo tenerlo en una jaula.
Una vez más la tristeza volvió a dibujarse en su cara como si una sombra volviera a ponerse encima de su cabeza. Enseguida intuí que a esa mujer le ocurría algo más que el mero hecho de buscar una mascota idónea para ella en mi tienda, y como suele ocurrir en esas ocasiones en las que todo es propicio para que conozcas otras realidades, el caudal personal de esa mujer empezó a fluir como un río en ese momento.
La mujer de unos cuarenta años que tenía frente a mí, resultó ser una de las miles de mujeres maltratadas por sus parejas en este país. Una mujer que había sufrido el peor maltrato que un ser humano puede sentir; el psicológico por un lado, y el más lacerante para la carne, la vejación y los golpes.
Había decidido denunciar a su pareja después de dos años de continua tortura física y emocional y vivía con el miedo en el cuerpo porque el maltratador la tenía amenazada a pesar de tener una orden de alejamiento.
Lo chocante quizá de esta historia para quienes no alcanzan a comprender qué puede aportar una animalillo como una cobaya a una mujer que ha sufrido maltrato, es que un sufrimiento tan grande no es fácil de eliminar y que necesita mucho tiempo para devolver, si es que alguna vez lo devuelve, el equilibrio emocional de una persona maltratada, pero he aquí lo hermoso que encierran las cosas pequeñas, o en este caso los pequeños animalillos, pues esta mujer, como enseguida comprendí sin mucho esfuerzo, necesitaba sentirse querida de alguna manera con la mirada de un pequeño ser que viera en ella su bondad. Necesitaba sentir el tacto suave y el calor de un pequeño ser que quisiera estar entre sus manos y pegada a su pecho en sus ratos de soledad, en definitiva, demostrar y sentir un poco de amor, el de un animal sí, pero despojado de toda esa posesión y obsesión que había padecido de un ser humano, de quién había dado en llamarse su compañero y quién del mismo modo le había dicho que la quería.
Es triste tener que conformarse con tan poco cuándo el corazón tiene tanta capacidad de amar, pero con esta historia pretendo demostrarles, queridos lectores, que el amor siempre busca un recoveco el cuál acomodarse por muy pequeño y mínimo que éste sea. Hay quién por razones de peso, no lo encuentra en sus semejantes y sin embargo, busca mitigarlo en su animal de compañía. Un absurdo para algunos quizá pero un bálsamo para quién ha sufrido muy profundamente el desamor y encuentra en los ojos de una cobaya, un gato o un perro, la adoración, la compañía y la fidelidad.
Cuándo vuelva a la tienda esta mujer, sabré si por fin compró una cobaya en el lugar que la recomendé, y les prometo contarles el final de esta historia, que no es otra que la de muchas y muchas mujeres que luchan por recuperar lo que les han robado miserablemente; su autoestima y su fe en el amor.
Pero permítanme contarles otra pequeña anécdota, algo más alegre, eso sí, pero sobre todo entrañable.
Un hombre entra en la tienda buscando poder comprar un periquito hembra para su padre de noventa y dos años.
- Quiero una hembra, precisamente, porque a mi padre se le ha muerto hace unos días la que tenía y está triste porque ve la jaula vacía.
A quienes se nos han ido esos pequeños “ amigos” de nuestras vidas de manera súbita, nos es fácil comprender el vacío que en un principio nos dejan. A menudo se superan enseguida pero a veces también se da el caso de que con ese animal, también se vaya una pequeña rutina que ofrecía un motivo con el qué ocupar un sosegado tiempo. Eso era, precisamente, lo que le ocurría a este anciano de noventa y dos años. Con su “ periquita”, se había ido parte de sus desvelos y su entretenimiento. Así pues, ayudarle a recuperar su ilusión, no sólo fue tarea fácil sino muy grata.
A los pocos días, el hijo volvió a la tienda y trajo a su padre con él para llevarse una periquita. Traía su jaulita bien limpia para meterla allí con una ilusión tremenda. Lo llevé hasta el apartado de la tienda dónde están las jaulas con los diferentes pájaros y allí, sus ojillos, se abrieron como platos.
- Uy, dijo todo ilusionado. Esa amarillita jaspeada que esta ahí....¡ esa, esa quiero¡. ¡ Qué bonita es¡.
Ciertamente se llevo la más brillante de pluma, y si me apuran la más idónea porque se dejó coger sin mucho esfuerzo como si, de alguna manera, supiera que estaba destinada a ese anciano que la había escogido.
La cara del anciano rebosaba dicha en ese instante. Como si le dieran un juguete nuevo a un niño. Le regalé el bebedero de agua y le llené los comederos de alpiste.
- Muchas gracias, me dijo casi engolando la voz al tiempo que sus ojillos se enternecían contemplando a su “ periquita”.
- Ya me puede decir usted el nombre que le pone eh?..Y cuídemela bien...le dije sonriéndole.
- Si, si...dijo como un niño obediente.
Pueden imaginar la sensación placentera que se puede sentir cuándo ves que haces feliz a alguien con algo tan sencillo.
Cuándo se marchaba de la tienda con la jaula de la mano y con su “ Periquita”, sentí que había vendido amor por muy poca cantidad, sin embargo en cuestión de instantes se había multiplicado por el infinito. La vida de ese anciano volvía a tener ese combustible que hasta el final de nuestros días todos necesitamos: el amor.
Pero esta anécdota, a mí personalmente, me enseñó algo más, o al menos me mostró la cara esperanzadora de la vejez.
A pesar del peso de los años y de la longevidad a la que con suerte podemos llegar si Dios nos otorga ese don, se puede mantener muy viva la chispa de la ilusión y las ganas de vivir cada día como un regalo renovado cada amanecer que despertamos. Es, en cierto modo, dejar que nuestro “ niño” interior nos hable y aflore. Algo que este hombre de noventa y dos años dejaba aflorar sin menoscabo de su sabiduría y experiencia en la vida pues, su lucidez mental, se debía a su dedicación a la lectura, entre otras cosas, durante toda su vida.
Para terminar, sólo me queda añadir que, es fácil encontrar amor a pocos pasos, lo que ocurre es que no siempre se presenta de la misma forma. El amor por los animales es, simplemente, una forma más a tener en cuenta, tal vez con sus limitaciones, o simplemente baste para quienes han sentido los zarpazos de la vida a través de sus semejantes, pero de cualquier forma amor que ennoblece, que deja aflorar bondad, desvelos, cariño, calor...aquello que desde el fondo de nuestra alma, siempre queremos para sí.
Así pues, si tienen animales, quiéranles mucho, pues como bien se dice, también son criaturas de Dios y, Él, no hay duda de que también los quiere.
Pilar Martinez Fernandez
