domingo, 4 de abril de 2010

Una flor entre las piedras



Ocurrió una vez aunque, estoy segura ha ocurrido más veces, al fin y al cabo y por inverosimil que parezca, algunas cosas se repiten aunque no se hagan eco. Es, digamoslo asi, lo que tiene la singularidad. Se dá aquí o allá pero se convierte en algo único por lo efímero de su espontaneidad. El caso es que, en cierta ocasión, mientras paseaba por una acera adoquinada, entre la ranura que dejaba la pared de piedra y el adoquín de la acera, ví asomar una flor. Era chiquitita, apenas un tallo con dos hojitas a los lados y unos pétalos amarillos, sin embargo alzaba su tallo con cierta arrogancia, como queriendo sobresalir más y más de entre esa ranurita entre el suelo y la pared. No habia ninguna flor más, ni tan siquiera una brizna de hierba. Allí estaba solitaria la florecilla, seguramente enraizada en unos mínusculos granos de tierra o aprovechando alguna hoquedad de la propia piedra, quien sabe. Pero, en su soledad, aparecía en cierto modo lozana, se diría incluso que bonita a pesar de su sencillez, todo un contraste casi irreal en ese lugar.
A menudo, a mi tienda van personas a comprar plantas y bulbos para ponerlos en su jardín. Muchas veces me preguntan si darán flor o si agarrarán en el terreno.
Lo cierto es que, en las circunstancias más normales de buena tierra y abonado, una planta tiene todo a su favor para enraizar, crecer y dar flores, pero he aquí lo contradictorio de la vida misma y su modo de abrirse camino; que no siempre las mejores condiciones, dan los resultdos esperados. Suele ocurrir que, hasta en la dificultad, la vida e incluso la belleza, quiere germinar, mientras que en lo más propicio, el fracaso puede ser el resultado.
A la florecilla silvestre crecida entre piedras, posiblemente nadie la sembró. Nadie depositó su simiente allí. La trajo quizá el viento, algún pajarillo entre sus patas o un insecto. Cayó por casualidad o porque, la naturaleza, caprichosa y al tiempo sabia, quiso que allí creciera para demostrar su poder y la enorme capacidad de adaptación que puede tener ante la adversidad, los obstáculos y el impertérrito empeño del hombre en construir y adoquinarlo todo.
Así somos nosotros, o al menos como debíeramos ser ante la adversidad; florecillas floreciendo entre piedras. A mí me resultó curioso encontrar esa flor singular creciendo en un lugar tan escaso de tierra, pero enseguida pensé que tan solo debía fijarme en el hecho de que, aquella flor, precisó únicamente lo justo para salir adelante, igual que yo y que cualquier ser humano. El problema de que no florezcamos con vigor, se debe muchas veces a nuestro empeño de retrotraernos cuando las cosas no nos son del todo propicias. Vivímos pensando en conseguir todo aquello que nos ha de hacer la vida más fácil y más cómoda, incapaces muchas veces de asentar nuestras raíces porque nos pasamos media vida buscando mejor tierra, y, aunque florecemos, lo cierto es que no lo hacemos con plenitud.
Admiro a esas flores capaces de florecer en recovecos porque, aún no siendo orquideas ni camelias, sino flores silvestres, son capaces de dar lo mejor de si mismas con escasa tierra.
Admiro por tanto, a aquellas personas que, con lo justo, saben vivir. Conozco a pocas, realmente. Entre ellas, no me encuentro, lo reconozco pero, buen principio es saberse poseedor de lo justo para vivir. ¿Por qué no nos conformamos?; ¡ Ay que gran pregunta¡. Eso es quizá lo que a cada cual nos toca reflexionar...
Pilar Martinez ( Abril 2010)



viernes, 2 de abril de 2010

¡ Sé valiente¡



Dedicado a D. Tomás Lozano, parroco de la iglesia de Almodovar del Campo además de un gran sacerdote; un hombre querido por muchos por el modo de trasmitir el mensaje de Dios y de hacer iglesia de una manera cercana, sin tachaduras, ni rasgaduras, sin exclusiones...

Del mismo modo, tambien cuestionado por otros, por aquellos que entienden la iglesia purpurada y enfundada en formas sistemáticas.

Él ha logrado que yo crea que una iglesia auténtica y cercana al pueblo es posible; la diferencia la establece quien se pone al frente de ella y mira a su alrededor abriendo sus manos acogedoras.

Él ha logrado que yo crea en un Dios bondadoso, no castigador, sin medidas estrechas y excluyentes, sin exigencias ni extravagancias, sintiendo su presencia en los momentos vacíos y tambien en los dichosos. Y, sobre todo, confiando...siempre confiando en que, camine por donde camine, haga lo que haga, siempre voy de su mano y hacía alguna parte.

Decidí escribir este articulo sincero, íntimo, pero al tiempo desafiante porque viviendo como vivimos en un mundo donde la critica negativa sobre Dios y la iglesia hace tanto daño al cristiano, hace falta que aquello en lo que creemos lo afirmemos con rotundidad, sin miedos. Se puede ser mejor o peor cristiano, pero en cualquier caso en nuestra firmeza está la continuidad de aquello en lo que creemos y damos una razón de vida. Importa poco a quien no le guste aquello que afirmamos, lo importante es que no lo silenciemos. Allá quien quiera o no escucharnos.

Articulo publicado en Iglesia de Almodovar Nº 231

http://iglesia.almodovardelcampo.org/periodico_iglesia_en_almodovar_-_231_marzo_-_2010/

¡ Sé valiente!

A menudo pienso si en verdad existe la razón, ese concepto tan enorme que abarca desde la lógica hasta la justicia pasando por la verdad. Y lo pienso sobre todo cuando siento que mi opinión se ve zarandeada por quienes, al debatir, utilizan argumentos que no alcanzo a comprender.
Sí, ya sé. Es en ese tipo de situaciones donde se establece un debate o incluso una discusión, y también sé que la diversidad de opiniones siempre existirá, sin embargo, no es eso lo que me inquieta; lo que me lleva a preguntarme hasta qué punto puedo sentirme cómoda con mí razón es, precisamente, cuando ves a tu alrededor una tendencia muy extendida y tú, por no dejarte llevar por esa tendencia, apenas puedes hacerte oír o incluso te atacan.
No me interpreten mal, no llego a creerme ni por lo más remoto que yo esté equivocada o que estén equivocados los demás, es simplemente una momentánea incapacidad de argumentar una postura tan sólida y tan firme como la que se puede tener ante la vida y el modo de entenderla.
Pero creo que el mejor modo de entender este vericueto sobre el que pretendo reflexionar hoy es con una anécdota personal.
Hace unos días, una persona cercana a mí, ante mi rotunda afirmación de que era cristiana, se tomó la libertad de opinar al respecto, algo que en principio no tenía porque ser bueno ni malo pues, al fin y al cabo, opinar es gratuito, no así la ofensa o la falta de consideración, sin embargo, resultó ser un intercambio de opiniones que si bien no consiguió inclinar la balanza hacía ningún lado, sí que me mostró una razón bastante poco razonable por parte de esa persona pues, desde un principio, trató de darme argumentos lacerantes para justificar su rotundo ateismo, su nula fe en Dios y su rechazo profundo a la Iglesia.
No traté en ningún momento de convencerle de nada, como bien dijo Einstein es más fácil demostrar las partes de un átomo que desmontar a un hombre sus preconceptos, y en este caso así era, lo único que me limité a hacer es reafirmar mi fe una y otra vez, algo que todavía le motivaba más para sacar más y más argumentos en contra de mi postura hasta el punto de decir auténticas incongruencias. Me resultó chocante, eso sí, que me hablara del respeto y que, precisamente, me lo dijera alguien que al saber de mis creencias, no vaciló en sacar toda su artillería pesada contra Dios, los cristianos y la Iglesia. Y fue en ese momento en el que caí en la cuenta de que, por ser cristiana y afirmarlo sin más argumentos que mi propia fe, la razón del otro parecía tener más peso que la mía, reduciéndolo todo a una sensación de incapacidad a la hora de demostrar algo tan hermoso y que tanto llena mi vida como la presencia de Dios en mí.
Y me sentí mal. Mal por no ser más elocuente, por no defender mejor a Dios ante las sinrazones de otros.
A mí me queda aún mucho que aprender y tal vez mucho camino aún por recorrer para comprender mejor al hombre en todas sus grandezas e incluso miserias. También me queda aún camino por recorrer para comprenderme mejor a mí misma, pero ahora hago algo que no hacía tiempo atrás. Hoy soy capaz de decir que soy cristiana, que creo en Dios y que mi fe camina conmigo en mi discurrir por la vida. Y lo digo con valentía, aún a riesgo de chocar contra muros o pinchos. Hoy sé que soy un proyecto de Dios y que soy barro en sus manos, así resulte una vasija todavía a medio moldear o pequeña para contener lo que el manantial de la vida nos otorga a cada cual.
Puedo no ser muy locuaz a la hora de argumentar mi fe, o puedo serlo pero no siempre con el acierto que debiera y en los momentos que debiera, pero si me permito la duda es, simplemente, para convencerme a mi misma que tener o no la razón ante los demás, no es una cuestión de palabras, opiniones, discusiones o de llevarse el gato al agua, sino de una postura valiente al tiempo que serena con uno mismo.
A esta misma persona con la que tuve este punto de inflexión sobre Dios y mis particulares creencias religiosas, le pregunté en cierta ocasión: ¿ Qué es lo que ha sustituido a Dios en tu interior?. Su respuesta fue rotunda: - Yo sólo creo en mí mismo. Mi contestación, también fue rotunda: - Él también cree en ti y siempre te estará esperando.
Volví a repetírselo una vez más pero su corazón sé que está muy cerrado a la presencia de Dios en su vida y no pude por menos que sentir finalmente bastante pena.
Con tantos semidioses caminando por el mundo, nos corresponde a los cristianos en nuestra pequeñez ser valientes para seguir alimentando la grandeza de Dios. Eso es lo que se espera de nosotros aunque “ otras razones” pretendan anular “ nuestra razón”. Esto es lo que ahora sé mejor que hace unos días. Así pues, tú que al igual que yo te reafirmas como cristiano,
dilo sin miedo. No hace falta gritar, nada se sostiene a gritos. Tampoco discutas, la discusión saca los peores argumentos. Simplemente, ¡ Sé valiente¡ y deja a los juicios de los demás su propio desarrollo aunque sean ruidosos o meros ecos. Los tuyos podrán ser silenciosos pero muy serenos, y en la serenidad no dudes que es mucho más fácil encontrar...el equilibrio.

Pilar Martinez Fernandez.

lunes, 15 de marzo de 2010

Miguel Delibes, ¡ gracias¡


El otro día, cuando supe que tu vida había consumido su último segundo, sentí que yo también había consumido toda esperanza de conocerte en persona.
Para tí , y permiteme que te tutee, maestro, este hecho pasó inadvertido porque yo simplemente era alguien que hacía bulto entre la infinidad de lectores y escritores que te admirabamos, sin embargo para mí fue siempre una ilusión, una de esas quimeras que se suelen tener cuando en tu pequeñez quieres conocer a ese maestro al que le sigues los pasos.
La mañana en que todo el mundo hablaba de tu muerte, escuché mientras iba en el autobus el parloteo de la gente. Unos decían que te habían visto pasear muchas veces por la Acera Recoletos, otros en el Campo Grande, en la Plaza Zorrilla...yo, sin embargo, viviendo como he vivido siempre en nuestro querido Valladolid, nunca te ví en persona. En esos momentos, sentí una envidia tremeda por toda esa gente que afirmaba haberte visto por la calle, y lo sentí porque si bien nunca podré decir que pasé por tu lado alguna vez, tampoco podré decir que tú me viste a mí, y aunque no es esto último lo que más lamento, si que pienso que mucha de esa gente no hubiera agradecido tanto conocerte como lo hubiera hecho yo, porque para ellos tal vez fuiste un gran escritor, un ilustre entre nosotros, sin embargo, para mí, significabas todo eso y algo más; eras el espejo en el que reflejarme, esa pluma ligera y sutil capaz de expresar lo mismo que yo siento cuando miro a mi alrededor.
¡ Lo que hubiera dado por una conversación frente a tí¡ ,¡ cuántas preguntas te hubiera hecho¡,¡ cuánto me habría gustado escucharte...¡
Pero, de algún modo, siempre supe que mi quimera no se realizaría. A menos que me hubiera dado tiempo a publicar mi primer libro y tú, por esas cosas que a veces tiene la casualidad, lo hubieras leído, te hubiera gustado y hubieras querido conocer a su autora, tal vez esa ilusión se hubiera hecho realidad, pero...no ha sido así. Como suele decirse, tarde, mal y nunca, pero así son algunas veces las cosas; escurridizas, ajenas o simplemente a destiempo.
Lo cierto es que, por otro lado, aquellos que sí tuvieron ocasión de conocerte, de tratarte, de tenerte de frente, a raíz de tu muerte, han hablado y hablarán durante mucho tiempo bien de tí. Todo son elogios, todos a la altura de esa talla a la que muy pocos escritores llegan aún escribiendo auténticos best sellers, una talla que no mide ni esa estatura que siempre tuviste, ni la cantidad de libros que escribiste y publicaste, sino la calidad elevada con la que siempre narraste la realidad que te inundó mientras viviste, metiendote en la piel de todas esas realidades humanas y sociales de las que fuiste testigo. Hoy existen muchos escritores, y tú mejor que nadie lo supiste siempre, cuyos libros son convenientes para el negocio editorial, historias estrambóticas, personajes igualmente estrambóticos que muestran lo peor del ser humano porque hoy la sociedad, tan desilusionada con tantas cosas, no quiere historias sencillas sino surrealidades que alimenten sus propias frustraciones.
Yo no quiero ser de esa clase de escritores si es que algún día llego a publicar algo, quiero ser como tú, de verbo sencillo, de historias sencillas al tiempo que reales pero sin caer en retóricas, vulgaridades mucho menos en lo grotesco.
Por eso siempre quise conocerte, para que me dieras una breve clase magistral de cómo no sucumbir a la vanidad de los escritores y ser fiel a uno mismo, a su estilo, al talento innato que no quiere quedarse para si sino para entregarselo a los demás y comprender mejor los intringulis de eso que hacemos llamar, vida...
No pudo ser pero aún así, ¡ gracias¡, gracias por haber vivído tanto y dejar tanto entre nosostros. Gracias por...haberme dado la oportunidad, al menos, de leer tus libros y tus pensamientos. De esas lecturas, Miguel, nació esta modesta escritora. Me queda mucha tinta por derramar si Dios quiere que, con mi talento, haga algo mejor de lo que he hecho hasta ahora, pero siempre serás para mí un referente, un punto y seguido en mis creativas palabras.
Descansa en paz, y, si puedes... escribenos desde el cielo.
Pilar Martinez Fernandez.

domingo, 7 de marzo de 2010

Mucho más que dientes



Desde la infancia más tierna e inocente, siempre fui risueña. Hubo un tiempo en el que perdí mi espontánea sonrisa por una caída infantil que melló mi dentadura. Me convertí en una niña más bien seria, tímida y callada que ocultaba su sonrisa poníendose la mano delante de sus labios.

Lo hacía para protegerme de aquellos que podían herirme con la estupidez propia de la insensiblidad y la superficialidad. Muchas veces, de gente mayor, incluso allegados familiares, escuché decir: - Es guapilla, lo único los dientes.

Al escuchar esto, apretaba la boca para que no se me vieran y dejaba de hablar inmediatamente. Aún así, siempre conserve pese a ese trauma, un jubilo interior que nadie consiguió aplacar. Nunca fui graciosa, ni se me dio bien contar chistes, pero desde siempre fui agradecida con aquello que me hacia gracia y puedo decir que he reído infinitamente muchas más veces que las que he podido llorar hasta hoy y a lo largo de mi vida.

Ciertamente, mi sonrisa sigue siendo la misma, no así mi dentadura. Un dentista arregló a golpe de billetes aquello que un desafortunado golpe de infancia quedó mellado, sin embargo, hoy se que una sonrisa, una bonita sonrisa, precisa bastante más que la estética de una dentadura.

Una sonrisa espontánea y jubilosa, es sinonimo de alegría, sentido del humor, es un instante de felicidad trasnfigurado en un ser humano, tal vez una porción de tiempo demasiado escueta y efímera, pero son los ojos y no la boca los que manifiestan esa leve felicidad.

La mirada de un niño feliz, es única. Le brillan los ojos y le dibuja el rostro de tal manera que hasta cuando le estan mudando los dientes y muestra sus huecos vacíos en las encías, resulta enternecedor.

Lo mismo le ocurre al anciano. Cuando sonríe, sus ojos se empequeñecen picáramente al tiempo que los pliegues de la piel en su rostro rodean su semblante , dejando muchas veces al descubierto su boca ya desdentada, sin embargo, también nos enternece.

El problema de que existan tanta sonrisas calladas, ocultas tras un complejo, tapadas por una mano pegada a la boca, reside en la torpeza manifiesta que tenemos todos a la hora de encuadrar una sonrisa. Trás una sonrisa de modelo publicitario, solo existe imagen. Trás una dentadura perfecta sonriendo, solo existe imagen. Trás una sonrisa espontánea, hay un ser humano con un corazón momentaneamente jubiloso. Creo que, esto, es lo imporante.

Desde la más tierna e inocente infancia, fui una niña risueña. Hoy lo sigo siendo, y si mis dientes no gustan, lo siento. Es señal de que, inquivocamente, no me están mirando a mí ni, por supuesto, a los ojos.

Pilar Martinez Fernandez

domingo, 28 de febrero de 2010

Haz lo que debas


En esta ocasión, un articulo publicado en la revista Iglesia en Almodovar nº 230 y en su página web http://www.iglesia.almodovardelcampo.org/
Son 30 artículos de colaboración con esta revista manchega gracias a la confianza siempre in crescendo de D. Tomás.
Tan sólo comentar que, hacer lo que se debe, es extrapolable a cuanto acontece a nuestro alrededor bien sean animales, un árbol, una flor, un vecino, familia o amigos.
Hago este inciso especialmente porque, a menudo y en lo que concierne a nuestro entorno, hacer lo que se debe no es lo mismo que una obligación, es un acto que siendo voluntario, tiene el carácter de un deber " moral" que lleva consigo dar de nosotros mismos algo que otro " algo" u otro ser necesita para estar o sentirse mejor. No es una obligación pero si es moral y humanamente necesario sentir que debemos dejar a un lado nuestras propias desidias y enfocar la mirada hacía aquello que tenemos al lado silenciosamente pero que nos pide atención. Sentirse útiles para los demás, suele ser una buena terapía para sentirse mejor con uno mismo. Y, no siempre lo que se hace, debe llevar implicito una recompensa, un agradecimiento o un reconocimiento. Hay cosas que deben hacerse sin más. Una vez más, mi reflexión.......
Haz lo que debas

Siempre me resulta curioso que, ante una tragedia de proporciones grandes en algún lugar del mundo, enseguida se reaccione con el envío de ayuda humanitaria. Es en estas ocasiones cuándo pienso que el mundo aún tiene el corazón sano de humanidad. Con el lamentable terremoto en Haiti ha ocurrido nuevamente. Enseguida se han puesto en marcha los motores solidarios y quién más y quién menos ha intentado dar un poco de sí mismo para ayudar a un país a levantarse de nuevo tras la tremenda caída a la que se ha visto sometido después de que la tierra temblara bajo sus pies.
Desgraciadamente, también suele ocurrir que grupúsculos de personas se aprovechen del buen corazón de los demás para quedarse con carne entre las uñas, algo que provoca desconfianzas y dudas sobre el destino final de las ayudas.
Personalmente, y no me considero más solidaria ni mejor persona por ello, no me rijo por la desconfianza cuando me decido a dar ayuda para causas humanitarias. Me guío más por mi conciencia que por las suspicacias que puedan suscitarse por malas manos receptoras de la ayuda. Cierto que me gustaría, más por la satisfacción que por la curiosidad en sí misma, tener la certeza de que mi contribución sirve a buenos fines, sin embargo, me quedo con la sensación de haber hecho cuanto ha estado en mi mano.
Me contaba no hace mucho una persona que, en cierta ocasión, en la puerta de un supermercado, una mujer bastante demacrada le pidió una ayuda.
- Me puede dar algo, le dijo.
- ¿ Qué necesitas?, le preguntó al tiempo que observaba su aspecto.
La mujer contestó:
- Lo que pueda darme.
Esta persona, ni corta ni perezosa, la cogió del brazo y entró con ella en el supermercado. Cogió una cesta y empezó a meter en ella diferentes alimentos; leche, huevos, cacao, galletas, legumbres, aceite...
Al llegar a la caja, pagó todo, lo metió todo en varias bolsas y se las puso en las manos a la mujer.
- Toma, esto es lo que puedo darte.
Y la mujer, con la mirada triste pero al tiempo agradecida, le dijo:
- Muchas gracias...Dios se lo pague.
Y salieron del supermercado para luego seguir cada uno su camino
Pero como siempre hay alguien que observa, después de dejar a la mujer marchar con sus bolsas llenas de comida, otra mujer se acercó y dijo:
- Esas no quieren comida. Te lo digo yo. Quieren dinero. Verás como tira las bolsas en algún contenedor de basura...
La respuesta de esta persona fue contundente.
- En cualquier caso, ese ya no será mi problema. Yo he hecho lo que, en conciencia, he creído que tenía que hacer.
Efectivamente. Esa es la acción, y, por supuesto, la reacción cuando se apela a nuestra ayuda. Actuar en conciencia, simplemente. Cómo y de qué manera empleen nuestra ayuda, habrá de quedar en la conciencia de quien la recibe. Cabe esperar que sea utilizada con la misma calidez que ha sido entregada pero, de cualquier forma es algo que escapa a nuestro control y voluntad y en ningún caso debe contribuir a menoscabo de nuestro generoso acto.
En realidad, la solidaridad, la generosidad, la caridad, en definitiva, todo aquello que le nace al ser humano ante la necesidad de otro, es una cuestión de equilibrio e incluso de agradecimiento.
Quién más y quién menos, en algún momento puntual de nuestra vida, hemos podido o podemos necesitar la ayuda de otros. No siempre se precisa ayuda económica. Hay muchas clases de ayudas, tantas como clases de necesidades, sin embargo, cuando se recibe ayuda, sea de la índole que sea, en cierto manera se hace a modo de depósito: Hoy la recibes tú, pero mañana posiblemente la necesite otro, y será tiempo de que tú, a su vez, la entregues para que se beneficie ese otro.
Esto lo comprendió bien un hombre mayor de unos 80 años de quién cuentan que, al tiempo que trabajaba en su jardín plantando un melocotonero, un vecino le dijo:
- Supongo que, a tu edad, no esperarás ya disfrutar mucho del melocotonero, ¿ no?.
El hombre le respondió mientras se apoyaba en su pala:
- No, con mi edad sé que no, pero he gozado comiendo melocotones toda mi vida y nunca de un árbol plantado por mí. No hubiese podido comer melocotones si otros no hubiesen hecho lo que yo estoy haciendo ahora. Estoy tratando, simplemente, de continuar la labor que otros hicieron antes para mí.
En este mundo, no caminamos solos y muchos son los actos que mueven y hacen girar también al mundo. La caridad, la solidaridad, la entrega personal en beneficio de otros, el sentido de la justicia, la generosidad, el altruismo...son actos que equilibran. Por tanto, haz lo que debas con tu conciencia y con tu agradecimiento, el resto, déjalo en manos de Dios. Él sabrá a quién debe pedir plantar melocotoneros y a quién debe dejar que coma los melocotones.

Pilar Martinez Fernández.



martes, 23 de febrero de 2010

Tiempos dificiles


Hay momentos en la vida que se tornan complicados, difíciles, como si se estuviera dentro de una tormenta y el zarandeo de la fuerza de las inclemencias nos desequilibrara constantemente.
Es en esos momentos donde te preguntas continuamente si no mereces una vida mejor, más tranquila, pero sobre todo más feliz. Y piensas, con gran desilusión que, la felicidad no existe realmente, que a lo sumo la tocas temporalmente para luego retornar al camino de los quebrantos, de los problemas, de aquello que siempre nos llega a destiempo a nuestro juicio y que nos hace sufrir una y otra vez eso que hacemos llamar " desencanto".
Los tiempos dificiles, son como el viento. Van, vienen, algunas veces insinuándose con pequeñas brisas, otras con verdaderos vendavales, y en el peor de los casos, para arrasar y destruir.
Pero a veces, tambien se piensa que nada más hay detrás de esa destrucción que provoca un mal viento. Cuándo algo malo nos sucede, algo que nos destroza por completo por dentro, pensamos que es más de lo que podemos soportar, y nos lamentamos, nos acongojamos, lloramos...incapaces de ver más allá de ese terrible muro que se nos pone delante.
Alguien me dijo una vez que la mayoría de las veces, vemos los problemas a la altura misma nuestra, de tal manera que nos limitamos la mirada hacia el horizonte, ese que se alza por encima de nuestra cabeza en los momentos dificiles.
Ese alguien, tambien me dijo que, ante la dificultad, ante el problema, la única manera de superarlo era trascender más allá de nuestra miras. Y ¿ Cómo hacer eso?, le pregunté yo. Simple. Alzando la mirada para dejar abajo el problema y poder ver la solución y la superación en el horizonte, todo ese camino que aún nos queda por delante.
Sin embargo, es tan dificil no sucumbir al desanimo cuando somos " hombres con problemas" ...
Un mal día, dicen que lo tiene cualquiera, la cuestión es cuando ese " cualquiera" somos nosotros y te suceden cosas que te aplastan momentaneamente como si fueras una calcamonia. Escuchas cuanto te dicen de positivo pero en tu interior te quema la situación por lo injusta que te parece.
Personalmente, me rijo mucho por el sentido de la justicia. Intento siempre equilibrar la balanza hacia ese punto donde, aunque yo pierda parte de peso, otorgue ecuanimidad allí donde se precise. Me hace sentir mejor esa forma de plantear las cosas, sin embargo, no siempre me hace sentir bien la balanza de la justicia cuando toca a otros equilibrar los platillos.
Hoy, me ha sucedido una cosa que ahora sé no tiene tanta importancia como yo se la he dado en su momento. Sin embargo, sigo albergando la amarga sensación de que el sentido de la justicia no ha estado a mi favor, y es en estas ocasiones donde pienso que hay personas, que por vivir tiempos dificiles, son más proclives a encontrarse con injusticias y a toparse con situaciones que acrecentan aún más su mala racha.
Pero he decidido alzar la cabeza por encima de mis problemas. Quizá me siga dando collejas la vida, a saber porqué razón, pero simularé que tengo una puerta abierta delante y más allá el horizonte, y que solo tengo que ir hacía esa puerta, atravesarla y seguir hasta donde me lleven mis pasos.
No quiero pensar que unicamente vivo tiempos dificiles. Quiero pensar que pese a las dificultades de este momento, las satisfacciones también habrán de llegar más tarde o más temprano.
Pienso esto al tiempo que pienso en mucha otra gente que, por ser, y perdón por la redundancia, " tiempos dificiles", están sufriendo por cuestiones muy duras. Falta de trabajo, embargos de sus casas, enfermedades,...
Hay demasiadas realidades dificiles a nuestro alrededor. Algunas algo mejor que la nuestra y otras bastante peor. No es consuelo de tontos, es ser consecuente con aquello que nos aqueja y caer en la cuenta que la magnitud de lo dificil, es una medida tan incierta como personal.
Lo esperanzador es que, si acierta el refrán; no hay mal que cien años dure.
También se dice que Dios no da problemas que no podamos soportar. Creo en esto último por cuestión de fe personal aunque, reconozco, que en días como el que he tenido antes de escribir estas líneas, cabe preguntarse si Dios no estará tensandome demasiado las cuerdas.
En frío y con mas calma, pienso que Dios, en mi caso, me está obligando a conocer mis medidas, mi elasticidad para afrontar las tensiones de la vida.
Querido Dios, me está costando entenderte, tanto como entenderme, pero todo cuanto me das, lo acepto. Eso sí, espero que lleguen esos momentos, en los cuales la elasticidad adquirida sea para encontrarme más cómoda conmigo misma y con la vida. Dificil, lo sé, pero la esperanza, cuando no hay bonanza, es algo que, según dicen, nunca debe perderse.
Pilar Martinez Fernandez.

domingo, 21 de febrero de 2010

¡¡¡ maldita escritura¡¡¡¡


En 1927 Machado es elegido para ocupar un sillón en la Academia de la Lengua. De tal elección se cuenta que el propio Antonio Machado, con esa sencillez que le caracterizó toda su vida, no lo dio importancia y a todos dijo ; "Un honor al que no aspiré nunca, casi me atreveré a decir que aspiré a no tenerlo".
Es fácil para quienes nos dedicamos a la escritura de una forma u otra, comprender las nulas aspiraciones a determinados reconocimientos. Mucho más fácil aún entenderlo cuando no se precisan honores para dar rienda a cuanto un escritor está llamado a escribir con más o menos éxito.
Y pienso esto personalmente porque si algo me ha movido todo este tiempo a escribir, ha sido la propia necesidad de hacerlo. Nada más. Como quien precisa todos los días tomar un café nada más levantarse para despertar y vivir el maravilloso día que tiene por delante. No espero éxitos, ni gran poder de convocatoria entre los lectores, ni tan siquiera escribir algo tan exultante que ocupe hueco entre los best sellers o una columna en un periódico.
Sin embargo, he sentido tristeza cuando he pensado en cuánto he perdido por el camino por el mero hecho de escribir. Ilusiones convertidas en frustraciones, desaires convertidos en decepciones, apoyos convertidos en balanzas desequilibradas, y enajenaciones, unas cuántas, por cierto, en parte por mi misma hacía lo que me rodeaba pero también por parte de personas que han estado a mi alrededor. Algunas queridas, otras menos, pero dentro de mi círculo.
Ha llegado a retumbar cuán eco en mi interior un sentimiento perverso: ¡¡¡¡ maldita escritura¡¡¡. Un grito doloroso, punzante que no deja indiferente.
No se espera nunca gran cosa de uno mismo cuando se comienza a descubrir un don, un talento. Simplemente se deja fluir hasta sorprenderse. Y es tan emocionante ese descubrir y avanzar que, todo parece preparado para seguir la andadura hacía el horizonte creativo. No se piensa en el gran éxito, no al menos, en los inicios, sino en la posibilidad de cultivar esos granos tan vigorosos en vasta y fértil tierra.
Sin embargo, cuando el tiempo pasa y cultivas más y más granos, con la dedicación propia de quien busca el mejor abono y la mejor semilla para sus campos, sí esperas cosecha.
Hoy, he vuelto a escuchar ese grito. De hecho, me lo han gritado, ¡¡¡ Maldita escritura¡¡¡¡, y he vuelto a ahondar en mis estrepitosos fracasos, en lo que ha ido quedando por el camino.
Quizá no tenga demasiados éxitos, y quizá muchas cosas hayan quedado por el camino, es cierto, pero he de decir que si algo está por conseguir, seré yo, unicamente yo quien lo consiga. Antes creí necesitar opiniones, juicios, criterios...Ahora, no. Puedo gritar o me pueden gritar una y mil veces ¡¡¡ Maldita escritura¡¡¡, pero ahora sé que solo yo puedo convertirlo en una ¡¡¡ Bendición¡¡¡.
Ser escritor, ahora sé que es serlo en primera persona. No existen sociedades, ni comanditas. Cuánto escribe es tuyo y solo tú puedes firmarlo. Puedes escribir fantasías, y serán tus fantasías. Puedes escribir historias, y serán tus historias.
No importa si gusta o no gusta, si cumple o no con las expectativas de otros. No se trata de escribir para dar gusto, sino para crear algo único, diferente, original.
Hoy me han gritado ¡¡¡ maldita escritura¡¡¡. Tiempo atrás no hubiera contestado nada. Hoy, contesto: " Es mi talento y doy gracias a Dios por ello".
Importa poco adonde llegue porque ya he llegado hasta aqui, pero hoy sé que, aún, he de llegar más lejos. No a ocupar un sillón en la Real Academia de la lengua, seguramente, pero si tener un hueco en el fascinante y nada maldito mundo de la literatura.
Pilar Martinez Fernández.

lunes, 8 de febrero de 2010

¿ Qué es lo que mas te gusta de ti?




Pensaba un poco antes de sentarme a escribir estas lineas, en una pregunta que me han hecho hoy; la cuestión fue sencilla, no lo fue tanto la respuesta. Decía así: "¿ qué es lo que más te gusta de tí?".

De repente, no supe qué contestar. Y fue algo delirante, lo confieso. Pensé en una cualidad, luego en algo de lo que verdaderamente me sintiera orgullosa, sin embargo no fui capaz de encontrar en ese momento algo de mí que realmente pudiera afirmar con rotundidad que me gustara.
Enseguida, pensé en la pregunta a la inversa:
" ´Qué es lo que no te gusta de tí?", y ahí fue dónde la cuestión fue más derrotadora, porque no deja de ser curioso que, precisamente, los más criticos con nuestra esencia personal seamos nosotros mismos, de tal forma enseguida surgieron los típicos complejos personales, los autoconceptos bajos de estima,y, cómo no, los defectos.
Es realmente una puñeta que salga siempre a relucir nuestro ser más quebradizo. Cierto que la vanidad es un defecto que no suele gustar a quienes nos rodean, pero ¿ Qué de malo hay en ser un poco vanidosos en nuestra intimidad?. No se trata de ponernos " divinos" ante el mundo, pero ¡ caramba¡, ante nosotros mismos, ver un bello reflejo al mirarnos frente al espejo tampoco creo que sea redundar en vanaglorias.
Pero yo no puedo ni por esas. Aún en este preciso momento en el que comparto aqui mis pensamientos, no soy capaz de encontrar en mí ese " algo" que más me gusta de mí.
No sé, pensándolo bien, creo que en realidad no es que no encuentre algo bueno en mí, sino que a todo lo bueno que hallo en mí le saco un " pero". Sí, eso me temo que va a ser, como el ying y el yang, que en lo bueno siempre hay un punto malo y en el malo un punto bueno.
No es buena cosa llegar a esa conclusión, me temo. Pareciera que eres el simple resultado de una resta, lo que queda de sustraer aquello bueno que realmente se tiene. No debiera ser así, no al menos de manera tan pusilanime porque, al fin y al cabo, en toda resta que se precie siempre hay un minuendo y un sustraendo, y para que un resultado sea positivo, el minuendo ( las cosas buenas) siempre tendrá que ser mayor que el sustraendo ( los " peros").
Tal vez deba volver a pensar en la pregunta, o quizá mejor en el resultado de mi resta de cosas buenas y de " peros", porque puede que en ese afan de buscarme mis propias cosquillas, lo que consiga es negarme el propio derecho a sentirme bien conmigo misma, y eso no creo que sea quererse bien, precisamente.
Asi pues, pensaré de nuevo en la gran pregunta. Y, esta vez, voy a tratar de no eclipsarme; voy a tratar de no parapetarme en mis múltiples " peros" al tiempo que hago del resultado de mi resta un número infinito de posibilidades para ser mejor.
No es mal ejercicio, verdad?. Pues a ver qué resulta. Por lo pronto ya me he percatado de algo; que me gusta pensar...y ¿ a tí?
Pilar Martinez

Entre amigos.....




De fiesta navideña ¡¡¡¡¡¡¡menuda panda¡¡¡¡ Mis compis de curso de contabilidad


Mari Mar y Pilar, dos buenas amigas









Mila, Eva y Pilar

Compañeras de baile



domingo, 7 de febrero de 2010

La escuela de la vida


Este articulo ha sido publicado, como ya es habitual desde hace más de tres años, en la revista parroquial " Iglesia en Almodovar".
Hago esta alusión especial porque siendo como soy : " una muchachita de Valladolid", os preguntareis que hago yo escribiendo para una revista parroquial de un pueblo como Almodovar del Campo de la provincia de Ciudad Real.
Bueno, la respuesta es tan sencilla como sincera: porque es en el único lugar dónde a esta escritorcilla le dan un valioso espacio en el que poder llegar con sus palabras a la gente. He estado escribiendo para otros medios, es cierto, pero es en ese rincón de La Mancha dónde lo sigo haciendo con más ilusión cada día porque valoran mi colaboración y no acuso en ningún momento menosprecio, más bien al contrario.
Agradezco a D. Tomás, parroco de la iglesia de este pueblo, aquella primera oportunidad que me dio y las sucesivas que luego me ha dado e incluso me exige con prudente impaciencia.
Y a vosotros, amigos y lectores de este rincón modesto para mis palabras, unicamente deciros que, cuánto escribo, no es para mí, sino para vosotros. No es otra cosa que hacer aquello de la parábola de los talentos...no guardarlos para sí, sino hacer algo con ellos...
Esta vez, permitidme un consejo: leed como si fuerais niños y, si podeís, seguid siendo niños, al menos en el fondo de nuestra alma.
Publicado en Iglesia en Almodovar Nº 229 http://www.iglesia.almodovardelcampo.org/
La escuela de la vida

Como sé que en este periódico de vuestra parroquia de Almodóvar, escribís también los niños, supongo que también lo leeréis con atención, así pues hoy me voy a dirigir a vosotros además de vuestros mayores. Y lo voy a hacer en principio poniéndome a vuestro nivel, queridos niños; desde quién desea tener siempre el corazón de una niña capaz de sorprenderse ante las lecciones elementales que la vida nos ofrece.
Yo cada día voy a la escuela de la vida. Sí, así como suena: a la escuela de la vida, un imaginario colegio siempre abierto dónde aprender es el único requisito exigido. No importa la edad, ni tampoco si se sabe mucho o poco, tampoco hace falta demostrar cuánto se sabe, solamente tener ganas de aprender.
Algunos mayores creen que llega un momento que no hay nada nuevo que aprender. Creen haber aprendido cuánto necesitan y dejan de mostrar interés por todo al tiempo que se creen que lo saben todo. Es la actitud de la falsa sabiduría. Sí. Así, como suena: falsa y engañosa pues os diré que, nunca nunca se deja de aprender aunque se sepan muchas cosas.
A los niños, por el contrario, os suele ocurrir otra cosa. No os gusta de por sí la escuela y aprender algunas cosas os parece un rollo. Algunos incluso os haceis algo vaguetes y estudiáis muy poco.
Pues bien, para unos y para otros, e incluso para mí misma, os voy a contar una pequeña lección que he aprendido estos días de “ la escuela de la vida”.
Me llegó por internet, ese gran invento capaz de traernos noticias y acontecimientos de cualquier rincón del planeta hasta nuestra pantalla del ordenador. Vereis. Resulta que en una comarca de Colombia, un lugar dónde al parecer no preocupa demasiado que los niños corran ciertos riesgos peligrosos para su propia vida, ocho niños de edades entre los 4 y los 8 años, cada día tienen que deslizarse por un cable de acero colgados por la cintura de unas simples cuerdas y una polea.
Claro, os preguntaréis para qué hacen eso. Nosotros en España, pagamos por montarnos en montañas rusas, en atracciones de sensaciones espeluznantes con las pertinentes medidas de seguridad, sin embargo, estos niños colombianos tienen que recorrer 800 metros de cable en bajada a 200 metros de altura durante 30 o 40 segundos que les dura el recorrido, colgados únicamente por unas maromas atadas a sus cinturas para poder ir a la escuela que se encuentra al otro lado de ese precipicio. Y no sólo esto. A la vuelta, cuándo regresan para sus casas, deben caminar hasta otra montaña dónde hay otro cable, es decir utilizan un cable de ida y otro de vuelta.
Seguramente penséis que pasan miedo o que incluso no quieran ir al colegio, pero no. Lejos de ser para ellos un motivo para no asistir cada día al colegio, un día tras otro llegan contentos y risueños hasta el extremo de ese cable de acero después de atravesar solos una carretera porque quieren aprender.
Cuándo tuve noticias de este hecho, me pregunté que clase de políticos tienen en ese país que no protegen mejor a sus niños ni les ofrecen una educación mucho más cercana y de calidad, pero también me pregunté por qué esos ocho niños eran capaces de valorar tanto su aprendizaje hasta el punto de no experimentar ni un ápice de miedo deslizándose cada día por el cable para ir a la escuela.
Pues bien, niños, mayores y yo misma. He aquí la lección a aprender.
Yo recuerdo el momento en el que le tocó a mi hijo Daniel ir por primera vez al colegio. Por aquellos días, se estaba poniendo en práctica un nuevo sistema pedagógico de adaptación al colegio para que los niños gradualmente se acostumbraran al horario escolar. Durante un mes había que llevar a los niños tan sólo dos horas. Pasado ese mes ya se les llevaba toda la jornada escolar.
Ya por aquel entonces pensé que era una solemne tontería pero hoy lo pienso con más conocimiento de causa. Con tan absurdos sistemas pedagógicos anti choque escolar, fomentamos inconscientemente el torpe concepto de “ trauma” por ir a un lugar a aprender durante cinco o seis horas al día.
No, queridos niños, no. No os debe suponer ningún trauma acudir al colegio a aprender. Es todo un privilegio que gocéis de esa oportunidad, de que hayáis nacido en una orilla próspera en la que no preciséis ningún cable ni polea para llegar a vuestro colegio y recibir toda esa cultura que precisareis para ser hombres y mujeres en el futuro. Es un privilegio que tengáis una clase y un curso para cada edad, un profesor por cada aula, una pizarra, un ordenador en la clase, libros de texto, lápices, cuadernos, uniforme...y lo mejor de todo, un colegio cerca de vuestra casa. No vale decir que no queréis ir a la escuela porque tenéis que estudiar. Eso es una absoluta ingratitud ante tantos privilegios, pero lo peor de todo es que desaprovechando lo que os ofrece vuestro colegio, también os estáis desaprovechando a vosotros mismos.
En cuánto a nosotros, los adultos, ¿ Qué decir?. Muchos son los que creen saber más de lo que realmente saben negándose a aprender de cuánto les rodea, incluso de los niños y de los más jóvenes. Precisamente, la mayor necedad, radica en creerse más sabio de lo que realmente se es. En la escuela de la vida, siempre y hasta el final de nuestros días, somos alumnos, lo que ocurre en que a veces la escuela, como algo figurado en nuestro acontecer mientras nos hacemos más y más mayores, suele plantearnos retos y enseñanzas que no encajamos con facilidad, siendo más fácil negar y dar la espalda a lo que no entendemos que abrir nuestra mente y corazón para comprender. Negarse a aprender es negarse uno mismo a crecer y por tanto empezar a marchitarse y empobrecerse.
Asi pues, niños , adultos con espíritu de niño, sabios a medio camino de la inalcanzable sabiduría, pensad un poco en esos “ niños del cable”, valerosos alumnos de la escuela de la vida que ya saben lo importante que es aprender si se quiere caminar hacía el futuro. Es grande el riesgo que corren cada día por aprender y cabe desearles que el colegio les queda a la altura de su férrea voluntad, pero teniendo motivos para ser un trauma acudir a la escuela cada día, ellos, sin embargo, acuden contentos. Creo que llegados a este punto, si unos niños en condiciones precarias lo han aprendido, conviene que todos nos quejemos menos y que estemos dispuestos a aprender cada día un poco más de la magnifica” escuela de la vida” , ¿ no os parece?.

Pilar Martinez Fernandez.