martes, 23 de febrero de 2010
Tiempos dificiles
domingo, 21 de febrero de 2010
¡¡¡ maldita escritura¡¡¡¡
lunes, 8 de febrero de 2010
¿ Qué es lo que mas te gusta de ti?

domingo, 7 de febrero de 2010
La escuela de la vida

Como sé que en este periódico de vuestra parroquia de Almodóvar, escribís también los niños, supongo que también lo leeréis con atención, así pues hoy me voy a dirigir a vosotros además de vuestros mayores. Y lo voy a hacer en principio poniéndome a vuestro nivel, queridos niños; desde quién desea tener siempre el corazón de una niña capaz de sorprenderse ante las lecciones elementales que la vida nos ofrece.
Yo cada día voy a la escuela de la vida. Sí, así como suena: a la escuela de la vida, un imaginario colegio siempre abierto dónde aprender es el único requisito exigido. No importa la edad, ni tampoco si se sabe mucho o poco, tampoco hace falta demostrar cuánto se sabe, solamente tener ganas de aprender.
Algunos mayores creen que llega un momento que no hay nada nuevo que aprender. Creen haber aprendido cuánto necesitan y dejan de mostrar interés por todo al tiempo que se creen que lo saben todo. Es la actitud de la falsa sabiduría. Sí. Así, como suena: falsa y engañosa pues os diré que, nunca nunca se deja de aprender aunque se sepan muchas cosas.
A los niños, por el contrario, os suele ocurrir otra cosa. No os gusta de por sí la escuela y aprender algunas cosas os parece un rollo. Algunos incluso os haceis algo vaguetes y estudiáis muy poco.
Pues bien, para unos y para otros, e incluso para mí misma, os voy a contar una pequeña lección que he aprendido estos días de “ la escuela de la vida”.
Me llegó por internet, ese gran invento capaz de traernos noticias y acontecimientos de cualquier rincón del planeta hasta nuestra pantalla del ordenador. Vereis. Resulta que en una comarca de Colombia, un lugar dónde al parecer no preocupa demasiado que los niños corran ciertos riesgos peligrosos para su propia vida, ocho niños de edades entre los 4 y los 8 años, cada día tienen que deslizarse por un cable de acero colgados por la cintura de unas simples cuerdas y una polea.
Claro, os preguntaréis para qué hacen eso. Nosotros en España, pagamos por montarnos en montañas rusas, en atracciones de sensaciones espeluznantes con las pertinentes medidas de seguridad, sin embargo, estos niños colombianos tienen que recorrer 800 metros de cable en bajada a 200 metros de altura durante 30 o 40 segundos que les dura el recorrido, colgados únicamente por unas maromas atadas a sus cinturas para poder ir a la escuela que se encuentra al otro lado de ese precipicio. Y no sólo esto. A la vuelta, cuándo regresan para sus casas, deben caminar hasta otra montaña dónde hay otro cable, es decir utilizan un cable de ida y otro de vuelta.
Seguramente penséis que pasan miedo o que incluso no quieran ir al colegio, pero no. Lejos de ser para ellos un motivo para no asistir cada día al colegio, un día tras otro llegan contentos y risueños hasta el extremo de ese cable de acero después de atravesar solos una carretera porque quieren aprender.
Cuándo tuve noticias de este hecho, me pregunté que clase de políticos tienen en ese país que no protegen mejor a sus niños ni les ofrecen una educación mucho más cercana y de calidad, pero también me pregunté por qué esos ocho niños eran capaces de valorar tanto su aprendizaje hasta el punto de no experimentar ni un ápice de miedo deslizándose cada día por el cable para ir a la escuela.
Pues bien, niños, mayores y yo misma. He aquí la lección a aprender.
Yo recuerdo el momento en el que le tocó a mi hijo Daniel ir por primera vez al colegio. Por aquellos días, se estaba poniendo en práctica un nuevo sistema pedagógico de adaptación al colegio para que los niños gradualmente se acostumbraran al horario escolar. Durante un mes había que llevar a los niños tan sólo dos horas. Pasado ese mes ya se les llevaba toda la jornada escolar.
Ya por aquel entonces pensé que era una solemne tontería pero hoy lo pienso con más conocimiento de causa. Con tan absurdos sistemas pedagógicos anti choque escolar, fomentamos inconscientemente el torpe concepto de “ trauma” por ir a un lugar a aprender durante cinco o seis horas al día.
No, queridos niños, no. No os debe suponer ningún trauma acudir al colegio a aprender. Es todo un privilegio que gocéis de esa oportunidad, de que hayáis nacido en una orilla próspera en la que no preciséis ningún cable ni polea para llegar a vuestro colegio y recibir toda esa cultura que precisareis para ser hombres y mujeres en el futuro. Es un privilegio que tengáis una clase y un curso para cada edad, un profesor por cada aula, una pizarra, un ordenador en la clase, libros de texto, lápices, cuadernos, uniforme...y lo mejor de todo, un colegio cerca de vuestra casa. No vale decir que no queréis ir a la escuela porque tenéis que estudiar. Eso es una absoluta ingratitud ante tantos privilegios, pero lo peor de todo es que desaprovechando lo que os ofrece vuestro colegio, también os estáis desaprovechando a vosotros mismos.
En cuánto a nosotros, los adultos, ¿ Qué decir?. Muchos son los que creen saber más de lo que realmente saben negándose a aprender de cuánto les rodea, incluso de los niños y de los más jóvenes. Precisamente, la mayor necedad, radica en creerse más sabio de lo que realmente se es. En la escuela de la vida, siempre y hasta el final de nuestros días, somos alumnos, lo que ocurre en que a veces la escuela, como algo figurado en nuestro acontecer mientras nos hacemos más y más mayores, suele plantearnos retos y enseñanzas que no encajamos con facilidad, siendo más fácil negar y dar la espalda a lo que no entendemos que abrir nuestra mente y corazón para comprender. Negarse a aprender es negarse uno mismo a crecer y por tanto empezar a marchitarse y empobrecerse.
Asi pues, niños , adultos con espíritu de niño, sabios a medio camino de la inalcanzable sabiduría, pensad un poco en esos “ niños del cable”, valerosos alumnos de la escuela de la vida que ya saben lo importante que es aprender si se quiere caminar hacía el futuro. Es grande el riesgo que corren cada día por aprender y cabe desearles que el colegio les queda a la altura de su férrea voluntad, pero teniendo motivos para ser un trauma acudir a la escuela cada día, ellos, sin embargo, acuden contentos. Creo que llegados a este punto, si unos niños en condiciones precarias lo han aprendido, conviene que todos nos quejemos menos y que estemos dispuestos a aprender cada día un poco más de la magnifica” escuela de la vida” , ¿ no os parece?.
Pilar Martinez Fernandez.
domingo, 3 de enero de 2010
¨Ya ¡¡¡¡ 2010¡¡¡¡

El tiempo es algo que no deja de ser una perplejidad en si misma. A ratos deseamos que pase rápido con el punto de mira puesto en aquello que está por llegar, mientras que en otros momentos queremos infructuosamente detenerlo para que nos deje vivir más rato la plenitud de un momento. Pero ni una cosa ni otra es posible, el tiempo es apenas un puño de arena incapaz de quedar retenido en nuestra mano. Los granos minúsculos que uno a uno consumen el tiempo, se van colando y cayendo sin remedio dejando atrás lo vivído y dejando orden y hueco a lo que se está por vivir.
Yo recuerdo que, siendo niña, pensaba en la edad que tendría cuándo llegara el año 2000. Echaba cuentas y siempre decía:- Tendré 31 años. Pero, claro, luego también empezaba a preguntarme en cómo estaría, si estaría casada, si tendría hijos, en fin...todas esas elucubraciones que se hacen cuándo piensas en el futuro con ese románticismo propio de las niñas de mi generación, educadas con los roles femeninos que luego tan frontalmente chocan con esas otras inquietudes que afloran en la edad adulta.
Hoy tengo 40 años, no es el año 2000, sino el 2010, y sigo pensando en el futuro, ¡ lo que son las cosas¡. Es cierto que miro atrás y veo un buen trecho de camino recorrido, sin embargo, siento que aún me queda mucho por vivir. Creo que a eso se le llama mirar al futuro con esperanza. Tal vez no sea de color de rosa pero vivir cada día y que un día se suceda a otro consumiendo poco a poco nuestro tiempo, no se, entiendo que es todo un privilegio que hay que saber disfrutar.
Asi pues, y aunque el 2010 nos suene demasiado redondo, rotundo, avanzado y cuantas cualidades queramos ponerle para redundar en su impronta en nuestras vidas efímeras, lo importante es que lo tenemos aqui para vivirlo con sus noches y sus días mientras sus segundos, semejantes a los granos de arena, se van sucediendo para quedar atrás. Como bien dijo alguien sabio que no recuerdo: no importa el destino, lo que importa es el viaje. Vivir es nuestro viaje, el destino en cualquir caso siempre es finalmente la muerte, asi pues para qué pensar en el destino, entonces.
Feliz año 2010 para todos, para los que estais vivos, para los que os sentís vivos y sobre todo para quienes sois unos apasionados de la vida, contradictoria, zozobrante y enigmática, pero el mejor regalo sin ninguna duda para nosotros, pobre mortales.
Pilar Martinez Fernandez
martes, 29 de diciembre de 2009
Fabricando la Navidad

Es tiempo de brillos, luces, villancicos, de sacar de las cajas esos adornos navideños con los que se engalanan los hogares, los comercios, los lugares de trabajo...
Tiempo de escribir a los amigos y parientes e mails y tarjetas navideñas llenas de frases bonitas, otras ocurrentes, algunas chistosas con nuestros mejores deseos y ganas de trasmitir alegría...
Tiempo, en definitiva, de poner a tope la maquinaria que fabrica cada año la navidad, esos días en los que se celebra casi todo como si fuera un tiempo especial y diferente al resto del año.
Lo es, desde luego, pero no en la forma ni con la distorsión que asoma en nuestras vidas, no al menos en la vida de quienes debiéramos sentirla más desde la profundidad de nuestra fe cristiana.
El otro día, en mi buzón me metieron un folleto de publicidad de una compañía de telefonía. En el folleto, muy invernal y navideño, dicho sea de paso, venía el siguiente eslogan: “ Bienvenido a la fábrica de la ilusión”.
Claro, al leer este tipo de frases, inevitablemente sientes que se está apelando a ese niño o niña que todos llevamos consigo a pesar de los años cumplidos..
Así, de pronto, al darme la bienvenida a esa peculiar fábrica, quise dar un poco de rienda a la curiosidad, así pues pasé la hoja y seguí leyendo.
La cosa fue cuando menos curiosa. Con igual sintonía para captar la atención, en el interior se comenzaba con un “ Erase una vez una fábrica...” para luego continuar: “ Asi empieza la mejor historia de estas Navidades. Una historia cargada de regalos y por supuesto con un final feliz: un movil nuevo para usted.”
Comprenderán que, después de leer ese pequeño texto publicitario, el pequeño atisbo de ilusión curioso que comenzó en la página anterior, quedara en un simplón:- ¡Pues vaya¡. Claro que al fin y al cabo ¿ Qué esperaba?. En unos tiempos dónde la publicidad juega al más ingenioso todavía, no es extraño que utilice mensajes sensacionalistas aunque luego roce el absurdo.
Pero lo cierto es que ese absurdo, nos guste o no, guarda cierta similitud con el modo en que se vive la navidad dentro de nuestra sociedad.
De pronto, llega Diciembre y nos ponemos en funcionamiento cuán fábricas de la Navidad. Pareciera que quisiéramos a toda costa buscar la felicidad sin importarnos demasiado el verdadero mensaje que tenemos que trasmitir. Creemos que tenemos que regalar por encima de todo, que tenemos que engalanar nuestra mesa y poner menús suculentos o incluso que tenemos que adornar nuestros hogares con motivos navideños porque de otro modo pareciera que no es Navidad y no hay modo de ser felices esos días.
Pero, todo esto es complementario, quizá demasiado complementario si consideramos que en muchas personas es lo único que prevalece, sin embargo detrás hay toda una materia prima que no debemos obviar.
La Navidad, en realidad, bien podría decirse que es el producto final de esa fábrica que trabaja todo el año en nuestro corazón. En el cristiano es el agradecimiento, la reafirmación y renovación de su fé ante la celebración del nacimiento de Jesús, ese niño-hombre-Dios que da sentido a cuánto cree,
y por tanto le corresponde celebrarlo con su propia entrega personal hacía cuántos le rodean; su familia, sus amigos, sus compañeros de trabajo, vecinos...Cómo lo haga es, simplemente, una opción en sintonía con su sentido de la generosidad, de la alegría y del propio amor que sienta por los demás, y creo que nadie, ninguna fábrica, empresa, ente o mente, puede dirigir esa celebración que ha estado fraguándose día a día y a lo largo del año en el corazón del cristiano.
Es difícil no sucumbir a tanto brillo navideño. Soy la primera en reconocerlo porque la sociedad tiene un movimiento que nos mece casi por propia inercia, pero para un cristiano Navidad debe ser algo más.
Alguien que conozco, suele decir que para él Navidad es todos los días del año. Qué gran cosa es sentir eso. Es sin duda el mejor engranaje para mover
la maquinaria de nuestra vida. Pero quizá, para los que aún somos algo torpes a la hora de mover todos nuestros resortes interiores, baste con no dejar que nos “ fabriquen la navidad” con tan floja materia prima, sino con la nuestra, la que no necesita anuncios, eslogans ni ilusiones vanas, sino fe y corazón.
Que así sea. ¡¡¡¡ FELIZ NAVIDAD¡¡¡¡.
Pilar Martinez Fernandez.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Amor a los animales
Este es mi gatito " copito". No es de una raza concreta, sin embargo, es único. Sólo él es capaz de mirarme sin juzgar, sin pensar nada malo de mí, pero sobre todo, quiere estar conmigo simplemente " estando".
Los animales sólo quieren estar con nosotros, sin prejuicios y enajenados de cuánto nos suele condicionar a los humanos a la hora de estar con nuestros semejantes.
A cambio, les solemos dar cuidados y en muchos casos, amor. De ahí nacen muchas historias personales que demuestran a diario la entrega reciproca que existe entre hombre y animal. Y, a menudo, también los más bellos sentimientos aunque de los animales se diga que les mueve su instinto, no su corazón.
Articulo publicado en Iglesia de Almodovar Nº 227
Amor a los animales
El amor está en todas partes. No tiene una forma definida pero lo envuelve todo. No se vende en ningún frasco como un elixir, sin embargo, algunas veces se puede comprar. Sé que es una afirmación arriesgada, aunque, más que arriesgada yo diría que incluso frívola, pero no. No lo es en el contexto que hoy en estas líneas me propongo contar.
Por mi ocupación profesional actual, tengo la bonita labor de atender a personas que, o bien se preocupan por el cuidado de sus mascotas o desean adquirir una. Ambos aspectos me demuestran a diario que los animales son algo más que esa connotación un tanto “ salvaje” que se suele tener de ellos por su instinto y por su supuesta irracionalidad, encontrándome al tiempo con casos verdaderamente singulares que invitan a detenerse en un análisis algo más profundo sobre la cuestión.
Empezaré por uno de los hechos que más me impresionó desde el primer momento: una mujer de unos cuarenta años entra en la tienda y con voz temblorosa pregunta: - ¿ Vendéis cobayas?.
Al contestarla que no, la mujer mostró su decepción entristeciéndosele el rostro de una manera un tanto desconcertante para mí pues no abarcaba a comprender en ese momento tanta desilusión.
Pudo quedar la cosa así sin más, sin embargo, esa mujer venía con algo más tras de sí, algo me instintivamente me movió a profundizar en esa desilusión. Le pregunté por qué quería una cobaya y no un canario, por ejemplo, animalillos que sí tenía y que cantaban que era un primor.
La contestación fue inmediata: - porque necesito un animal al que poder abrazar y querer. Cogerlo entre mis brazos y darle amor.
Naturalmente, enseguida pensé en un perro o un gato como el animal más idóneo para ese tipo de entrega personal y acogedora, algo que estaba dispuesta a proporcionarle a través de conocidos que tenían cachorros sin coste alguno, pero había unos impedimentos muy concretos para que esa opción no fuera viable. – Mi casero no me deja tener animales de ese tipo, y he pensado en un conejo o una cobaya porque no hacen ruido y puedo tenerlo en una jaula.
Una vez más la tristeza volvió a dibujarse en su cara como si una sombra volviera a ponerse encima de su cabeza. Enseguida intuí que a esa mujer le ocurría algo más que el mero hecho de buscar una mascota idónea para ella en mi tienda, y como suele ocurrir en esas ocasiones en las que todo es propicio para que conozcas otras realidades, el caudal personal de esa mujer empezó a fluir como un río en ese momento.
La mujer de unos cuarenta años que tenía frente a mí, resultó ser una de las miles de mujeres maltratadas por sus parejas en este país. Una mujer que había sufrido el peor maltrato que un ser humano puede sentir; el psicológico por un lado, y el más lacerante para la carne, la vejación y los golpes.
Había decidido denunciar a su pareja después de dos años de continua tortura física y emocional y vivía con el miedo en el cuerpo porque el maltratador la tenía amenazada a pesar de tener una orden de alejamiento.
Lo chocante quizá de esta historia para quienes no alcanzan a comprender qué puede aportar una animalillo como una cobaya a una mujer que ha sufrido maltrato, es que un sufrimiento tan grande no es fácil de eliminar y que necesita mucho tiempo para devolver, si es que alguna vez lo devuelve, el equilibrio emocional de una persona maltratada, pero he aquí lo hermoso que encierran las cosas pequeñas, o en este caso los pequeños animalillos, pues esta mujer, como enseguida comprendí sin mucho esfuerzo, necesitaba sentirse querida de alguna manera con la mirada de un pequeño ser que viera en ella su bondad. Necesitaba sentir el tacto suave y el calor de un pequeño ser que quisiera estar entre sus manos y pegada a su pecho en sus ratos de soledad, en definitiva, demostrar y sentir un poco de amor, el de un animal sí, pero despojado de toda esa posesión y obsesión que había padecido de un ser humano, de quién había dado en llamarse su compañero y quién del mismo modo le había dicho que la quería.
Es triste tener que conformarse con tan poco cuándo el corazón tiene tanta capacidad de amar, pero con esta historia pretendo demostrarles, queridos lectores, que el amor siempre busca un recoveco el cuál acomodarse por muy pequeño y mínimo que éste sea. Hay quién por razones de peso, no lo encuentra en sus semejantes y sin embargo, busca mitigarlo en su animal de compañía. Un absurdo para algunos quizá pero un bálsamo para quién ha sufrido muy profundamente el desamor y encuentra en los ojos de una cobaya, un gato o un perro, la adoración, la compañía y la fidelidad.
Cuándo vuelva a la tienda esta mujer, sabré si por fin compró una cobaya en el lugar que la recomendé, y les prometo contarles el final de esta historia, que no es otra que la de muchas y muchas mujeres que luchan por recuperar lo que les han robado miserablemente; su autoestima y su fe en el amor.
Pero permítanme contarles otra pequeña anécdota, algo más alegre, eso sí, pero sobre todo entrañable.
Un hombre entra en la tienda buscando poder comprar un periquito hembra para su padre de noventa y dos años.
- Quiero una hembra, precisamente, porque a mi padre se le ha muerto hace unos días la que tenía y está triste porque ve la jaula vacía.
A quienes se nos han ido esos pequeños “ amigos” de nuestras vidas de manera súbita, nos es fácil comprender el vacío que en un principio nos dejan. A menudo se superan enseguida pero a veces también se da el caso de que con ese animal, también se vaya una pequeña rutina que ofrecía un motivo con el qué ocupar un sosegado tiempo. Eso era, precisamente, lo que le ocurría a este anciano de noventa y dos años. Con su “ periquita”, se había ido parte de sus desvelos y su entretenimiento. Así pues, ayudarle a recuperar su ilusión, no sólo fue tarea fácil sino muy grata.
A los pocos días, el hijo volvió a la tienda y trajo a su padre con él para llevarse una periquita. Traía su jaulita bien limpia para meterla allí con una ilusión tremenda. Lo llevé hasta el apartado de la tienda dónde están las jaulas con los diferentes pájaros y allí, sus ojillos, se abrieron como platos.
- Uy, dijo todo ilusionado. Esa amarillita jaspeada que esta ahí....¡ esa, esa quiero¡. ¡ Qué bonita es¡.
Ciertamente se llevo la más brillante de pluma, y si me apuran la más idónea porque se dejó coger sin mucho esfuerzo como si, de alguna manera, supiera que estaba destinada a ese anciano que la había escogido.
La cara del anciano rebosaba dicha en ese instante. Como si le dieran un juguete nuevo a un niño. Le regalé el bebedero de agua y le llené los comederos de alpiste.
- Muchas gracias, me dijo casi engolando la voz al tiempo que sus ojillos se enternecían contemplando a su “ periquita”.
- Ya me puede decir usted el nombre que le pone eh?..Y cuídemela bien...le dije sonriéndole.
- Si, si...dijo como un niño obediente.
Pueden imaginar la sensación placentera que se puede sentir cuándo ves que haces feliz a alguien con algo tan sencillo.
Cuándo se marchaba de la tienda con la jaula de la mano y con su “ Periquita”, sentí que había vendido amor por muy poca cantidad, sin embargo en cuestión de instantes se había multiplicado por el infinito. La vida de ese anciano volvía a tener ese combustible que hasta el final de nuestros días todos necesitamos: el amor.
Pero esta anécdota, a mí personalmente, me enseñó algo más, o al menos me mostró la cara esperanzadora de la vejez.
A pesar del peso de los años y de la longevidad a la que con suerte podemos llegar si Dios nos otorga ese don, se puede mantener muy viva la chispa de la ilusión y las ganas de vivir cada día como un regalo renovado cada amanecer que despertamos. Es, en cierto modo, dejar que nuestro “ niño” interior nos hable y aflore. Algo que este hombre de noventa y dos años dejaba aflorar sin menoscabo de su sabiduría y experiencia en la vida pues, su lucidez mental, se debía a su dedicación a la lectura, entre otras cosas, durante toda su vida.
Para terminar, sólo me queda añadir que, es fácil encontrar amor a pocos pasos, lo que ocurre es que no siempre se presenta de la misma forma. El amor por los animales es, simplemente, una forma más a tener en cuenta, tal vez con sus limitaciones, o simplemente baste para quienes han sentido los zarpazos de la vida a través de sus semejantes, pero de cualquier forma amor que ennoblece, que deja aflorar bondad, desvelos, cariño, calor...aquello que desde el fondo de nuestra alma, siempre queremos para sí.
Así pues, si tienen animales, quiéranles mucho, pues como bien se dice, también son criaturas de Dios y, Él, no hay duda de que también los quiere.
Pilar Martinez Fernandez
jueves, 29 de octubre de 2009
La llamada de la libélula

Hace tiempo, cuando acostumbraba a limpiar en verano la pequeña piscina que tenía en mi jardín, solía ver pequeños insectos en la superficie del agua luchando desesperadamente para salir de allí y evitar ahogarse.
La mayoría de las veces eran avispas, pero también caían libélulas, alguna que otra mariposa e incluso mosquitos considerables. Su lucha contra aquello que les iba a quitar la vida me conmovía tanto que con la redecilla que solía limpiar las hojas en el agua, les cogía para depositarlos en otro lugar y así ayudarles a sobrevivir a ese infortunio. Era curioso después observar cómo los insectos seguían luchando para emprender de nuevo su peculiar vuelo. Movían sus alitas, mojadas y casi pegadas a sus minúsculos cuerpecillos hasta que conseguían que se secaran. En concreto una libélula estuvo sin rendirse casi medía hora hasta que consiguió desplegar sus trasparentes alas y volar de nuevo. Y recuerdo que de aquella observación pensé en lo milagrosa que es la existencia en sí misma en cada ser vivo, en la belleza que encierra cada criatura y en lo necesaria que es para vivir en equilibrio con la naturaleza.
Hoy he recordado esto después de volver a ver la película “ Madame Butterfly” precisamente después de ver una escena en la que, al igual que hacía yo en mi piscina, un hombre japonés se dedicaba muy afanosamente a coger del borde de un canal con una redecilla a las libélulas que se acumulaban allí presas de la humedad del lugar. Lo bello de esta escena es la meticulosidad con la que el hombre coge con sus dedos la libélula para no dañarla, como si entre sus dedos tuviera algo frágil y al tiempo valioso.
El protagonista de la película, al ver a ese hombre tan sumergido en esa tarea le pregunta: - ¿ Qué está haciendo?. Y, el hombre, mirándole le sonríe al tiempo que eleva una de las libélulas que tiene entre sus dedos y simula que vuela hasta colocarla en la palma de la mano de quién le ha preguntado.
En un siguiente plano, la libélula, tras varios aleteos, finalmente levanta el vuelo y desaparece.
Para un mero observador primario, este tipo de cosas pueden ser simplemente detalles sutiles con la naturaleza por parte de personas con una sensibilidad especial o con un sentido de la vida más elevado, y no sé equivoca en absoluto, pero he de decir más por mí misma que por cualquiera de ustedes, amigos lectores, que una vez más es el modo de mirar lo que nos hace hallar la esencia verdadera en todo cuánto nos rodea.
Dios ha creado un mundo con un equilibrio perfecto. Creado para vivir en completa simbiosis y capaz de albergar a todas las criaturas, ¿Qué es lo que le hace tan injusto en muchas ocasiones? ¿ Qué es lo que le hace tambalear y desigualar sus dos platillos en la balanza?. Pues, la respuesta es sencilla: el hombre. Nosotros mismos con nuestra aptitud de adaptar el medio a nosotros en lugar de adaptarnos nosotros al medio como hacen las plantas y los animales.
Es el hombre el que causa el desequilibrio, el que descompensa los platillos de la balanza del mundo que Dios ha creado con su sentido de la ambición, de la comodidad, del bienestar, de sus propios egoismos...
El hecho de que existan personas capaces de ver en cuánto les rodea un motivo de entrega personal más allá de sí mismos, un motivo de servir y de ser útil, es lo que le da al mundo la oportunidad de seguir manteniendo el equilibrio para no alejarse cada vez más de la belleza que guarda la perfección.
El hombre chino de la película “ Madame Butterfly” con esa voluntaria tarea que asume de salvar a las libélulas, no se hace rico ni llena su despensa de alimentos, sin embargo contribuye a que esos insectos sigan cumpliendo la tarea que les ha sido asignada cuándo fueron creados: la de polinizar plantas que luego habrán de dar su correspondiente fruto. Y, así, con toda esa cadena trófica que hace a toda criatura útil y necesaria para vivir en equilibrio con la naturaleza y por tanto con todo aquello que nos ha sido otorgado.
Así pues, pensemos y miremos un poco más allá de nuestras comodidades y de nuestras quejas. Analicémonos un poco, interioricemos para ver qué podemos hacer por ese exterior a menudo tan desequilibrado; por esas plantas bellas que nos rodean, por esos animales que habitan cerca de nosotros, por esos bosques, montes, lugares preciosos que ensuciamos con esa torpe manera de pasar por ellos, por esos rincones del planeta dónde la pobreza y la inanición se ceba con los débiles, por ese vecino o amigo que sufre por alguna razón, en definitiva, por todo aquello que acusa desequilibrio.
Es una utopía alcanzar la perfección en la tierra pero sí que podemos evitar ser menos imperfectos y ser más justos si, en lugar de quejarnos y ser críticos, abrimos nuestros cinco sentidos para percibir dónde y de qué manera podemos dar más de nosotros mismos.
Y, créanme, no hace falta irse demasiado lejos. A veces, a pocos pasos, una libélula les puede estar llamando.
Pilar Martínez Fernández
lunes, 5 de octubre de 2009
Articulo publicado en la revista " Iglesia en Almódovar" Nº 225 y en la web www.iglesia.almodovardelcampo.orgAlas para volar
Y, como con alas comienzo y de volar se trata, comenzaré contando una sencilla anécdota para luego, como digo, trascender con las alas del pensamiento y, una vez más, ofrecerles mi personal reflexión.
En cierta ocasión, mi hijo mayor llegó a casa con una cría de golondrina. La encontró en la calle, desorientada y sin poder levantar el vuelo. Se había caído del nido, como ocurre muy menudo con aquellos pajarillos inquietos y ansiosos por volar.
Mi hijo la trajo entre sus manos como quién albergaba algo delicado y frágil, procurándole protección al tiempo que le nacía el imperioso deseo de cuidarla.
Desde el primer momento, al verla entre sus manos tan pequeñita, con los ojos cerrados y sus plumillas aún pelusilla encrespada, sospeché que los nobles propósitos de mi hijo con esa pequeña ave iban a ser infructuosos. De niña tuve experiencias de ese tipo y excepto con un pollito que me compró mi abuela y que luego tuvimos que sacrificar porque se hizo enorme, lo cuál he de decir que aquel “ pollicidio” me provocó su correspondiente desazón, todas aquellas crías de gorrioncillos y demás, acabaron muriendo irremediablemente. Pero, aún así, decidimos ambos darle la oportunidad al indefenso polluelo para que sobreviviera.
Al principio, la cría de golondrina colaboraba con nuestros desvelos por cuidarla. Incluso, yo misma, acordándome del libro de Richard Bach “Juan Salvador Gaviota”, hasta le puse casi el mismo nombre: Juan Salvador Golondrina con la esperanza de que, al igual que la gaviota protagonista del libro, luchara por aprender a volar y planeara por el cielo.
Pero, después de tres días de celoso cuidado, la golondrina amaneció muerta.
Se impuso una vez más la propia ley natural con una pequeña ave que, por alguna razón, no debía sobrevivir a su prematuro abandono del nido.
Y he aquí dónde y a partir de esta singular experiencia, mis alas interiores empezaron a aletear. Quizá no fuera más que un pajarillo atolondrado e impaciente por vivir al margen de las propias reglas que marca la naturaleza, sin embargo, también pudo ocurrir que, a pesar de tantas cosas en su contra y de responder a su inquietud por levantar el vuelo algo prematuramente, lo hubiera conseguido finalmente a partir de ese encuentro casual a ras del suelo con mi hijo en plena calle. De haber sido así, quizá hoy hubiera podido escribir aquí que consiguió ser una golondrina singular, especial, distinta a las demás golondrinas y un ejemplo palpable de que, aún siendo un sencillo pajarillo, se puede luchar contra la adversidad y salir crecido.
No puedo escribir ese final romántico, más bien y sirviendo de eco al pensamiento primario, lo que cabe escribir es el reproche más que probable de los hermanos de nido de la pequeña golondrina de conocer su triste final : - ¡ Ves, tonta, lo que te ha ocurrido por querer volar antes de tiempo¡.
Pero esto, como digo, es lo primario. ¿ Qué nos puede enseñar, en realidad, esta anécdota ?. ¿ En qué posición debemos colocarnos?, ¿ En el de la pequeña golondrina?, o quizá ¿ en la de sus hermanos de nido?.
Sometámonos a este sencillo ejercicio con honestidad y desplegando nuestras alas interiores. Dejemos un poco a un lado los típicos pensamientos sostenidos por el siempre impertérrito sentido práctico que se le aplica a todo aquello que parece no tener posibilidades de ser de otra manera, y dejemos que afloren esas inquietudes que todos albergamos, a menudo en silencio por miedo al ridículo o simplemente por mera inseguridad.
Toda elevación, toda proyección más allá de lo establecido, conlleva el riesgo al fracaso, a no llegar y quedarse a medio camino o incluso a la soledad, pero no es menos cierto que de la adversidad, de la dificultad, han surgido grandes glorias y aleccionadoras victorias.
El hecho de recordar a Juan Salvador Gaviota, el protagonista de un libro, por cierto, recomendable por su fácil y aleccionadora lectura, me llevó a reflexionar una vez más en la esencia que encierra la diferencia, a veces cuestionada, mal interpretada e incluso rechazada por quienes siguen torpemente la inercia de la masa y del pensamiento único.
La gaviota del libro, esencialmente se empeña en vivir conforme a lo que interiormente siente muy en contra de lo que establece su “ sociedad”, pasando por diferentes etapas y aprendizajes que culminan en un total y pleno sentido de su existencia.
No voy a desvelar aquí más línea argumental del libro pues al recomendar su lectura también pretendo que descubran, amigos lectores, la valiosa lección que enseña, pero si quiero extenderme, por el contrario, en algo que considero importante.
Todos somos llamados a ser especiales y únicos. El problema es que nos lleva algunas veces demasiado tiempo conocernos plenamente, entre otras razones porque nos dejamos engullir por los convencionalismos y estereotipos que, la propia comunidad y sociedad en la cuál vivimos, marca con la etiqueta de idoneidad. Pero, ¿ Quién determina qué es lo idóneo?, ¿ Acaso no es un hecho que no hay dos seres humanos iguales?, y si esto es así ¿ No es lógico que existan tantos modos de sentir como seres humanos distintos existen?. ¿ Por qué entonces llega a resultar tan difícil para el diferente, vivir con su diferencia?, ¿ Por qué lo juzgamos, lo apuntamos con el dedo o incluso lo excluimos de nuestro espectro?
Tantos años sobreviviendo la raza humana y aún no ha aprendido a tolerarse en sus diferencias.
Dios pudo crearnos a todos iguales. Limitarse a dotarnos un cuerpo estereotipado que alimentar, con unas manos para trabajar y un corazón que simplemente bombeara sangre para que llegara a cada rincón de nuestro cuerpo físico, sin embargo, nos creó a cada uno como una obra de arte única.
Así pues, ¿ No creen que es un completo desperdicio abandonarnos tanto de pensamiento y, a menudo, también de obra?.
Pensemos al menos en ello, démonos más oportunidades. No permitamos que esos pensamientos únicos, unidireccionales, establecidos por aquellos que a todo necesitan ponerle su etiqueta como si fuéramos frascos de conserva, nos limiten y corten nuestras alas personales y únicas.
Decía Pascal que “ El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que le sostiene”. Yo, simplemente añado: las alas del hombre, no son de plumas ni tienen espolones. Son de ilusión, de esperanza, de genialidad, de amor... con unas alas así,
Pilar Martinez Fernandez.

