martes, 23 de febrero de 2010

Tiempos dificiles


Hay momentos en la vida que se tornan complicados, difíciles, como si se estuviera dentro de una tormenta y el zarandeo de la fuerza de las inclemencias nos desequilibrara constantemente.
Es en esos momentos donde te preguntas continuamente si no mereces una vida mejor, más tranquila, pero sobre todo más feliz. Y piensas, con gran desilusión que, la felicidad no existe realmente, que a lo sumo la tocas temporalmente para luego retornar al camino de los quebrantos, de los problemas, de aquello que siempre nos llega a destiempo a nuestro juicio y que nos hace sufrir una y otra vez eso que hacemos llamar " desencanto".
Los tiempos dificiles, son como el viento. Van, vienen, algunas veces insinuándose con pequeñas brisas, otras con verdaderos vendavales, y en el peor de los casos, para arrasar y destruir.
Pero a veces, tambien se piensa que nada más hay detrás de esa destrucción que provoca un mal viento. Cuándo algo malo nos sucede, algo que nos destroza por completo por dentro, pensamos que es más de lo que podemos soportar, y nos lamentamos, nos acongojamos, lloramos...incapaces de ver más allá de ese terrible muro que se nos pone delante.
Alguien me dijo una vez que la mayoría de las veces, vemos los problemas a la altura misma nuestra, de tal manera que nos limitamos la mirada hacia el horizonte, ese que se alza por encima de nuestra cabeza en los momentos dificiles.
Ese alguien, tambien me dijo que, ante la dificultad, ante el problema, la única manera de superarlo era trascender más allá de nuestra miras. Y ¿ Cómo hacer eso?, le pregunté yo. Simple. Alzando la mirada para dejar abajo el problema y poder ver la solución y la superación en el horizonte, todo ese camino que aún nos queda por delante.
Sin embargo, es tan dificil no sucumbir al desanimo cuando somos " hombres con problemas" ...
Un mal día, dicen que lo tiene cualquiera, la cuestión es cuando ese " cualquiera" somos nosotros y te suceden cosas que te aplastan momentaneamente como si fueras una calcamonia. Escuchas cuanto te dicen de positivo pero en tu interior te quema la situación por lo injusta que te parece.
Personalmente, me rijo mucho por el sentido de la justicia. Intento siempre equilibrar la balanza hacia ese punto donde, aunque yo pierda parte de peso, otorgue ecuanimidad allí donde se precise. Me hace sentir mejor esa forma de plantear las cosas, sin embargo, no siempre me hace sentir bien la balanza de la justicia cuando toca a otros equilibrar los platillos.
Hoy, me ha sucedido una cosa que ahora sé no tiene tanta importancia como yo se la he dado en su momento. Sin embargo, sigo albergando la amarga sensación de que el sentido de la justicia no ha estado a mi favor, y es en estas ocasiones donde pienso que hay personas, que por vivir tiempos dificiles, son más proclives a encontrarse con injusticias y a toparse con situaciones que acrecentan aún más su mala racha.
Pero he decidido alzar la cabeza por encima de mis problemas. Quizá me siga dando collejas la vida, a saber porqué razón, pero simularé que tengo una puerta abierta delante y más allá el horizonte, y que solo tengo que ir hacía esa puerta, atravesarla y seguir hasta donde me lleven mis pasos.
No quiero pensar que unicamente vivo tiempos dificiles. Quiero pensar que pese a las dificultades de este momento, las satisfacciones también habrán de llegar más tarde o más temprano.
Pienso esto al tiempo que pienso en mucha otra gente que, por ser, y perdón por la redundancia, " tiempos dificiles", están sufriendo por cuestiones muy duras. Falta de trabajo, embargos de sus casas, enfermedades,...
Hay demasiadas realidades dificiles a nuestro alrededor. Algunas algo mejor que la nuestra y otras bastante peor. No es consuelo de tontos, es ser consecuente con aquello que nos aqueja y caer en la cuenta que la magnitud de lo dificil, es una medida tan incierta como personal.
Lo esperanzador es que, si acierta el refrán; no hay mal que cien años dure.
También se dice que Dios no da problemas que no podamos soportar. Creo en esto último por cuestión de fe personal aunque, reconozco, que en días como el que he tenido antes de escribir estas líneas, cabe preguntarse si Dios no estará tensandome demasiado las cuerdas.
En frío y con mas calma, pienso que Dios, en mi caso, me está obligando a conocer mis medidas, mi elasticidad para afrontar las tensiones de la vida.
Querido Dios, me está costando entenderte, tanto como entenderme, pero todo cuanto me das, lo acepto. Eso sí, espero que lleguen esos momentos, en los cuales la elasticidad adquirida sea para encontrarme más cómoda conmigo misma y con la vida. Dificil, lo sé, pero la esperanza, cuando no hay bonanza, es algo que, según dicen, nunca debe perderse.
Pilar Martinez Fernandez.

domingo, 21 de febrero de 2010

¡¡¡ maldita escritura¡¡¡¡


En 1927 Machado es elegido para ocupar un sillón en la Academia de la Lengua. De tal elección se cuenta que el propio Antonio Machado, con esa sencillez que le caracterizó toda su vida, no lo dio importancia y a todos dijo ; "Un honor al que no aspiré nunca, casi me atreveré a decir que aspiré a no tenerlo".
Es fácil para quienes nos dedicamos a la escritura de una forma u otra, comprender las nulas aspiraciones a determinados reconocimientos. Mucho más fácil aún entenderlo cuando no se precisan honores para dar rienda a cuanto un escritor está llamado a escribir con más o menos éxito.
Y pienso esto personalmente porque si algo me ha movido todo este tiempo a escribir, ha sido la propia necesidad de hacerlo. Nada más. Como quien precisa todos los días tomar un café nada más levantarse para despertar y vivir el maravilloso día que tiene por delante. No espero éxitos, ni gran poder de convocatoria entre los lectores, ni tan siquiera escribir algo tan exultante que ocupe hueco entre los best sellers o una columna en un periódico.
Sin embargo, he sentido tristeza cuando he pensado en cuánto he perdido por el camino por el mero hecho de escribir. Ilusiones convertidas en frustraciones, desaires convertidos en decepciones, apoyos convertidos en balanzas desequilibradas, y enajenaciones, unas cuántas, por cierto, en parte por mi misma hacía lo que me rodeaba pero también por parte de personas que han estado a mi alrededor. Algunas queridas, otras menos, pero dentro de mi círculo.
Ha llegado a retumbar cuán eco en mi interior un sentimiento perverso: ¡¡¡¡ maldita escritura¡¡¡. Un grito doloroso, punzante que no deja indiferente.
No se espera nunca gran cosa de uno mismo cuando se comienza a descubrir un don, un talento. Simplemente se deja fluir hasta sorprenderse. Y es tan emocionante ese descubrir y avanzar que, todo parece preparado para seguir la andadura hacía el horizonte creativo. No se piensa en el gran éxito, no al menos, en los inicios, sino en la posibilidad de cultivar esos granos tan vigorosos en vasta y fértil tierra.
Sin embargo, cuando el tiempo pasa y cultivas más y más granos, con la dedicación propia de quien busca el mejor abono y la mejor semilla para sus campos, sí esperas cosecha.
Hoy, he vuelto a escuchar ese grito. De hecho, me lo han gritado, ¡¡¡ Maldita escritura¡¡¡¡, y he vuelto a ahondar en mis estrepitosos fracasos, en lo que ha ido quedando por el camino.
Quizá no tenga demasiados éxitos, y quizá muchas cosas hayan quedado por el camino, es cierto, pero he de decir que si algo está por conseguir, seré yo, unicamente yo quien lo consiga. Antes creí necesitar opiniones, juicios, criterios...Ahora, no. Puedo gritar o me pueden gritar una y mil veces ¡¡¡ Maldita escritura¡¡¡, pero ahora sé que solo yo puedo convertirlo en una ¡¡¡ Bendición¡¡¡.
Ser escritor, ahora sé que es serlo en primera persona. No existen sociedades, ni comanditas. Cuánto escribe es tuyo y solo tú puedes firmarlo. Puedes escribir fantasías, y serán tus fantasías. Puedes escribir historias, y serán tus historias.
No importa si gusta o no gusta, si cumple o no con las expectativas de otros. No se trata de escribir para dar gusto, sino para crear algo único, diferente, original.
Hoy me han gritado ¡¡¡ maldita escritura¡¡¡. Tiempo atrás no hubiera contestado nada. Hoy, contesto: " Es mi talento y doy gracias a Dios por ello".
Importa poco adonde llegue porque ya he llegado hasta aqui, pero hoy sé que, aún, he de llegar más lejos. No a ocupar un sillón en la Real Academia de la lengua, seguramente, pero si tener un hueco en el fascinante y nada maldito mundo de la literatura.
Pilar Martinez Fernández.

lunes, 8 de febrero de 2010

¿ Qué es lo que mas te gusta de ti?




Pensaba un poco antes de sentarme a escribir estas lineas, en una pregunta que me han hecho hoy; la cuestión fue sencilla, no lo fue tanto la respuesta. Decía así: "¿ qué es lo que más te gusta de tí?".

De repente, no supe qué contestar. Y fue algo delirante, lo confieso. Pensé en una cualidad, luego en algo de lo que verdaderamente me sintiera orgullosa, sin embargo no fui capaz de encontrar en ese momento algo de mí que realmente pudiera afirmar con rotundidad que me gustara.
Enseguida, pensé en la pregunta a la inversa:
" ´Qué es lo que no te gusta de tí?", y ahí fue dónde la cuestión fue más derrotadora, porque no deja de ser curioso que, precisamente, los más criticos con nuestra esencia personal seamos nosotros mismos, de tal forma enseguida surgieron los típicos complejos personales, los autoconceptos bajos de estima,y, cómo no, los defectos.
Es realmente una puñeta que salga siempre a relucir nuestro ser más quebradizo. Cierto que la vanidad es un defecto que no suele gustar a quienes nos rodean, pero ¿ Qué de malo hay en ser un poco vanidosos en nuestra intimidad?. No se trata de ponernos " divinos" ante el mundo, pero ¡ caramba¡, ante nosotros mismos, ver un bello reflejo al mirarnos frente al espejo tampoco creo que sea redundar en vanaglorias.
Pero yo no puedo ni por esas. Aún en este preciso momento en el que comparto aqui mis pensamientos, no soy capaz de encontrar en mí ese " algo" que más me gusta de mí.
No sé, pensándolo bien, creo que en realidad no es que no encuentre algo bueno en mí, sino que a todo lo bueno que hallo en mí le saco un " pero". Sí, eso me temo que va a ser, como el ying y el yang, que en lo bueno siempre hay un punto malo y en el malo un punto bueno.
No es buena cosa llegar a esa conclusión, me temo. Pareciera que eres el simple resultado de una resta, lo que queda de sustraer aquello bueno que realmente se tiene. No debiera ser así, no al menos de manera tan pusilanime porque, al fin y al cabo, en toda resta que se precie siempre hay un minuendo y un sustraendo, y para que un resultado sea positivo, el minuendo ( las cosas buenas) siempre tendrá que ser mayor que el sustraendo ( los " peros").
Tal vez deba volver a pensar en la pregunta, o quizá mejor en el resultado de mi resta de cosas buenas y de " peros", porque puede que en ese afan de buscarme mis propias cosquillas, lo que consiga es negarme el propio derecho a sentirme bien conmigo misma, y eso no creo que sea quererse bien, precisamente.
Asi pues, pensaré de nuevo en la gran pregunta. Y, esta vez, voy a tratar de no eclipsarme; voy a tratar de no parapetarme en mis múltiples " peros" al tiempo que hago del resultado de mi resta un número infinito de posibilidades para ser mejor.
No es mal ejercicio, verdad?. Pues a ver qué resulta. Por lo pronto ya me he percatado de algo; que me gusta pensar...y ¿ a tí?
Pilar Martinez

Entre amigos.....




De fiesta navideña ¡¡¡¡¡¡¡menuda panda¡¡¡¡ Mis compis de curso de contabilidad


Mari Mar y Pilar, dos buenas amigas









Mila, Eva y Pilar

Compañeras de baile



domingo, 7 de febrero de 2010

La escuela de la vida


Este articulo ha sido publicado, como ya es habitual desde hace más de tres años, en la revista parroquial " Iglesia en Almodovar".
Hago esta alusión especial porque siendo como soy : " una muchachita de Valladolid", os preguntareis que hago yo escribiendo para una revista parroquial de un pueblo como Almodovar del Campo de la provincia de Ciudad Real.
Bueno, la respuesta es tan sencilla como sincera: porque es en el único lugar dónde a esta escritorcilla le dan un valioso espacio en el que poder llegar con sus palabras a la gente. He estado escribiendo para otros medios, es cierto, pero es en ese rincón de La Mancha dónde lo sigo haciendo con más ilusión cada día porque valoran mi colaboración y no acuso en ningún momento menosprecio, más bien al contrario.
Agradezco a D. Tomás, parroco de la iglesia de este pueblo, aquella primera oportunidad que me dio y las sucesivas que luego me ha dado e incluso me exige con prudente impaciencia.
Y a vosotros, amigos y lectores de este rincón modesto para mis palabras, unicamente deciros que, cuánto escribo, no es para mí, sino para vosotros. No es otra cosa que hacer aquello de la parábola de los talentos...no guardarlos para sí, sino hacer algo con ellos...
Esta vez, permitidme un consejo: leed como si fuerais niños y, si podeís, seguid siendo niños, al menos en el fondo de nuestra alma.
Publicado en Iglesia en Almodovar Nº 229 http://www.iglesia.almodovardelcampo.org/
La escuela de la vida

Como sé que en este periódico de vuestra parroquia de Almodóvar, escribís también los niños, supongo que también lo leeréis con atención, así pues hoy me voy a dirigir a vosotros además de vuestros mayores. Y lo voy a hacer en principio poniéndome a vuestro nivel, queridos niños; desde quién desea tener siempre el corazón de una niña capaz de sorprenderse ante las lecciones elementales que la vida nos ofrece.
Yo cada día voy a la escuela de la vida. Sí, así como suena: a la escuela de la vida, un imaginario colegio siempre abierto dónde aprender es el único requisito exigido. No importa la edad, ni tampoco si se sabe mucho o poco, tampoco hace falta demostrar cuánto se sabe, solamente tener ganas de aprender.
Algunos mayores creen que llega un momento que no hay nada nuevo que aprender. Creen haber aprendido cuánto necesitan y dejan de mostrar interés por todo al tiempo que se creen que lo saben todo. Es la actitud de la falsa sabiduría. Sí. Así, como suena: falsa y engañosa pues os diré que, nunca nunca se deja de aprender aunque se sepan muchas cosas.
A los niños, por el contrario, os suele ocurrir otra cosa. No os gusta de por sí la escuela y aprender algunas cosas os parece un rollo. Algunos incluso os haceis algo vaguetes y estudiáis muy poco.
Pues bien, para unos y para otros, e incluso para mí misma, os voy a contar una pequeña lección que he aprendido estos días de “ la escuela de la vida”.
Me llegó por internet, ese gran invento capaz de traernos noticias y acontecimientos de cualquier rincón del planeta hasta nuestra pantalla del ordenador. Vereis. Resulta que en una comarca de Colombia, un lugar dónde al parecer no preocupa demasiado que los niños corran ciertos riesgos peligrosos para su propia vida, ocho niños de edades entre los 4 y los 8 años, cada día tienen que deslizarse por un cable de acero colgados por la cintura de unas simples cuerdas y una polea.
Claro, os preguntaréis para qué hacen eso. Nosotros en España, pagamos por montarnos en montañas rusas, en atracciones de sensaciones espeluznantes con las pertinentes medidas de seguridad, sin embargo, estos niños colombianos tienen que recorrer 800 metros de cable en bajada a 200 metros de altura durante 30 o 40 segundos que les dura el recorrido, colgados únicamente por unas maromas atadas a sus cinturas para poder ir a la escuela que se encuentra al otro lado de ese precipicio. Y no sólo esto. A la vuelta, cuándo regresan para sus casas, deben caminar hasta otra montaña dónde hay otro cable, es decir utilizan un cable de ida y otro de vuelta.
Seguramente penséis que pasan miedo o que incluso no quieran ir al colegio, pero no. Lejos de ser para ellos un motivo para no asistir cada día al colegio, un día tras otro llegan contentos y risueños hasta el extremo de ese cable de acero después de atravesar solos una carretera porque quieren aprender.
Cuándo tuve noticias de este hecho, me pregunté que clase de políticos tienen en ese país que no protegen mejor a sus niños ni les ofrecen una educación mucho más cercana y de calidad, pero también me pregunté por qué esos ocho niños eran capaces de valorar tanto su aprendizaje hasta el punto de no experimentar ni un ápice de miedo deslizándose cada día por el cable para ir a la escuela.
Pues bien, niños, mayores y yo misma. He aquí la lección a aprender.
Yo recuerdo el momento en el que le tocó a mi hijo Daniel ir por primera vez al colegio. Por aquellos días, se estaba poniendo en práctica un nuevo sistema pedagógico de adaptación al colegio para que los niños gradualmente se acostumbraran al horario escolar. Durante un mes había que llevar a los niños tan sólo dos horas. Pasado ese mes ya se les llevaba toda la jornada escolar.
Ya por aquel entonces pensé que era una solemne tontería pero hoy lo pienso con más conocimiento de causa. Con tan absurdos sistemas pedagógicos anti choque escolar, fomentamos inconscientemente el torpe concepto de “ trauma” por ir a un lugar a aprender durante cinco o seis horas al día.
No, queridos niños, no. No os debe suponer ningún trauma acudir al colegio a aprender. Es todo un privilegio que gocéis de esa oportunidad, de que hayáis nacido en una orilla próspera en la que no preciséis ningún cable ni polea para llegar a vuestro colegio y recibir toda esa cultura que precisareis para ser hombres y mujeres en el futuro. Es un privilegio que tengáis una clase y un curso para cada edad, un profesor por cada aula, una pizarra, un ordenador en la clase, libros de texto, lápices, cuadernos, uniforme...y lo mejor de todo, un colegio cerca de vuestra casa. No vale decir que no queréis ir a la escuela porque tenéis que estudiar. Eso es una absoluta ingratitud ante tantos privilegios, pero lo peor de todo es que desaprovechando lo que os ofrece vuestro colegio, también os estáis desaprovechando a vosotros mismos.
En cuánto a nosotros, los adultos, ¿ Qué decir?. Muchos son los que creen saber más de lo que realmente saben negándose a aprender de cuánto les rodea, incluso de los niños y de los más jóvenes. Precisamente, la mayor necedad, radica en creerse más sabio de lo que realmente se es. En la escuela de la vida, siempre y hasta el final de nuestros días, somos alumnos, lo que ocurre en que a veces la escuela, como algo figurado en nuestro acontecer mientras nos hacemos más y más mayores, suele plantearnos retos y enseñanzas que no encajamos con facilidad, siendo más fácil negar y dar la espalda a lo que no entendemos que abrir nuestra mente y corazón para comprender. Negarse a aprender es negarse uno mismo a crecer y por tanto empezar a marchitarse y empobrecerse.
Asi pues, niños , adultos con espíritu de niño, sabios a medio camino de la inalcanzable sabiduría, pensad un poco en esos “ niños del cable”, valerosos alumnos de la escuela de la vida que ya saben lo importante que es aprender si se quiere caminar hacía el futuro. Es grande el riesgo que corren cada día por aprender y cabe desearles que el colegio les queda a la altura de su férrea voluntad, pero teniendo motivos para ser un trauma acudir a la escuela cada día, ellos, sin embargo, acuden contentos. Creo que llegados a este punto, si unos niños en condiciones precarias lo han aprendido, conviene que todos nos quejemos menos y que estemos dispuestos a aprender cada día un poco más de la magnifica” escuela de la vida” , ¿ no os parece?.

Pilar Martinez Fernandez.



domingo, 3 de enero de 2010

¨Ya ¡¡¡¡ 2010¡¡¡¡



El tiempo es algo que no deja de ser una perplejidad en si misma. A ratos deseamos que pase rápido con el punto de mira puesto en aquello que está por llegar, mientras que en otros momentos queremos infructuosamente detenerlo para que nos deje vivir más rato la plenitud de un momento. Pero ni una cosa ni otra es posible, el tiempo es apenas un puño de arena incapaz de quedar retenido en nuestra mano. Los granos minúsculos que uno a uno consumen el tiempo, se van colando y cayendo sin remedio dejando atrás lo vivído y dejando orden y hueco a lo que se está por vivir.
Yo recuerdo que, siendo niña, pensaba en la edad que tendría cuándo llegara el año 2000. Echaba cuentas y siempre decía:- Tendré 31 años. Pero, claro, luego también empezaba a preguntarme en cómo estaría, si estaría casada, si tendría hijos, en fin...todas esas elucubraciones que se hacen cuándo piensas en el futuro con ese románticismo propio de las niñas de mi generación, educadas con los roles femeninos que luego tan frontalmente chocan con esas otras inquietudes que afloran en la edad adulta.
Hoy tengo 40 años, no es el año 2000, sino el 2010, y sigo pensando en el futuro, ¡ lo que son las cosas¡. Es cierto que miro atrás y veo un buen trecho de camino recorrido, sin embargo, siento que aún me queda mucho por vivir. Creo que a eso se le llama mirar al futuro con esperanza. Tal vez no sea de color de rosa pero vivir cada día y que un día se suceda a otro consumiendo poco a poco nuestro tiempo, no se, entiendo que es todo un privilegio que hay que saber disfrutar.
Asi pues, y aunque el 2010 nos suene demasiado redondo, rotundo, avanzado y cuantas cualidades queramos ponerle para redundar en su impronta en nuestras vidas efímeras, lo importante es que lo tenemos aqui para vivirlo con sus noches y sus días mientras sus segundos, semejantes a los granos de arena, se van sucediendo para quedar atrás. Como bien dijo alguien sabio que no recuerdo: no importa el destino, lo que importa es el viaje. Vivir es nuestro viaje, el destino en cualquir caso siempre es finalmente la muerte, asi pues para qué pensar en el destino, entonces.
Feliz año 2010 para todos, para los que estais vivos, para los que os sentís vivos y sobre todo para quienes sois unos apasionados de la vida, contradictoria, zozobrante y enigmática, pero el mejor regalo sin ninguna duda para nosotros, pobre mortales.
Pilar Martinez Fernandez


martes, 29 de diciembre de 2009

Fabricando la Navidad


Alguien, no se sabe a quién, se le ocurrió que la Navidad debía ser un tiempo diferente, un espacio en ese continuo discurrir de los días en el que debían hacerse cosas distintas; estar más alegres, reunirse con la gente, congratularse, comer, brindar...y , por supuesto, regalar; regalar cosas materiales para seguir acumulando cantidad de enseres que bien mirado, sólo satisfacen al principio.
No sé, quizá con el tiempo el sentido práctico se pierde, o puede que no se pierda en realidad, simplemente lo ponemos entre parentesis, pero lo cierto es que cada año la maquinaria de la Navidad se pone en funcionamiento hasta desbordar su producción en valores cada vez más caros pero de peor calidad.
Creo que la Navidad, en realidad, es otra cosa, en mi tienda durante toda la navidad he puesto una frase:
"No existe la Navidad ideal, solo la Navidad que usted decida crear como reflejo de sus valores, deseos, seres queridos y tradiciones"
Que pensaís vosotros?...¿ Sois buenas fábricas de la Navidad?. A continuación, mi reflexión de este año y de paso, mis mejores deseos para todos en el 2010.
Fabricando la Navidad


Es tiempo de brillos, luces, villancicos, de sacar de las cajas esos adornos navideños con los que se engalanan los hogares, los comercios, los lugares de trabajo...
Tiempo de escribir a los amigos y parientes e mails y tarjetas navideñas llenas de frases bonitas, otras ocurrentes, algunas chistosas con nuestros mejores deseos y ganas de trasmitir alegría...
Tiempo, en definitiva, de poner a tope la maquinaria que fabrica cada año la navidad, esos días en los que se celebra casi todo como si fuera un tiempo especial y diferente al resto del año.
Lo es, desde luego, pero no en la forma ni con la distorsión que asoma en nuestras vidas, no al menos en la vida de quienes debiéramos sentirla más desde la profundidad de nuestra fe cristiana.
El otro día, en mi buzón me metieron un folleto de publicidad de una compañía de telefonía. En el folleto, muy invernal y navideño, dicho sea de paso, venía el siguiente eslogan: “ Bienvenido a la fábrica de la ilusión”.
Claro, al leer este tipo de frases, inevitablemente sientes que se está apelando a ese niño o niña que todos llevamos consigo a pesar de los años cumplidos..
Así, de pronto, al darme la bienvenida a esa peculiar fábrica, quise dar un poco de rienda a la curiosidad, así pues pasé la hoja y seguí leyendo.
La cosa fue cuando menos curiosa. Con igual sintonía para captar la atención, en el interior se comenzaba con un “ Erase una vez una fábrica...” para luego continuar: “ Asi empieza la mejor historia de estas Navidades. Una historia cargada de regalos y por supuesto con un final feliz: un movil nuevo para usted.”
Comprenderán que, después de leer ese pequeño texto publicitario, el pequeño atisbo de ilusión curioso que comenzó en la página anterior, quedara en un simplón:- ¡Pues vaya¡. Claro que al fin y al cabo ¿ Qué esperaba?. En unos tiempos dónde la publicidad juega al más ingenioso todavía, no es extraño que utilice mensajes sensacionalistas aunque luego roce el absurdo.
Pero lo cierto es que ese absurdo, nos guste o no, guarda cierta similitud con el modo en que se vive la navidad dentro de nuestra sociedad.
De pronto, llega Diciembre y nos ponemos en funcionamiento cuán fábricas de la Navidad. Pareciera que quisiéramos a toda costa buscar la felicidad sin importarnos demasiado el verdadero mensaje que tenemos que trasmitir. Creemos que tenemos que regalar por encima de todo, que tenemos que engalanar nuestra mesa y poner menús suculentos o incluso que tenemos que adornar nuestros hogares con motivos navideños porque de otro modo pareciera que no es Navidad y no hay modo de ser felices esos días.
Pero, todo esto es complementario, quizá demasiado complementario si consideramos que en muchas personas es lo único que prevalece, sin embargo detrás hay toda una materia prima que no debemos obviar.
La Navidad, en realidad, bien podría decirse que es el producto final de esa fábrica que trabaja todo el año en nuestro corazón. En el cristiano es el agradecimiento, la reafirmación y renovación de su fé ante la celebración del nacimiento de Jesús, ese niño-hombre-Dios que da sentido a cuánto cree,
y por tanto le corresponde celebrarlo con su propia entrega personal hacía cuántos le rodean; su familia, sus amigos, sus compañeros de trabajo, vecinos...Cómo lo haga es, simplemente, una opción en sintonía con su sentido de la generosidad, de la alegría y del propio amor que sienta por los demás, y creo que nadie, ninguna fábrica, empresa, ente o mente, puede dirigir esa celebración que ha estado fraguándose día a día y a lo largo del año en el corazón del cristiano.
Es difícil no sucumbir a tanto brillo navideño. Soy la primera en reconocerlo porque la sociedad tiene un movimiento que nos mece casi por propia inercia, pero para un cristiano Navidad debe ser algo más.
Alguien que conozco, suele decir que para él Navidad es todos los días del año. Qué gran cosa es sentir eso. Es sin duda el mejor engranaje para mover
la maquinaria de nuestra vida. Pero quizá, para los que aún somos algo torpes a la hora de mover todos nuestros resortes interiores, baste con no dejar que nos “ fabriquen la navidad” con tan floja materia prima, sino con la nuestra, la que no necesita anuncios, eslogans ni ilusiones vanas, sino fe y corazón.
Que así sea. ¡¡¡¡ FELIZ NAVIDAD¡¡¡¡.


Pilar Martinez Fernandez.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Amor a los animales



Este es mi gatito " copito". No es de una raza concreta, sin embargo, es único. Sólo él es capaz de mirarme sin juzgar, sin pensar nada malo de mí, pero sobre todo, quiere estar conmigo simplemente " estando".

Los animales sólo quieren estar con nosotros, sin prejuicios y enajenados de cuánto nos suele condicionar a los humanos a la hora de estar con nuestros semejantes.

A cambio, les solemos dar cuidados y en muchos casos, amor. De ahí nacen muchas historias personales que demuestran a diario la entrega reciproca que existe entre hombre y animal. Y, a menudo, también los más bellos sentimientos aunque de los animales se diga que les mueve su instinto, no su corazón.

Articulo publicado en Iglesia de Almodovar Nº 227

Amor a los animales

El amor está en todas partes. No tiene una forma definida pero lo envuelve todo. No se vende en ningún frasco como un elixir, sin embargo, algunas veces se puede comprar. Sé que es una afirmación arriesgada, aunque, más que arriesgada yo diría que incluso frívola, pero no. No lo es en el contexto que hoy en estas líneas me propongo contar.
Por mi ocupación profesional actual, tengo la bonita labor de atender a personas que, o bien se preocupan por el cuidado de sus mascotas o desean adquirir una. Ambos aspectos me demuestran a diario que los animales son algo más que esa connotación un tanto “ salvaje” que se suele tener de ellos por su instinto y por su supuesta irracionalidad, encontrándome al tiempo con casos verdaderamente singulares que invitan a detenerse en un análisis algo más profundo sobre la cuestión.
Empezaré por uno de los hechos que más me impresionó desde el primer momento: una mujer de unos cuarenta años entra en la tienda y con voz temblorosa pregunta: - ¿ Vendéis cobayas?.
Al contestarla que no, la mujer mostró su decepción entristeciéndosele el rostro de una manera un tanto desconcertante para mí pues no abarcaba a comprender en ese momento tanta desilusión.
Pudo quedar la cosa así sin más, sin embargo, esa mujer venía con algo más tras de sí, algo me instintivamente me movió a profundizar en esa desilusión. Le pregunté por qué quería una cobaya y no un canario, por ejemplo, animalillos que sí tenía y que cantaban que era un primor.
La contestación fue inmediata: - porque necesito un animal al que poder abrazar y querer. Cogerlo entre mis brazos y darle amor.
Naturalmente, enseguida pensé en un perro o un gato como el animal más idóneo para ese tipo de entrega personal y acogedora, algo que estaba dispuesta a proporcionarle a través de conocidos que tenían cachorros sin coste alguno, pero había unos impedimentos muy concretos para que esa opción no fuera viable. – Mi casero no me deja tener animales de ese tipo, y he pensado en un conejo o una cobaya porque no hacen ruido y puedo tenerlo en una jaula.
Una vez más la tristeza volvió a dibujarse en su cara como si una sombra volviera a ponerse encima de su cabeza. Enseguida intuí que a esa mujer le ocurría algo más que el mero hecho de buscar una mascota idónea para ella en mi tienda, y como suele ocurrir en esas ocasiones en las que todo es propicio para que conozcas otras realidades, el caudal personal de esa mujer empezó a fluir como un río en ese momento.
La mujer de unos cuarenta años que tenía frente a mí, resultó ser una de las miles de mujeres maltratadas por sus parejas en este país. Una mujer que había sufrido el peor maltrato que un ser humano puede sentir; el psicológico por un lado, y el más lacerante para la carne, la vejación y los golpes.
Había decidido denunciar a su pareja después de dos años de continua tortura física y emocional y vivía con el miedo en el cuerpo porque el maltratador la tenía amenazada a pesar de tener una orden de alejamiento.
Lo chocante quizá de esta historia para quienes no alcanzan a comprender qué puede aportar una animalillo como una cobaya a una mujer que ha sufrido maltrato, es que un sufrimiento tan grande no es fácil de eliminar y que necesita mucho tiempo para devolver, si es que alguna vez lo devuelve, el equilibrio emocional de una persona maltratada, pero he aquí lo hermoso que encierran las cosas pequeñas, o en este caso los pequeños animalillos, pues esta mujer, como enseguida comprendí sin mucho esfuerzo, necesitaba sentirse querida de alguna manera con la mirada de un pequeño ser que viera en ella su bondad. Necesitaba sentir el tacto suave y el calor de un pequeño ser que quisiera estar entre sus manos y pegada a su pecho en sus ratos de soledad, en definitiva, demostrar y sentir un poco de amor, el de un animal sí, pero despojado de toda esa posesión y obsesión que había padecido de un ser humano, de quién había dado en llamarse su compañero y quién del mismo modo le había dicho que la quería.
Es triste tener que conformarse con tan poco cuándo el corazón tiene tanta capacidad de amar, pero con esta historia pretendo demostrarles, queridos lectores, que el amor siempre busca un recoveco el cuál acomodarse por muy pequeño y mínimo que éste sea. Hay quién por razones de peso, no lo encuentra en sus semejantes y sin embargo, busca mitigarlo en su animal de compañía. Un absurdo para algunos quizá pero un bálsamo para quién ha sufrido muy profundamente el desamor y encuentra en los ojos de una cobaya, un gato o un perro, la adoración, la compañía y la fidelidad.
Cuándo vuelva a la tienda esta mujer, sabré si por fin compró una cobaya en el lugar que la recomendé, y les prometo contarles el final de esta historia, que no es otra que la de muchas y muchas mujeres que luchan por recuperar lo que les han robado miserablemente; su autoestima y su fe en el amor.
Pero permítanme contarles otra pequeña anécdota, algo más alegre, eso sí, pero sobre todo entrañable.
Un hombre entra en la tienda buscando poder comprar un periquito hembra para su padre de noventa y dos años.
- Quiero una hembra, precisamente, porque a mi padre se le ha muerto hace unos días la que tenía y está triste porque ve la jaula vacía.
A quienes se nos han ido esos pequeños “ amigos” de nuestras vidas de manera súbita, nos es fácil comprender el vacío que en un principio nos dejan. A menudo se superan enseguida pero a veces también se da el caso de que con ese animal, también se vaya una pequeña rutina que ofrecía un motivo con el qué ocupar un sosegado tiempo. Eso era, precisamente, lo que le ocurría a este anciano de noventa y dos años. Con su “ periquita”, se había ido parte de sus desvelos y su entretenimiento. Así pues, ayudarle a recuperar su ilusión, no sólo fue tarea fácil sino muy grata.
A los pocos días, el hijo volvió a la tienda y trajo a su padre con él para llevarse una periquita. Traía su jaulita bien limpia para meterla allí con una ilusión tremenda. Lo llevé hasta el apartado de la tienda dónde están las jaulas con los diferentes pájaros y allí, sus ojillos, se abrieron como platos.
- Uy, dijo todo ilusionado. Esa amarillita jaspeada que esta ahí....¡ esa, esa quiero¡. ¡ Qué bonita es¡.
Ciertamente se llevo la más brillante de pluma, y si me apuran la más idónea porque se dejó coger sin mucho esfuerzo como si, de alguna manera, supiera que estaba destinada a ese anciano que la había escogido.
La cara del anciano rebosaba dicha en ese instante. Como si le dieran un juguete nuevo a un niño. Le regalé el bebedero de agua y le llené los comederos de alpiste.
- Muchas gracias, me dijo casi engolando la voz al tiempo que sus ojillos se enternecían contemplando a su “ periquita”.
- Ya me puede decir usted el nombre que le pone eh?..Y cuídemela bien...le dije sonriéndole.
- Si, si...dijo como un niño obediente.
Pueden imaginar la sensación placentera que se puede sentir cuándo ves que haces feliz a alguien con algo tan sencillo.
Cuándo se marchaba de la tienda con la jaula de la mano y con su “ Periquita”, sentí que había vendido amor por muy poca cantidad, sin embargo en cuestión de instantes se había multiplicado por el infinito. La vida de ese anciano volvía a tener ese combustible que hasta el final de nuestros días todos necesitamos: el amor.
Pero esta anécdota, a mí personalmente, me enseñó algo más, o al menos me mostró la cara esperanzadora de la vejez.
A pesar del peso de los años y de la longevidad a la que con suerte podemos llegar si Dios nos otorga ese don, se puede mantener muy viva la chispa de la ilusión y las ganas de vivir cada día como un regalo renovado cada amanecer que despertamos. Es, en cierto modo, dejar que nuestro “ niño” interior nos hable y aflore. Algo que este hombre de noventa y dos años dejaba aflorar sin menoscabo de su sabiduría y experiencia en la vida pues, su lucidez mental, se debía a su dedicación a la lectura, entre otras cosas, durante toda su vida.
Para terminar, sólo me queda añadir que, es fácil encontrar amor a pocos pasos, lo que ocurre es que no siempre se presenta de la misma forma. El amor por los animales es, simplemente, una forma más a tener en cuenta, tal vez con sus limitaciones, o simplemente baste para quienes han sentido los zarpazos de la vida a través de sus semejantes, pero de cualquier forma amor que ennoblece, que deja aflorar bondad, desvelos, cariño, calor...aquello que desde el fondo de nuestra alma, siempre queremos para sí.
Así pues, si tienen animales, quiéranles mucho, pues como bien se dice, también son criaturas de Dios y, Él, no hay duda de que también los quiere.

Pilar Martinez Fernandez

jueves, 29 de octubre de 2009

La llamada de la libélula


La singularidad de las libélulas es que pueden plegar sus alitas y parecer hojas de un libro, de ahí su nombre. Se dice que etimológicamente
" libélula" viene de " librito". En Japón es símbolo de felicidad, éxito, coraje...y en las familias de alto linaje se acostumbra a usar este insecto como símbolo.
Desde luego es hermoso y tal vez uno de los insectos estetícamente más equilibrados. De ahí que de su observación este inspirado este articulo.
Publicado en la Revista " Iglesia en Almódovar" nª 226
Hay cosas que pueden parecer en un principio insignificantes, otras pasan inadvertidas por esa falta de observación de la que pecamos tantas veces, pero personalmente, cuánto más me detengo a observar, más cosas insignificantes en un principio pasan a ser sustanciales e incluso aleccionadoramente hermosas después.
Hace tiempo, cuando acostumbraba a limpiar en verano la pequeña piscina que tenía en mi jardín, solía ver pequeños insectos en la superficie del agua luchando desesperadamente para salir de allí y evitar ahogarse.
La mayoría de las veces eran avispas, pero también caían libélulas, alguna que otra mariposa e incluso mosquitos considerables. Su lucha contra aquello que les iba a quitar la vida me conmovía tanto que con la redecilla que solía limpiar las hojas en el agua, les cogía para depositarlos en otro lugar y así ayudarles a sobrevivir a ese infortunio. Era curioso después observar cómo los insectos seguían luchando para emprender de nuevo su peculiar vuelo. Movían sus alitas, mojadas y casi pegadas a sus minúsculos cuerpecillos hasta que conseguían que se secaran. En concreto una libélula estuvo sin rendirse casi medía hora hasta que consiguió desplegar sus trasparentes alas y volar de nuevo. Y recuerdo que de aquella observación pensé en lo milagrosa que es la existencia en sí misma en cada ser vivo, en la belleza que encierra cada criatura y en lo necesaria que es para vivir en equilibrio con la naturaleza.
Hoy he recordado esto después de volver a ver la película “ Madame Butterfly” precisamente después de ver una escena en la que, al igual que hacía yo en mi piscina, un hombre japonés se dedicaba muy afanosamente a coger del borde de un canal con una redecilla a las libélulas que se acumulaban allí presas de la humedad del lugar. Lo bello de esta escena es la meticulosidad con la que el hombre coge con sus dedos la libélula para no dañarla, como si entre sus dedos tuviera algo frágil y al tiempo valioso.
El protagonista de la película, al ver a ese hombre tan sumergido en esa tarea le pregunta: - ¿ Qué está haciendo?. Y, el hombre, mirándole le sonríe al tiempo que eleva una de las libélulas que tiene entre sus dedos y simula que vuela hasta colocarla en la palma de la mano de quién le ha preguntado.
En un siguiente plano, la libélula, tras varios aleteos, finalmente levanta el vuelo y desaparece.
Para un mero observador primario, este tipo de cosas pueden ser simplemente detalles sutiles con la naturaleza por parte de personas con una sensibilidad especial o con un sentido de la vida más elevado, y no sé equivoca en absoluto, pero he de decir más por mí misma que por cualquiera de ustedes, amigos lectores, que una vez más es el modo de mirar lo que nos hace hallar la esencia verdadera en todo cuánto nos rodea.
Dios ha creado un mundo con un equilibrio perfecto. Creado para vivir en completa simbiosis y capaz de albergar a todas las criaturas, ¿Qué es lo que le hace tan injusto en muchas ocasiones? ¿ Qué es lo que le hace tambalear y desigualar sus dos platillos en la balanza?. Pues, la respuesta es sencilla: el hombre. Nosotros mismos con nuestra aptitud de adaptar el medio a nosotros en lugar de adaptarnos nosotros al medio como hacen las plantas y los animales.
Es el hombre el que causa el desequilibrio, el que descompensa los platillos de la balanza del mundo que Dios ha creado con su sentido de la ambición, de la comodidad, del bienestar, de sus propios egoismos...
El hecho de que existan personas capaces de ver en cuánto les rodea un motivo de entrega personal más allá de sí mismos, un motivo de servir y de ser útil, es lo que le da al mundo la oportunidad de seguir manteniendo el equilibrio para no alejarse cada vez más de la belleza que guarda la perfección.
El hombre chino de la película “ Madame Butterfly” con esa voluntaria tarea que asume de salvar a las libélulas, no se hace rico ni llena su despensa de alimentos, sin embargo contribuye a que esos insectos sigan cumpliendo la tarea que les ha sido asignada cuándo fueron creados: la de polinizar plantas que luego habrán de dar su correspondiente fruto. Y, así, con toda esa cadena trófica que hace a toda criatura útil y necesaria para vivir en equilibrio con la naturaleza y por tanto con todo aquello que nos ha sido otorgado.
Así pues, pensemos y miremos un poco más allá de nuestras comodidades y de nuestras quejas. Analicémonos un poco, interioricemos para ver qué podemos hacer por ese exterior a menudo tan desequilibrado; por esas plantas bellas que nos rodean, por esos animales que habitan cerca de nosotros, por esos bosques, montes, lugares preciosos que ensuciamos con esa torpe manera de pasar por ellos, por esos rincones del planeta dónde la pobreza y la inanición se ceba con los débiles, por ese vecino o amigo que sufre por alguna razón, en definitiva, por todo aquello que acusa desequilibrio.
Es una utopía alcanzar la perfección en la tierra pero sí que podemos evitar ser menos imperfectos y ser más justos si, en lugar de quejarnos y ser críticos, abrimos nuestros cinco sentidos para percibir dónde y de qué manera podemos dar más de nosotros mismos.
Y, créanme, no hace falta irse demasiado lejos. A veces, a pocos pasos, una libélula les puede estar llamando.

Pilar Martínez Fernández

lunes, 5 de octubre de 2009

Articulo publicado en la revista " Iglesia en Almódovar" Nº 225 y en la web www.iglesia.almodovardelcampo.org


















Alas para volar

Hoy inicio estas líneas poniéndole unas figuradas alas al pensamiento para darle su oportunidad a ese interior que, a menudo, por flaquezas e inseguridades, le niego el vuelo y por tanto mi elevación más allá de la tierra firme por la cual camino.
Y, como con alas comienzo y de volar se trata, comenzaré contando una sencilla anécdota para luego, como digo, trascender con las alas del pensamiento y, una vez más, ofrecerles mi personal reflexión.
En cierta ocasión, mi hijo mayor llegó a casa con una cría de golondrina. La encontró en la calle, desorientada y sin poder levantar el vuelo. Se había caído del nido, como ocurre muy menudo con aquellos pajarillos inquietos y ansiosos por volar.
Mi hijo la trajo entre sus manos como quién albergaba algo delicado y frágil, procurándole protección al tiempo que le nacía el imperioso deseo de cuidarla.
Desde el primer momento, al verla entre sus manos tan pequeñita, con los ojos cerrados y sus plumillas aún pelusilla encrespada, sospeché que los nobles propósitos de mi hijo con esa pequeña ave iban a ser infructuosos. De niña tuve experiencias de ese tipo y excepto con un pollito que me compró mi abuela y que luego tuvimos que sacrificar porque se hizo enorme, lo cuál he de decir que aquel “ pollicidio” me provocó su correspondiente desazón, todas aquellas crías de gorrioncillos y demás, acabaron muriendo irremediablemente. Pero, aún así, decidimos ambos darle la oportunidad al indefenso polluelo para que sobreviviera.
Al principio, la cría de golondrina colaboraba con nuestros desvelos por cuidarla. Incluso, yo misma, acordándome del libro de Richard Bach “Juan Salvador Gaviota”, hasta le puse casi el mismo nombre: Juan Salvador Golondrina con la esperanza de que, al igual que la gaviota protagonista del libro, luchara por aprender a volar y planeara por el cielo.
Pero, después de tres días de celoso cuidado, la golondrina amaneció muerta.
Se impuso una vez más la propia ley natural con una pequeña ave que, por alguna razón, no debía sobrevivir a su prematuro abandono del nido.
Y he aquí dónde y a partir de esta singular experiencia, mis alas interiores empezaron a aletear. Quizá no fuera más que un pajarillo atolondrado e impaciente por vivir al margen de las propias reglas que marca la naturaleza, sin embargo, también pudo ocurrir que, a pesar de tantas cosas en su contra y de responder a su inquietud por levantar el vuelo algo prematuramente, lo hubiera conseguido finalmente a partir de ese encuentro casual a ras del suelo con mi hijo en plena calle. De haber sido así, quizá hoy hubiera podido escribir aquí que consiguió ser una golondrina singular, especial, distinta a las demás golondrinas y un ejemplo palpable de que, aún siendo un sencillo pajarillo, se puede luchar contra la adversidad y salir crecido.
No puedo escribir ese final romántico, más bien y sirviendo de eco al pensamiento primario, lo que cabe escribir es el reproche más que probable de los hermanos de nido de la pequeña golondrina de conocer su triste final : - ¡ Ves, tonta, lo que te ha ocurrido por querer volar antes de tiempo¡.
Pero esto, como digo, es lo primario. ¿ Qué nos puede enseñar, en realidad, esta anécdota ?. ¿ En qué posición debemos colocarnos?, ¿ En el de la pequeña golondrina?, o quizá ¿ en la de sus hermanos de nido?.
Sometámonos a este sencillo ejercicio con honestidad y desplegando nuestras alas interiores. Dejemos un poco a un lado los típicos pensamientos sostenidos por el siempre impertérrito sentido práctico que se le aplica a todo aquello que parece no tener posibilidades de ser de otra manera, y dejemos que afloren esas inquietudes que todos albergamos, a menudo en silencio por miedo al ridículo o simplemente por mera inseguridad.
Toda elevación, toda proyección más allá de lo establecido, conlleva el riesgo al fracaso, a no llegar y quedarse a medio camino o incluso a la soledad, pero no es menos cierto que de la adversidad, de la dificultad, han surgido grandes glorias y aleccionadoras victorias.
El hecho de recordar a Juan Salvador Gaviota, el protagonista de un libro, por cierto, recomendable por su fácil y aleccionadora lectura, me llevó a reflexionar una vez más en la esencia que encierra la diferencia, a veces cuestionada, mal interpretada e incluso rechazada por quienes siguen torpemente la inercia de la masa y del pensamiento único.
La gaviota del libro, esencialmente se empeña en vivir conforme a lo que interiormente siente muy en contra de lo que establece su “ sociedad”, pasando por diferentes etapas y aprendizajes que culminan en un total y pleno sentido de su existencia.
No voy a desvelar aquí más línea argumental del libro pues al recomendar su lectura también pretendo que descubran, amigos lectores, la valiosa lección que enseña, pero si quiero extenderme, por el contrario, en algo que considero importante.
Todos somos llamados a ser especiales y únicos. El problema es que nos lleva algunas veces demasiado tiempo conocernos plenamente, entre otras razones porque nos dejamos engullir por los convencionalismos y estereotipos que, la propia comunidad y sociedad en la cuál vivimos, marca con la etiqueta de idoneidad. Pero, ¿ Quién determina qué es lo idóneo?, ¿ Acaso no es un hecho que no hay dos seres humanos iguales?, y si esto es así ¿ No es lógico que existan tantos modos de sentir como seres humanos distintos existen?. ¿ Por qué entonces llega a resultar tan difícil para el diferente, vivir con su diferencia?, ¿ Por qué lo juzgamos, lo apuntamos con el dedo o incluso lo excluimos de nuestro espectro?
Tantos años sobreviviendo la raza humana y aún no ha aprendido a tolerarse en sus diferencias.
Dios pudo crearnos a todos iguales. Limitarse a dotarnos un cuerpo estereotipado que alimentar, con unas manos para trabajar y un corazón que simplemente bombeara sangre para que llegara a cada rincón de nuestro cuerpo físico, sin embargo, nos creó a cada uno como una obra de arte única.
Así pues, ¿ No creen que es un completo desperdicio abandonarnos tanto de pensamiento y, a menudo, también de obra?.
Pensemos al menos en ello, démonos más oportunidades. No permitamos que esos pensamientos únicos, unidireccionales, establecidos por aquellos que a todo necesitan ponerle su etiqueta como si fuéramos frascos de conserva, nos limiten y corten nuestras alas personales y únicas.
Decía Pascal que “ El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que le sostiene”. Yo, simplemente añado: las alas del hombre, no son de plumas ni tienen espolones. Son de ilusión, de esperanza, de genialidad, de amor... con unas alas así,
¿ Qué puede impedir dirigirnos hacía un horizonte infinito?. Mi conclusión: unicamente, nosotros mismos....


Pilar Martinez Fernandez.