martes, 2 de noviembre de 2010

Por una sonrisa

( Publicado en Revista Iglesia en Almodovar Nº 238 )

Becquer, en una de sus rimas decía: “ Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo, por un beso...¡ Yo no sé que te diera, por un beso¡.

He querido recordar esta rima a propósito. Sé que a Bécquer le inspiró esta rima ese profundo amor que le manaba del corazón y que por otra parte tanto anhelaba dar a alguien, de tal manera que todo lo elevaba a una infinitud tan inabarcable como inagotable. A mí, sin embargo, esta rima me inspira algo más. Me sugestiona poéticamente sobre algo que está en cada uno de nosotros; la sutil belleza de una sonrisa.

Me ocurría unas horas antes de escribir estas líneas, una situación de esas que suelen ocurrir más de una vez pero que por alguna razón, hay momentos en los que te resulta simpática o digna de mención. En un banco de la iglesia de mi barrio durante una misa, junto a sus padres, estaba sentada una niña de unos tres años. Balanceaba sus piernecitas que no le llegaban al suelo, jugueteando con esa inercia que se produce cuando hay un espacio amplio para dar rienda al movimiento. La niña tenía un aspecto infantil de esos que te llaman la atención. Dos coletas respingonas de pelo negro azabache y unos ojos igualmente negros y grandes, se diría que inocentes pero al tiempo muy curiosos e inquietos. De pronto, como si hubiera intuido que la estaba observando, dejó de balancear sus piernas, giró su cuerpecillo y me miró fijamente. Al instante siguiente, me dedicó una sonrisa amplia, de esas que surgen espontáneamente. Yo le sonreí tambien, y ella, tímida, volvió a su juego de balanceo de piernas para luego volver a mirarme. Había captado mi atención y supongo que en su mente infantil, había también comenzado el peculiar juego de ahora te miro, ahora no te miro, y cada vez que la pillaba mirándome, ella volvía a sonreír al tiempo que se mordía el pulgar pícaramente y torcía su mirada para volver a tentarme. El juego duró unos cinco minutos, un tiempo en el que yo también fui una niña que miraba a otra niña y sonreía sin saber muy bien porqué sonreía. Sin embargo, he aquí lo hermoso de esta situación. Unas miradas y una sonrisas que sin tener ningún motivo ni pretexto, durante cinco minutos me permitieron ver el rostro amable de la vida, del ser humano y el bello poder que tiene la sonrisa. Para esa niña fue un juego inocente, para mí toda una metáfora. Cuando algo amable te ocurre, el modo en el que te mueves y donde te mueves, parece que, de repente, tuviera otros matices. Todo parece más alegre, con más brillos, con más color...y que duda cabe que tú, también, terminas integrándote en ese entorno con otro espíritu.

Por eso, entender a Bécquer cuando habla de una mirada y de una sonrisa, es tremendamente fácil. Su poesía se convierte en tu poesía. Una mirada, efectivamente, puede ser todo un mundo, toda una apertura a la vida que se tiene delante. Una sonrisa, un cielo despejado, con un radiante sol dando luz y calor que te hace ver todo con otra claridad.

¿ Por qué entonces no sonreímos más a menudo?, ¿ Por qué no miramos más allá de nosotros mismos?, ¿ Por qué solemos caer más en el enfado, en la acritud, en la irritabilidad que en la sonrisa cuando, en realidad, es nuestro modo de mirar el que muchas veces nos hace ver sólo lo feo o incluso verlo todo más feo de lo que realmente es?.

Los niños son capaces de sonreír con espontaneidad porque su inocencia criba la maldad, la desconfianza. También su mirada es diferente porque en su imperativo de crecer, hay una necesidad de aprender de su entorno. Ciertamente, no podemos ser eternamente niños aunque una parte de ese “ niño” interior, sí que debiera conservarse, pero sí que podemos depurar nuestra mirada, nuestro modo de ver la vida, y, por qué no, sonreír; sonreír más a menudo a quienes nos miran, a quienes nos hablan, a esa realidad que aunque no nos guste algunas veces, siempre puede mejorar si nuestra actitud ante ella es más de confianza que de vivir continuamente en la queja.

Admiro a esas personas capaces de sonreír ante la adversidad. Admiro a quienes miran con amplitud a pesar de sus miopías, a quienes giran la cabeza para mirar a su alrededor y lo hacen dispuestos a sorprenderse gratamente y sonreír.

Vivimos unos tiempos dónde el frenesí de nuestros quehaceres nos hace vivir tan deprisa que apenas nos damos tiempo para detenernos en lo que tenemos al lado y admirarlo.

Vivimos tan rutinariamente que terminamos perdiendo la costumbre de tomar iniciativas para seguir descubriéndonos, y lo que es aún más lamentable, actuamos tan mecánicamente muchas veces que, sonreír, llega a suponernos un esfuerzo añadido.

Realmente cuesta muy poco sonreír, unos cuantos músculos de nuestro rostro y una voluntad generosa.

Justamente, antes de acabar este escrito, una amiga me mandaba un e mail con unas fotos de niños muy divertidas donde era inevitable reirse. Lo curioso de esto, ha sido el modo de terminar ese mail:

“ si no envías esto a unos cuantos amigos, habrá menos gente riendo en este mundo”.

¿ Casualidad?, no lo creo. Más bien providencial, como suelen ser casi siempre todas aquellas cosas que, a modo de flash llegan hasta nosotros, nos sorprenden y vienen con pretensiones de enseñarnos algo.

Haré caso al mensaje y lo reenviaré a todos esos amigos a los que aprecio. Si como decía Bécquer, por una sonrisa, un cielo, cuanta más gente sonría, mejor y más cerca estará el cielo de este mundo en el que vívimos.

Pilar Martinez Fernandez.

domingo, 10 de octubre de 2010

El hombre de las pequeñas manos

Historia publicada en la revista iglesia en Almodovar nº 237

Acostumbro a contar historias a partir de esas pequeñas cosas que ocurren a mi alrededor, ya lo sabeis. Es un defecto de escritora, supongo, pero lo cierto es que gracias a ese defecto me doy la oportunidad de ver cosas que sin llegar a ser extraordinarias, me dan una visión más panorámica de la vida; de tal manera que en la singularidad encuentro casi siempre mucho de lo que aprender. Asi pues, permitidme una vez más compartir otra historia con vosotros.
Acontencían esos días de fiestas patronales en Valladolid, ocasión que suele ser muy propicia para aquellos que acostumbran a hacer de la calle un improvisado escaparate en cualquier rincón y mostrar sus habilidades.
Fue, precisamente, en uno de esos rincones del centro de mi ciudad, donde apareció el protragonista de esta historia; un hombre bajito, de brazos súbitamente cortos y manos pequeñas, como si éstas hubieran querido romper abruptamente de esas extremidades a pesar de su malformación.
La primera vez que lo vi, sólo me detuve un instante a ver los objetos que depositaba en el suelo. Una maqueta de un avión, de una motocicleta y alguna otra cosa más que en ese momento iba sacando a cuenta gotas de un bolso.
Me llamó más la atención el hombre por su malformación que por los objetos que colocaba en el suelo. Me invadió ese sentimiento, tan equivocado, por cierto, que se suele tener cuando vemos a alguien con una discapacidad, el de la lástima, un sentimiento que tan sólo repara en lo que ve en superficie, es decir, un ser humano mermado y por tanto diferente.
Pero, una vez más, aquello venía con pretensiones de hacerme ver otra realidad, mejor dicho, lo que realmente había detrás de esas pequeñas manos.
Horas más tarde, volví a pasar por el mismo lugar donde estaba ese hombre. Era ya de noche pero la semioscuridad de la calle fue, precisamente, la aliada perfecta. En el suelo, el hombrecillo de brazos cortos y manos pequeñas, había depositado todos los objetos que al parecer llevaba en el bolso. Allí estaban más réplicas de aviones, de motocicletas, ceniceros, y lo que más me gustó a mí, unos pequeños luceros que centelleaban tenuemente gracias a la vela que tenían en su interior. Proyectaban una luz tímida, pero al tiempo dibujaban en el rostro de ese hombre unas líneas duras que lo hacía mostrarse serio, quizá demasiado serio.
Esta vez me quedé al pie de aquellos objetos un buen rato. No eran de materiales nobles ni piezas talladas en madera, ni orfebrería; se trataba de meros objetos obtenidos a partir de latas de cerveza y de refrescos.
Lo increíble, a parte de la enorme creatividad de ese hombre, era el modo en que movía sus pequeñas manos para manejar aquellos objetos. Daba la sensación de que, en cualquier momento, se le iban a escapar de sus dedos e iban a terminar estampados contra el suelo, pero su habilidad era tal que no sólo conseguía manejarse perfectamente, sino que además era capaz de crear con esas pequeñas manecillas a partir de una simple lata de coca cola o de cerveza, bonitas figuras.
Alrededor del hombre empezamos a quedarnos varias personas. Todos, secretamente, estoy segura, nos preguntábamos cómo era capaz ese hombre de brazos tan cortos y manos tan singulares de crear aquellas pequeñas artesanías a partir de una simple lata. La imaginación no parecía tener límites establecidos para un hombre aparentemente limitado por ese defecto en sus extremidades.
Algunas personas cogieron algunos objetos para observarlos más detenidamente y, mientras los observaban , él no hacía nada. Seguía serio, sin decir absolutamente nada. Nadie terminaba de saber si aquellos objetos que se alineaban en el suelo, estaban realmente a la venta, y si lo estaban, tampoco nadie sabía cuánto podían valer. No había ningún precio marcado.
Me decidí a coger uno de los luceros que tenía encendidos, y mientras lo observaba centellear en mi mano, le pregunté:
- ¿ Cuánto cuesta?.
El hombrecillo, levantó la mirada y sin dar demasiada importancia a la cuestión me contestó:
- La voluntad.
Inmediatamente a la respuesta, aquellos que habían cogido las réplicas de una motocicleta o de un avión, enseguida vieron la ocasión de sacar partido al momento porque aquellas piezas eran toda una demostración de creatividad que no dejaban indiferente cuando se las veía con detenimiento. Pensaron que por " la voluntad", un concepto tan relativo por otro lado, podían llevarse a casa un objeto llamativo y original aunque fuese con latas de coca cola, Aquarius o cerveza.
Viendo el hombrecillo el percal y adivinando el pensamiento de algunos de los que estaban allí contemplando sus pequeñas obras, se apresuró a decir:
- Esas figuras de ahí cuestan 20 euros, lo demás es la voluntad.
En ese momento yo pensé con el lucero en mis manos:
- ¿ Y cuánto puede ser la voluntad para llevarme este objeto tan sencillo pero tan original al mismo tiempo?
Si estimaba el material del que estaba hecho, la verdad es que no valía gran cosa, pero si por el contrario valoraba la labor de esos brazos cortos y de las manecillas pequeñas de aquel hombre para trabajar esas latas y crear algo tan sencillo y bonito al mismo tiempo, la cosa ya tomaba otra consideración.
- Realmente, haces cosas muy bonitas con las latas, son de una imaginación extraordinaria, le dije sin dejar de contemplar el lucero.
Lo demás me gustaba, pero ese objeto, de pura sencillez, me encandilaba porque en él se perfilaba la delicadeza de quien lo había trabajado.
El hombre, con esa seriedad que no había dejado de tener en todo momento, sin dar demasiada impoertan al asunto sentenció:
- Es fácil de hacer. No tiene nada...
Y se encogió de hombros al tiempo que se detenía más minuciosamente a colocar los objetos que la gente, una vez conocía el precio, volvía a dejar en el suelo.
- Bueno, eso de que no tiene nada, no es verdad. Todos sabemos qué hacer con una lata; tirarla a la basura, tú en cambio la reciclas y sacas cosas preciosas de ella con tus manos y tu imaginación..., le dije con ánimo de alentar su talento.
Y sin pensarlo más, saqué 5 euros de la cartera y le compré el lucero. Quizá mi voluntad no fue demasiada, o quizá si lo fuera, no lo sé bien, pero lo cierto es que en el rostro del hombrecillo, por primera vez vi un atisbo de satisfación dentro de esa seriedad que le caracterizaba.
Al tiempo de ponerme el lucero en mis manos, el hombre se tomó su tiempo en explicarme cómo debía utilizar el objeto. Con sus ágiles dedos, comenzó a desmontar el lucero para volverlo a montar y mostrarme así los pequeños secretos del objeto, tal vez sencillo, como ya he dicho, pero a todas luces, y nunca mejor dicho, original.
Cuando terminó su explicación, me entregó el lucero y casi en un susurro, alcancé a escucharle:
- ¡ Muchas gracias...¡
Ese gesto, humilde al tiempo que agradecido, fue lo que definitivamente me dio pie a contar esta historia porque comprendí en ese momento que no había comprado un objeto, sino que había dado valor al buen hacer de ese hombre disminuído fisicamente, no con demasiado dinero seguramente, pero sí con la voluntad de contribuir al modo en que había decidido ganarse un poco la vida.
Me quedé junto a las amigas que me acompañaban un rato más observando al hombre de manos pequeñas. Aquellos que le preguntaban con cierto interés, él se tomaba su tiempo en explicarles cómo hacía aquellos objetos. Después se sentaba de nuevo en un pequeño taburete y, cabizbajo, observaba sus pequeñas creaciones.
Y pensé a partir de esto en esos inescrutables caminos de Dios y la capacidad del ser humano de desarrollar sus capacidades a partir de sus dificultades. No es la primera vez que reflexiono sobre esta cuestión, sin embargo, ver a este hombre trabajar con sus brazos y sus pequeñas manos esas latas vacías, me hizo una vez más comprender cuán bella puede resultar la diferencia y cuánto puede Dios sembrar de genialidad en quienes nacen diferentes o con alguna limitación.
Este hombre pudo caer en la fácil actitud del tremendismo, como hacemos muchas veces aquellos que tenemos las facultades plenas cuando se nos tuercen las cosas, tambíen en el vivir encadenado a la malformación de sus extremidades; sin embargo Dios puso en él un talento alternativo para darle la oportunidad de sobrevivir y por qué no decirlo, incluso de hacer útil y bella su minusvalía.
He aqui, pues, la belleza emergente de la dificultad que debemos admirar y sobre todo valorar. Yo la valoré con una modesta voluntad de cinco euros pero, como bien se dice, " quien da lo que tiene, no está obligado a más" y yo no llevaba mucho más en la cartera en ese momento, esa es la verdad.
Por cierto, esta historia la he escrito con el lucero del hombre de las pequeñas manos encendido. Forma parte de esos objetos de escritorio que tengo junto al ordenador portatil. No sé lo que durará ese lucero, si mucho o poco, pero mientras dure he decidido que ilumine mis ideas, al fin y al cabo, si como creo es obra de Dios en las manos de ese hombre, ¿ Qué mejor que ese lucero para dar luz a mis pensamientos?...
Pilar Martinez Fernandez ( Septiembre 2010)

domingo, 5 de septiembre de 2010

Como vasijas de barro


Articulo publicado en la revista " Iglesia en Almovodvar" Nº 236 del mes de agosto 2010
En una iglesia de un lugar en el que estuve no hace mucho, esuché una voz cantando una canción que hacía tiempo no escuchaba. ERa una voz dulce al tiempo que envolveste. La acompañaba únicamente los acordes de una guitarra.
Busqué la persona que cantaba de aquella manera. Fue fácil hallarla. En un banco, muy cercar del altar, había una mujer con una media sonrisa dibujada en su rostros mientras cantaba y tocaba con su guitarra.
Me desconcertó su mirada; parecía no mirar a ninguna parte, como si notuviera nda delante, ni a los lados, pero al mismo tiempo como si existiera toda una apertura infinita frente a ella.
La canción que cantaba era " El alfarero", aquella que dice: " Señor yo quiero abandonarme , como el barro en las manos del alfarero, toma mi vida y hazla de nuevo. Yo quiero ser, yo quiero ser un vaso nuevo".
Al escucharla, sentí que me la estaba cantando a mí, no quizá de manera exclusiva, lo sé, pero sí como quién lanza una hoja escrita al viento y cae en las manos de alguien para que la lea.
Cuanto más repetía el estribillo, más me llegaba al alma, de tal manera que, también, cuanto más la escuchaba, más me gustaba su voz y su modo de cantar.
Fue un momento en cierto modo agridulce; por un lado un regalo para los oídos y por otro un latido doloroso para un corazón y un alma, la mía, que muy a menudo se ve como un trozo de barro aún por determinar, sin llegar a ser aún una vasija completa.
Cuando terminó de cantar la mujer, se hizo un breve silencio en la iglesia, momento que me sirvió para comprender lo que acababa de ocurrir; había tenido una experiencia espiritual, de esas que en tu desnudez ante ese Dios en el que proyectas tus firmes creencias, Él llega para arroparte, para abrigarte de ese frió que trae tus duduas, tus miedos, tus inseguridades...
Y como quien tiene una inspiración dolorosa al tiempo que cálida, desde mi interior una voz se hizo eco y me dijo: - Sí, es cierto, quieres ser un vaso nuevo, o mejor, una vasija con más capacidad para llenarla de cosas buenas.
Fue un momento intenso, de esos que de repente te abren de par en par las puertas de la esperanza y depositas toda tu confianza y toda tu vida en Dios.
A menudo, siento que soy un vaso que se derrama, a ratos tambien me siento frágil, en fin...debilidades puramente humanas que en mi caso ponen a prueba mi fortaleza de espiritu.
Pero sí puedo decir que esta experiencia, tal vez por tener pro mensajera a nuna mujer especial de la que aún me queda lo más importante por contar, no es de las que caerán en olvido, al menos de una manera consciente porque lo cierto es que son muchas las cosas qu vienen con pretensiones de colarse y hacerse su sitio en nuestro intelecto y en enuestra alma, pero solo algunas consiguen la categoria de ser " revelaciones".
Y eso fue, sin ninguna duda, una revelación acompañada de todo un ejemplo de vida y de fe, la de Margarita, así se llamaba la mujer que con el único acompañamiento de su guitarra y su angelical voz, ella solita llenba toda una inmensa iglesia de himnos y mensajes alegres de Dios.
Me recordaba a Elsa Baeza cantando su famoso " Credo", pero no era ella. Margarita, en sí misma tenía su propio credo, su propia fe; cantar en la iglesia era el modo de proyectarse, de elevarse muy por encima de sus limitaciones.
Esa mirada que yo vi detenida en la amplitud de lo difuso e infinito mientras escuchaba la canción de " El alfarero", la provocaba su ceguera.
Era ciega, sí, toda una limitación cuando hay tantas cosas bellas que ver, sin embargo, me demostró que veía más allá de lo que muchos, con plenas facultades, podemos llegar a ver.
Al hablar con ella y percatarte de su ceguera, esta mujer es capaz de notar en tu voz tu contrariedad en incluso tu lástima, sin embargo ella, sonriendo y sin perder el sentido del humor, al intuir tus sensaciones en el modo de tratarla, te dice: - " No sientas tristeza ni pena por mí. Soy ciego pero tengo fe en Dios, siempre está conmigo guiandome, y también tengo a mi hijo aqui a mi lado. Soy muy feliz por tener estas dos cosas".
Naturalmente, al escuchar con tanta convicción su poderosa fe, la crees, pero cuando ves que guarda su guitarra sin perder la sonrisa al tiempo que a su alrededor empiezas a llegar personas a besarlas y a a alabar su voz y sus canciones, y además ves en su rostro alegría y satisfacción, inevitablemente, surge en tí un sentimiento amable hacía semejante persona pues ante ti ves la fuerza que pone cada día ese Dios en el que crees, en aquellos que bien podrían sentirse débiles y, sin embargo, viven con vigorosidad la vida que tienen ante sí.
En esa mujer y con esta experiencia, yo descubrí toda una vasija llena de cantos y mensajes alegres y esperanzadores, y lo que era aún más ejemplar, se sentía plenamente feliz.
Fue una vez más a la misma iglesia con el pretexto de escuchar de nuevo cantar a Margarita, y lo cierto es que no dejé de observarla , y cuanto más la observaba y escuchaba, más admiración me inundaba dejando atrás cualquier sentimiento de lástima que pude tener al conocerla.
Esta vez, me acerqué para alabar su voz y el modo de cantar sus canciones, y ella, con una modestia llena de humor dijo: - Sois vosotros los que me escuchais de modo diferente cada vez porque yo, siempre canto lo mismo y de la misma manera"-.
No sé, es muy posible que tuviera razón pero yo, que de niña canté más de una vez esa canción de " El alfarero" en el coro de mi colegio además de oírla a lo largo de mi vida más de una vez, he de decir que en su voz la escuché bien distinta y la sentí calar dentro de mí de un modo también distinto.
Son, como alguien me dijo después al compartir esta experiencia, los milagros que logra la fe cuando se cree y se tiene el corazón abierto a Dios.
Aprendí que, un corazón jubiloso eleva la mirada más allá de los obstáculos. También que todo aquello que se hace con convencimiento pleno en lo que se cree, consigue contagiar de júbilo a cuantos buscan el sentido auténtico de sus vidas, un sentido que solo Dios da forma si dejamos que el corazón sea, figuradamente, una vasija de barro en sus manos.
Pilar Martinez Fernandez.

jueves, 26 de agosto de 2010

Aprendiendo de " El Principito"

El "Principito", qué tierno personaje. He leído unas cinco o seis veces, no lo sé con exactitud, el libro de Antoine de Saint Exupery, y siempre que lo he leído pareciera que lo leía de nuevo, y no sé bien explicar porqué, pero lo cierto es que cada vez aprendía algo distinto o mejor dicho, una cosa más. La última vez que lo he leído, reparé en la relación de El Principito con el zorro, sobre todo cuando le decía eso de: " eres responsable de lo que has domesticado".

Cuántas veces no nos ocurre a lo largo de nuestra vida que llega a nuestras manos algo que termina dependiendo de nosotros, de nuestro buen hacer y nos invade el temor de no afrontar con absoluta madurez y sensatez nuestro deber. Más de una, a menudo con animalillos que nos salen al paso como un gatito, un pajarillo caído del nido, un perro que nos sigue en la calle y nos da lástima dejarlo...y otras con algo mucho más comprometido como un hijo, un amigo, nuestros padres...

Cuando entramos en el plano de los sentimientos y establecemos una relación, se crea un vinculo tan importante que, efectivamente, somos responsables de aquellos que, en cierto modo, hemos domesticado, no dominado ni moldeado a nuestro antojo, sino metáforicamente hablando de aquellos que hemos conseguido atraer hacía nosotros para permanecer a nuestro lado, de tal manera que su bienestar entra a formar parte de nuestros desvelos.

El problema que suele amedrentar esa " responsabilidad", no es otro que nuestra propia torpeza a la hora de enfocar los sentimientos. La desmesura de protección en nombre del cariño, a menudo deriva en el exceso de celo, de tal manera que aprisiona la voluntad de ese " ser" que nos da la mano para estar junto a nosotros.

Nadie, en nombre del amor, del cariño, de los vinculos familiares o de la amistad, tiene el derecho a ejercer sobre otro ser la imposición. El verdadero cariño, quiere a pesar de, por encima de...acepta lo que tiene delante sin condiciones. Aquellas hermosas palabras que hemos escuchado todos de " querer sin límites".

Volviendo a " El Principito" cuando habla de " su rosa". Del mismo modo que el zorro le dice que es responsable de lo que ha domesticado, El Principito comprende que hay muchas rosas, pero ninguna es como su rosa, porque para él es única y diferente a todas las demás y la quiere, y ese sentimiento puro es lo que le hace sentirse responsable de ella para que siga siendo todo aquello que ve en la flor aunque existan otras semejantes a ella.

Ese es el sentimiento, ser únicos para quienes nos quieren, considerar únicos a quienes queremos, sentirnos responsables de ellos y del cariño sin querer cambiarlos por otros ideales o desecharlos por no ser como nosotros queremos.

Bien si somos zorros domesticados, rosas hermosas o Principitos con responsabilidades en nuestras manos, lo importante es saber que el amor sin límites es lo que mueve nuestras vidas.

Pilar Martinez Fernandez ( Septiembre 2010)










martes, 13 de julio de 2010

¿ Lógico o evidente?


Suelo hacerme demasiadas preguntas. Es un defecto, o tal vez el modo de tomar conciencia de cuanto me ocurre, no lo sé, el caso es que a casi todo le busco una lógica, un por qué, algo que sacie esa sed de dudas que me provoca la vida en sí misma.
Por lo general, y he aquí lo frustrante de hacerse tantas preguntas, no hay respuestas inteligentes, otras veces ni siquiera valientes, sino tópicos o pensamientos que eclipsan los verdaderos sentimientos y bellas sabidurías.
Vivo verdaderamente resignada al silencio y banalidad de muchas de las respuestas a mis preguntas, una pena si pienso en todas las oportunidades pérdidas de aprender algo nuevo, pero aún así, no cejo en el empeño de encontrar en lo cotidiano vivencias bellas, y porqué no, extraordinarias.
Hace unos días, me quejaba precisamente ante un amigo de mi poca capacidad para entender algunas cosas, y él me decía que cuando algo no se entiende con la lógica pasa al plano de " lo evidente", una consencuencia lógica, valga la redundancia pero al tiempo tan simple que incluso puede llegar a desesperar. En mi pensamiento, no obstante, esta idea quedó pegada con una chincheta para evitar que cayera en el vacío.
A los pocos días, este amigo me mandó una frase suya por e mail, decía así: " hay cosas en la vida ( y son las más bellas) que carecen de toda lógica o que no se explican totalmente con la razón. Por tanto, creo que lo único que toca es " vivirlas"en lo que se pueda y dejar a la razón y a la lógica en silencio."
Al acabar de leer esta frase, comprendí lo que este amigo trataba de enseñarme con su diferenciada consideración hacía mis preguntas: lo importante en sí mismo es tener el gozo diario de despertar después de un reparador sueño y tener todo un día por delante para "vivir".
Ese " vivir" a ratos puede ser gratificante, otros inquietante, con algún tropiezo o en el mejor de los casos con un éxito o logro, pero en cualquier caso, sin vivir encadenado a la lógica y la razón como el mejor modo de afrontar nuestra vida, o mejor dicho, de comprender nuestra existencia y nuestros pasos.
Soy tozuda en algunos aspectos. Anoto la lección de este amigo pero me temo que la lógica y yo llevamos demasiado tiempo juntas como para desligarnos. Claro que, el zafarrancho interior llega cuando el corazón, también quiere tomar partido. Aqui esa famosa frase de " El corazón tiene razones que la razón no entiende" en mi caso es un varapalo que algunas veces me ha dejado vencida. Vencida sí, porque el corazón usa un lenguaje embriagador que a menudo distorsiona la realidad, una distorsión que termina dando su verdadera cara cuando has hecho seguramente demasiadas tonterías en vano, momento en el que " la razón" te pone en tu lugar.
No sé, tal vez pensar demasiado, sea un mal entrenamiento para la razón, asi que mejor lo dejo estar, al fin y al cabo, cada día trae su acontecer y ciertamente, lo único que es a ciencia cierta razonable es que con un día por delante, lo evidente es " vivir". Asi pues, dejaré para quien quiera pensar más alla, la pregunta en el arie ¿ Lógico o evidente?
Pilar Martinez Fernandez ( Julio 2010)

jueves, 8 de julio de 2010

El canario que sabía iba a morir


Hoy, un pajarillo ha muerto en mis manos. Era un canario amarillo, algo pintosillo en la testuz de su diminuta cabezita, y, en sus alitas, pareciera que un tiznón de carboncillo le hubiera quedado desdibujado en las plumas. Era singular sin llegar siquiera a lo excepcional pero lo había puesto en la jaula junto a una hembra para que tuvieran descendencia.

Al verlo mustio, alicaído en la parte baja de la jaula, lo cogí suavemente. No opuso resistencia, no aleteó, ni tan siquiera se sintió estrasado como suele ocurrirle a los pájaros cuándo sienten la mano del hombre sobre sí. Se dejó coger e incluso se acurrucó en mi mano al tiempo que encogía las patas. Al instante siguiente, ladeó la cabeza y comenzó a cerrar los ojillos lentamente.

A mi lado, estaba un amigo que, al ver la escena me dijo:- Se ha despedido de tí, ha esperado que lo cogieras para morir tranquilo.

No comprendí en ese momento qué había podido ocurrirle a esa tierna avecilla; un golpe de calor, tal vez, una muerte súbita sin más...no lo sé, pero la sensación de sentir marchar una vida en tus manos por muy absurdo que pueda parecer sentirlo por un pajarillo, me dejó tocada la fibrilla sensible.

He tenido varios animales a lo largo de mi vida, por tanto también puedo afirmar que por el camino se han ido quedando poco a poco, algunos de viejos como mi primer perro Hobo, otros por accidente como Milo o Copo y otros desaparecidos como mi última gatita Princesa.

He sufrido durante un tiempo moderado todas esas pérdidas sin embargo siempre me he quedado con una sensación que si bien no acierto a explicar, por el contrario me ha llevado a preguntarme si, en todo momento, esos animales presentía que iban a morir.

Hobo murió intentando llegar al lugar donde sabía que estaba la familia; igualmente lo intentó Milo con su pata destrozada.

Aquellos que queremos a nuestros animales, sabemos que algún día habrán de morir. Cuando llega ese momento, lo que más te preocupa es que no sufra pero sobre todo, poder despedirte de él.

La mirada de un perro, hasta el final de sus días, siempre busca los ojos de su amo. En el último instante de su vida, esa mirada se convierte en la mayoría de las ocasiones en un " gracias" por haberle dejado vivir junto a tí, por eso siempre he puesto en tela de buen juicio la capacidad de los animales para saber cuando era tiempo de marcharse.

Creo que no hay que entender a los animales desde nuestro sentir humano, ellos funcionan a otro par más instintivo, y seguramente menos apegado a lo terrenal, por eso quizá lo aleccionador está en que aceptan que se agotó su tiempo y sólo buscan a última hora morir con serenidad.

Ese pajarillo que hoy he visto morir y que sabía iba a morir, puede que al sentirse en mis manos encontrara ese sereno reposo para expirar, pero de cualquier forma y muy a mi pesar, ante lo inevitable, preferí estar en el momento justo en lugar de llegar tarde. Era sólo un pájaro pero, mientras vivió, hizo lo que tenía que hacer; alegrar mi tienda y eso es más de lo que algunas contadas ocasiones hacen algunas personas, lamentablemente.


Pilar Martinez Fernandez ( julio 2010)

jueves, 24 de junio de 2010

Cruzando puentes





Hace tiempo leí que en en el interior de cada uno de nosotros existen todos los puentes necesarios para ser cruzados en un momento preciso y llevarnos hacía nuestro destino.


Yo imagino que, si de verdad existen esos puentes en nuestro interior, en cada momento los cruzamos con la seguridad plena de que vamos hacía dónde debemos ir aunque al otro lado no sepamos muy bien qué es lo que no espera. Y, si es así, entonces también cabe creer que día a día caminamos por una senda necesaria hacía nuestro indefinido horizonte.

El debacle viene en el momento que se nos presentan encrucijadas en el camino, bifurcaciones que nos hacen dudar a la hora de tomar la decisión de seguir por un lado o por otro. Y, cuántas veces tambien no nos sucede que tomado un camino y un puente, sopesamos qué hubiera ocurrido de haber tomado otra dirección diferente.

Si creemos con absoluta fe que cada puente que cruzamos en nuestra vida es el que debíamos tomar así nos haya hecho dar algún que otro rodeo o sorteado diferentes desniveles, lo natural es tener también la certeza de que todos nuestros pasos han sido plenamente necesarios para llegar hasta donde estamos y al tiempo llevarnos aún más lejos.

Suele decirse que meta y camino son lo mismo y que no hace falta correr hacía ninguna parte. Tampoco importa el destino, sino que lo importante es el viaje. Quizá sí, o puede que también se haga necesario plantearse alguna meta, un destino mejor en nuestro discurrir por la vida, porque a menudo suele ocurrir que sentimos pasar nuestra vida por inercia, un somero discurrir cruzando un puentecillo trás otro sin más, anestesiados por la rutina y su desencanto. Un viaje al fin y al cabo pero sin interés alguno por la nula inquietud de sorprenderse ante lo que siempre espera a la otra orilla. Y es esa falta de inquietud, esa apatía la que nos anula el siempre anhelante proyecto de ser un poquito más felices que ayer o que antesdeayer.

Si de verdad, en nuestro interior, habita un arquitecto sublime capaz de levantar de un día para otro puentes para cruzarnos a diferentes orillas y seguir nuestra senda vital, creo que debemos darle los materiales necesarios para que sean sólidos, de piedra robusta y con buena argamasa, y no colgantes que pueden hacernos perder el equilibrio por su inestabilidad o en el peor de los casos inexistentes dejando únicamente delante un precipicio.

Esos materiales serán, entonces, fe en nosotros mismos, conocimiento pleno de nuestras capacidades, curiosidad, voluntad, ilusión, sentido del humor, esperanza, pero sobre todo un sentido auténtico de agradecimiento por tener días por delante para vivir. El regalo que siempre nos espera a la otra orilla del puente...

Y, si es así, debemos entonces creer que el puente que cruzamos es, efectivamente, sólido,con buenos materiales, no proclive a romperse a nuestro paso y hacernos caer a un precipicio o a una turbulenta corriente de un río.

Pilar Martinez Fernandez ( Junio 2010)


lunes, 21 de junio de 2010

En Portugal y otros lugares


En Villanueva del Pardillo de romería. El coro preparándose para cantar " el molino". Lo que más nos cuesta, entrar bien en el tono...




La La Espadaña triunfó en Portugal.





Toda la tropa de " Pilarica Coros y Danzas" en una parada durante el viaje a Povoa de Varzim ( Portugal)








Concretando las entradillas de las canciones. Siempre lo arreglamos todo en el último momento...


En esta foto de familia con nuestros hermanos portugueses que nos acogieron con mucho calor humano. Realmente lo pasamos muy bien y el hermanamiento fue memorable. Costó marcharse de allí...





Aqui cuatro castellanas de secano pisando la playa. ¡ Como si no hubieramos visto nunca el mar¡....Estamos conquistando tierra Portuguesa Eva, Argentina, Armonía y yo.

Más abajo foto de familia en Oporto.


































Y Nuevamente a pie del mar....disfrutando de su brisa, de sus olas y también haciendo el saludo al sol en la playa. En la foto, nuestra profesora Armonia a la derecha, seguida de Arancha, Yo misma, Mari Mar, Maria y Eva.









































Y aquí....¡ madre de Dios¡. Nos convertimos todas las mujeres en colegialas. Una nota divertida que divirtió a propios y ajenos...










Mi amiga Armonía y yo en la playa dispuestas a disfrutar y dar lo mejor de nosotros mismas.
























Y por último, tres amigas rogando a San Antonio...¡ a saber qué¡. ¿ Novio ?, ¿ Algún parabien?....estamos en el pueblo de Eva, Navas de Oro en Segovia. El pueblo que más baila a San Antonio la jota. Durante prácticamente seis horas...¡¡¡ incrébile¡¡¡ y digno de ver...






domingo, 20 de junio de 2010

La paloma coja

Articulo para la Revista " Iglesia en Almodovar del Campo".


En un acera, picoteando esos minúsculos granitos de alimento que puede haber para un ave que habita en una ciudad, había una paloma. Su contoneo era singular. Parecía danzar más que caminar, daba saltitos con una pata al tiempo que giraba su cuerpecillo plumoso de color gris ceniza. De aquella observación curiosa de la paloma, finalmente se podía apreciar cúal era el motivo de su forma peculiar de moverse y caminar; en una de sus patas le faltaban esos tres dedos palmípedos sobre los que apoyarse. En su lugar había una terminación radical en forma de muñón que le quedaba justamente a ras del suelo. Apenas apoyaba el muñón de su pata, sólo un instante muy breve para girar y cambiar de dirección para seguir picoteando del suelo.
Al descubrir ese pequeño hallazgo inusual en la paloma, enseguida deduje que era una tara de nacimiento, un capricho de la naturaleza que de vez en cuando se manifiesta para poner a prueba a los seres vivos que crea con su bello poder.
Y me fijé aún más en ella y, cuanto más lo hacía, más me sorprendía verla moverse tan armoniosamente. Al principio pensé: - pobrecilla, que lástima. Luego fui cambiando el concepto. Pasé de sentir cierta lástima por ella a sentir en cierto modo admiración. Sé que admirar a una animalillo como si tuviera una personalidad concreta puede ser absurdo dado su sentido irracional, pero realmente me admiró esa paloma coja. Generalmente la naturaleza y su selección, a veces cruel, elimina a los seres débiles. Esa paloma al nacer así bien podría haber perecido, sin embargo, he aquí lo revelador de esta historia, supo superar su limitación, creciendo, volando y valiéndose por sí misma al tiempo que consiguió también encontrar su equilibrio a la hora de moverse y procurarse su propio alimento. ¿ Cómo lo consiguió?, podemos muy bien preguntarnos. Pues como se suele conseguir casi todo en esta vida que se nos presenta como un reto a superar; con férrea voluntad y sin rendirse ante la dificultad.
Así, muchas veces, podemos ser las personas; palomas cojas por una u otra razón. Algunas veces físicas, otras sentimentales, emocionales...siempre razones para nosotros muy poderosas que nos hacen caminar cojos, con bastones o en el peor de los casos paralíticos, entendiendo por paralíticos no a parapléjicos físicos, sino a los parapléjicos de alma.
Los genios, inventores, místicos, santos... aquellas personas que a lo largo de la historia consiguieron hacer con su vida una proyección elevada y ejemplar de su persona con sus acciones, lo hicieron superando sus propias cojeras, y lo hermoso de todo ello es que además consiguieron convertir sus cojeras personales en movimientos armoniosos, incluso bellos. Un ejemplo lo tenemos en Beethoveen; una sordera recalcitrante e incluso tormentosa para él mismo y sin embargo fue capaz de componer increíbles sinfonías.
Pues de estos ejemplos y teniendo cada cual sus propias taras, debemos fijarnos pues al fin y al cabo, la perfección es una quimera que de tanto perseguirla nos puede llegar a frustrar, sin embargo en la imperfección está el afán de superación, el valor, la supervivencia a la adversidad, nuestra resolución incluso ante nosotros mismos para descubrir nuestras capacidades.
Cuando dejé atrás con su contoneo a la paloma coja, lo hice pensando que acababa de ver algo que seguramente no volviera a ver en otra ocasión. Son visiones que ofrece lo cotidiano y que no siempre nos detenemos a observar. A menudo, aún teniendo el sentido de la vista pleno, caminamos ciegos, por eso agradezco tener tanta curiosidad, porque me hace recabar en detalles que siempre consiguen enseñarme algo.
La paloma coja me enseñó algo vital. Considerando que un pichón de paloma debe abandonar el nido y valerse por si misma antes de un mes, bien hubiera podido quebrar su vida en el momento de pisar el suelo o a los pocos días por su limitación de movimientos y su lentitud en comparación con sus congéneres a la hora de competir por el alimento del suelo, pero de alguna manera, consiguió hacerse su hueco y sobrevivir, y a juzgar por su buen aspecto, lo supo hacer bien.
Sin pensar en nadie, únicamente en mí misma, llegué a la conclusión de que muchas de mis “ cojeras” y “ muñones” pueden convertirse en listones que superar para demostrarme mis plenas capacidades y hacer algo más y sobre todo útil con mi vida. En mi caso no sólo alimentarme y sobrevivir igual que la paloma, sino además dar salida a esos dones y talentos que Dios me ha dado. Tal vez no lo consiga siempre, o me quede a medias, pero que duda cabe que teniendo vida, considero obligado “sobrevivir a mis cojeras”. Y, si pudo una paloma, puedo yo también, del mismo modo que lo puede conseguir cualquiera.
Pilar Martinez Fernandez. ( junio 2010)

martes, 8 de junio de 2010

Sin miedo, no hay valentía

Publicado en Iglesia en Almodovar Nº 233
¿ Qué haces con tus miedos?

En una de esas conversaciones fugaces que algunas veces alcanzamos a oír cuando pasamos al lado de alguien, tuve ocasión de escuchar algo que si bien no era de mi incumbencia, llamó mi atención. La persona que hablaba era una mujer joven, al parecer con un problema acuciante pues su voz, un tanto temblorosa, denotaba desesperación mientras hablaba por su móvil, pero en el instante fugaz que pasé por su lado y escuché lo que decía, su aparente desesperación adquirió una postura tan contundente que me dejó un tanto perpleja. Gesticulando con la mano para poner aún más énfasis en lo que decía, la mujer exclamó: - ¡ Pues claro que tengo miedo¡. Mucho miedo, pero si no tuviera miedo tampoco sería valiente y eso, me hace ser fuerte.
Sin un contexto más amplío de la conversación, escuchar algo así puede dejarnos indiferentes o provocarnos curiosidad. A mí me sucedió lo segundo, no voy a negarlo, pero me limité a continuar mi camino. Fue después, en esos silencios en los que te quedas cuando tu mente parece querer darse la oportunidad de pensar, cuando pensé en la afirmación rotunda al tiempo que temerosa de la mujer.
Y pensé en el miedo, efectivamente. Esa sensación que aflora con mucha frecuencia. Algunas veces justificada, otras no tanto, pero en cualquier caso siempre acompañada de la vulnerabilidad, de la inseguridad, y cómo no, de la incertidumbre.
Yo he sentido miedo muchas veces. Quizá más de las que recuerdo o incluso me atreva a reconocer. Me dan miedo las tormentas, sin ir más lejos, y cada vez que lo digo, siempre hay alguien que me dice en tono paternal que no son para tanto y que incluso son un fenómeno curioso de observar. Sea como fuere, intento vencer ese miedo cada vez que en el cielo culebrean y retumban los relámpagos y truenos, pero no puedo evitar sentirme muy vulnerable e incluso estremecerme. No obstante, entiendo que esa clase de miedo no deja de ser algo meramente puntual que no afecta a mi equilibrio emocional. Hay otra clase de miedos que, efectivamente, someten a la persona a un pulso en el que únicamente con fortaleza es capaz de ganar la partida. Y, he aquí dónde comienzan a entrar en juego esas “ dificultades” que no nos gusten, esos obstáculos que nos frenen algunas veces, esas pérdidas que tanto nos desestabilizan emocionalmente, esos cambios inesperados en nuestras vidas...cartas de esa baraja que es la propia vida y que nos hacen tener malas jugadas.
La vida no es algo lineal, ni siquiera para quienes eligen vivir apartados del mundanal ruido, como suele decirse; tiene altibajos, recovecos, bifurcaciones...demasiadas bifurcaciones inesperadas con sus correspondientes decisiones difíciles o incluso arriesgadas, pero también pienso que aquí está, precisamente, lo apasionante de vivir; ser capaces de afrontar aquello que nos aparece a la vuelta de la esquina, así la vida nos someta a cambios duros o nos desestabilice emocionalmente perder algo de lo que tenemos.
El crecimiento, la superación, todo aquello que conlleva al hombre y a la mujer a ser mejor en todos y cada uno de los aspectos de su vida, solo se consigue enfrentándose a los miedos con valentía y, eso, efectivamente, también les hace ser más fuertes.
Cuando escuché a la mujer en su zozobra decir aquello que apuntaba al principio, pensé que tenía razones de peso para buscar dentro de sí misma el valor necesario para afrontar y vencer su miedo, pero al mismo tiempo me pregunté si yo era igual de valerosa ante mis miedos.
No tengo una respuesta fehaciente, creo que sería mucha presunción por mi parte afirmar algo que aún está por demostrar, porque una cosa es haber aprendido a convivir con tus miedos y otra bien distinta poseer una fortaleza determinada ante un temor fundado e incluso muy posible. Sí puedo decir que, ahora, sé mejor lo importante que es no mostrarse pusilánime ante los problemas y miedos. Lamentarse es derrochar un tiempo muy necesario para solucionar nuestros conflictos interiores.
Cuando se es creyente y se siente interiormente el convencimiento de que Dios camina con nosotros, los miedos también se depositan en sus manos. Y cuándo vas viendo que, de una forma u otra, Él, te coloca donde corresponde, vas también siendo muy consciente de que tu actitud decidida ante tus miedos, te ha hecho crecer y por tanto más fuerte.
Hay quienes no se dan cuenta de esto porque en su desnudez espiritual y conocimiento interior, se ven débiles. Y no es menos cierto también que, la insatisfacción, hace de las suyas pues suele ocurrir que, superado un miedo, aparece otro para llenar de nuevo un hueco que, de repente, se quedó vacío.
Cuando coges la mano de Dios, el miedo dura lo que tardas en sentir que no estás solo e, inmediatamente, aflora una postura valerosa que, en lugar de menguarte, te hace crecer y fortalecerte.
Esta enseñanza, la expresa muy bien Tagore en uno de sus escritos: “ Señor, enséñame a orar no para obtener protección contra los peligros, sino para afrontarlos sin temor. Enséñame a pedir no alivio a mi dolor, sino el valor para superarlo. Enséñame a buscar en el campo de batalla de la vida, no aliados, sino mi propia fortaleza.”
Leído y asimilado este bello pensamiento, poco más cabe decir. Una vez más, nosotros elegimos; vivir con miedos y acobardados, o afrontar nuestros miedos con valentía y con la convicción de que Dios está junto a nosotros en la batalla de la vida. Yo, personalmente, elijo la segunda opción aún siendo muy consciente de mi vulnerabilidad. Y, tú, ¿ Cual eliges?. ¿ Qué haces con tus miedos?.

Pilar Martinez Fernandez.