Me pregunto cuándo es el momento preciso, o al menos, ese momento en el que se siente con absoluta certeza, que estás en la plenitud de la vida. Eso que llamamos estar en la flor de la vida. A días se puede percibir ese atisbo de satisfacción ante nuestra capacidad resolutiva frente a las vicisitudes y responsabilidades, pero también a días se siente el peso del tiempo, a veces implacable cuando hechas cuentas y los años van sumando décadas que más bien pareciera que has vivído de dos en dos.
Ayer, comprando en una tienda de ropa, colocando bien las perchas y la ropa que se alineaba en los percheros, había un muchacho joven que pareciera haber salido de una pasarela de modelos. Bien peinado, bronceado y vestido con ropa de la firma de la tienda que le marcaba los esculturales pectorales de un modo que no debaja indiferente a golpe de mirada.
Pensé, ese muchacho está en la flor de la vida, por su juventud, su físico...sin embargo, enseguida me vino a la mente las imagenes de mis propios hijos, y pensé: - ese muchacho podría muy bien ser mi hijo.
Ese pensamiento, como una revelación inquietante, me llevó a ver una realidad que nunca he negado pero que resulta magullante para la autoestima: - Caramba, que mayor soy ya. Y, claro, enseguida caes en la cuenta de que eres mujer y que, efectivamente, a tí te gustan los hombres, sin embargo hay ya un límite tácito en el que no habías reparado, y es que esos chicos que salen en las revistas y en anuncios, por la edad, pueden ser tus hijos. Los mios tienen 19 y 21 años...casi nada¡¡, y visten, se peinan y se cuidan en el gimnasio como el chico de la tienda de ropa o los de todos esos anuncios que vemos tan a menudo.
Los ojos se fijan en cosas bonitas, bellas, sugerentes, es cierto, y quizá sea algo que nosotros ni siquiera controlemos, cuestión de estética y ciertos canones que se pre establecen, pero cuando miras hacía dentro y te buscas, resulta que encuentras en tí una realidad que sin disgustarte, te devuelve al contexto en el que debes situarte por la ya vivído y por lo que te queda por vivir, aceptando que hay juventud trás de tí guapa y hermosa.
Hoy me siento más mayor que ayer. No me deprime en absoluto, simplemente me ha hecho caer en la cuenta de que tengo hijos en la flor de la juventud mientras que yo, ya voy siendo un robusto arbusto. ¡ Qué se le va a hacer¡.
sábado, 20 de julio de 2013
miércoles, 6 de febrero de 2013
Un arbol en medio de la carretera
Cada
fin de semana acostumbro a tomar una carretera que bien puedo decir que casi
conozco en cada uno de sus tramos con detalle. Pero hay uno en particular que desde
el primer día me llama la atención de una manera especial. Después de una larga
recta, hay una curva muy abierta que
rodea un pequeño monte y al final, como si de nuevo se abriera el
paisaje hacía el horizonte al que me dirijo, aparece en la lontananza la figura
erguida de un árbol, un único árbol en el centro de la mediana de la
carretera. Al principio lo ves pequeño
pero a medida que te vas acercando, comienza a ser majestuoso, un enorme pino
equilibrado y solitario allí en medio.
Cuando estoy a su altura siempre tengo el
mismo pensamiento, ¡Qué hermoso es ¡, y qué lugar tan privilegiado ocupa, viendo
pasar multitud de vehículos viajeros así
llueva, sople el viento, nieve o luzca
el sol en un hermoso cielo despejado…Y, siempre me hago la misma pregunta: ¿ Cómo es
que ha conseguido mantenerse allí él
solo, sin que lo talaran, sin que parezca que nadie lo pode ni lo cuide?.
A
medida que me alejo de su majestuosidad, lo miro perderse en la lejanía a
través del espejo retrovisor como quien
quiere mantenerlo el mayor tiempo visible en su retina, o como si de alguna manera quisiera que me
siguiera allí donde voy.
Es una ilusión óptica que me gusta creer a
sabiendas de que, los árboles, permanecen arraigados al lugar del que brotan,
aventurados a la suerte de una naturaleza que más a menudo de lo que debería
ser, se ve alterada por la mano del hombre, una mano que arranca lo que le
estorba para implantar otra cosa; un edificio, un polígono o una carretera.
Quizá
por eso me llama tanto la atención ese árbol en medio de la carretera, porque
al final siempre termino pensando que, en otro tiempo, allí debió haber un
pinar, muchos más árboles como ese pino e igualmente inmensos, un lugar en
medio de esa orografía a medio camino entre Valladolid y Segovia donde la
naturaleza quiso manifestarse para mantener su equilibrio.
Pero
solo ha quedado él, ese pino único y altísimo, pienso también al final, allí en solitario, desafiando al tiempo con el
permiso del hombre, porque no dejo de llegar a la conclusión de que, por alguna
razón, cuando esa carretera se proyectó,
se decidió no talarlo y dejarlo allí, igual que un faro asomando
soberbio entre el repecho de la calzada,
a lo mejor como un punto de referencia, o como una singularidad que apreciar en
el paisaje.
Y
pensándolo aún más, a mi hasta se me antoja como un ejemplo una vez más de lo
interesante que puede ser ir más allá de la singularidad, porque entre tantos y
tantos pinos que pudo tener a su lado mi árbol en medio de la carretera, solo
él resultó ser el indultado de la masiva tala. Quizá puro azar o pura elección
de la naturaleza misma que decidió dotarlo de más belleza.
O Puede
que el mismo árbol luchara, del modo que un árbol puede hacerlo allí donde se
arraiga, por sobrevivir y ser más fuerte que los demás y así cumplir con un
destino diferente.
Soy muy
romántica para ciertas cosas, y en este sentido, quiero pensar en esta última
posibilidad porque cuanto más lo observo en cada viaje, más llego a la
conclusión de que ese hermoso pino siempre se alzó diferente para ser especial
en ese lugar.
Algo
así bien puede sucedernos a nosotros; nacemos, crecemos y luego nos
sociabilizamos en un determinado lugar, sin embargo, cuando vivimos aglutinados
en un determinado espacio social, es tal la vorágine a la que nos sometemos
que, en ese empeño de ser iguales, nos olvidamos de esas singularidades que nos
hacen diferentes unos de otros y que, lejos de servir para marginar, deberían
servir para hacernos valedores de nosotros mismos ante las inclemencias de la
vida, o mejor dicho, de sus contrariedades.
Nosotros
nacemos distintos unos de otros y también podemos estar expuestos a talas
masivas para quitar y poner otra cosa, sin embargo si nos ha preocupado más
siempre seguir en la inercia del ambiente en el que nos sociabilizamos en lugar
de cultivarnos y fortalecernos de manera interior en nuestra singularidad, puede ocurrir que nos talen sin miramientos y
sin tener otra opción que desaparecer en lugar de encontrar otro destino en el
que proyectarse y continuar.
A
veces, es cierto que la suerte es un factor a tener en cuenta, no basta una
férrea voluntad, la vida también tiene sus contrapuntos ajenos a nuestros
esfuerzos, pero ante lo que no sabemos, ante aquello que nos parece incierto, lo
único que tenemos es , precisamente, nuestros talentos y, efectivamente, nuestra singularidad.
En definitiva y lo importante es intentar ser fuerte, ser singular en lo que te hace
diferente a otro y para lo que has sido creado,
y no uno más en la pluralidad de unas tendencias que, por lo general,
aglutinan de un modo impersonal y masificado y te hacen débil, vulnerable, pero
sobre todo, muy dependiente.
Todo
esto , ya lo veis, es lo que pienso cada vez que paso por ese tramo de
carretera y veo al enorme pino a través del parabrisas de mi coche, un hito para mí en la carretera y que siempre
hace un poco más agradable mi rutinario viaje. No me digáis que no es un hermoso destino para un árbol que pudo
suponer en un principio todo un obstáculo…
Pues
ese matiz en la autovía Valladolid-Segovia, de manera figurada puede ser igualmente parecido al de algunas personas
que por elección o por casualidad, hacen
que su diferencia les haga sobrevivir mejor a las diferentes talas que la
caprichosa sociedad nos somete.
Así pues, busquemos nuestra singularidad, sin
duda nos hará ante la adversidad mucho más fuertes, capaces, pero sobre
todo…útiles.
Pilar
Martinez Fernandez.
sábado, 19 de enero de 2013
Esos días grises...
Como decía aquella canción de Jose Luis Perales, esos días grises del otoño, me ponen triste y al calor del fuego de la hoguera, te recuerdo hoy...
No es otoño, es invierno...un invierno más en el que los presentadores del tiempo anuncian un día trás otro borrascas, ciclones, o como la que está sucediendo estos días, " ciclogénesis explosiva", que dicho así pareciera que el cielo se fuera a romper en dos y nos fuera a caer enicma. Pero sí, el cielo está gris, y a mí me pone triste; triste porque la gente camina por la calle también gris, bajo paraguas y gorros de lluvia en los que apenas les ves los ojos, y las paredes proyectan una luz mortecina que da frío.
Son días de quedarse en casa, al calor de una chimena si se tiene, o junto a un radiador sentado en un sillón de esos orejeros, confortables en el que sólo tu cabes, con un libro, viendo alguna pelicula que ya viste pero que te apetece volver a ver porque te gustó, te hizo evadirte de tu realidad durante una hora y media...y así, o de la manera que tú decidas, estos días grises se convierten en días que pasar sin pensar en otras cosas por hacer. Sea como fuere, que la tristeza sólo sea moméntanea, que el gris sea el preludio de toda la gama de colores que tiene el arco iris, que las lecturas, las peliculas, las conversaciones al calor del fuego de nuestras hogueras queden en esa íntima sensación de sosiego.
Buenos fines de semana de dias grises...
Pilar Martinez
viernes, 18 de enero de 2013
Quien regala, bien vende si quien recibe lo entiende
Las cosas que nos suceden, sobre todo las que no nos gustan, son precisamente las que más nos demuestran la ida y vuelta de determinadas lecciones que aprendimos a medias. Es, lo que bien puede decirse, el vaivén al que la vida nos somete para que, unas veces en un lado y otras en otro, veamos las cosas desde la mayor perspectiva posible y actuar de un modo coherente y positivo en las circusntancias que se nos presenten.
Nunca dejo de reconocer de mí misma que soy vulnerable ante lo que se me presenta con mala fe, de hecho me deja tan tocada que me revelo de un modo demasiado drástico en principio, pero tambien es verdad que necesito muy poco para retomar el rumbo de mis principios y modo de ver las cosas; un pequeño atisbo de espiritu de enmienda o una simple disculpa me basta, eso sí...siempre, siempre, me tomo mi tiempo de reflexión más que nada por simple ejercicio de aprendizaje.
Esta vez, me viene bien pensar en ese sabio dicho: " quien regala, bien vende si quien recibe lo entiende", precisamente porque me gano la vida en una tienda vendiendo y hace unos días me ocurrió una anecdota que, en un principio no quise contarsela a nadie porque me dejó con la amarga sensación de haber hecho el tonto más meridiano.
A mi tienda entró un hombre y una mujer de unos sesenta y tantos años, no eran pareja, la mujer acogía al hombre en su casa porque no tenía donde ir, algo que me pareció tan atípico como curioso, pero además la mujer acogía en su casa a 12 perros, entre ellos varios galgos que había recogido abandonados en las peores condiciones. Comenzó a contarme sus desvelos con esos animales, cómo les mantenía con su pensión y lo que los animales parecían agradecerlo; el hombre mientras tanto, sonreía de un modo un tanto bobalicón, pero francamente en él no centré mi atención, sino en la mujer que mientras conversabamos empezó a escoger unos collares para dos galgas y unas cuantas cosas más que, en definitiva, compró y pagó religiosamente.
Movida por el corazón y la situación que acababa de contarme la mujer, decidí regalarle un saco de pienso de 14 kg que me había caducado hacía un mes y que tenía en la trastienda sin saber muy bién qué hacer con él. Me pareció una causa buena y un buen modo de aprovechar algo que, aunque no estuviese apto para la venta sí lo estaba para consumo.
En ese momento no púdieron llevárselo porque no traían carrito de compra ni nada y decidimos que se pasarían al día siguiente para recogerlo.
Y así fue, al día siguiente, esta vez el hombre, vino a la tiendacon un carrito y con uno de los collares que habían comprando el día anterior para que se lo cambiara por uno algo más grande.
Le entregué el saco y le ayudé a meterlo en el carrito, era un tanto enquencle el buen hombre, y luego le cambié el collar por otro modelo que resultó ser un euro más barato que el que se había llevado el día anterior, detalle en el que honestamente no reparé. Fue el propio hombre quién al fijarse en el precio marcado me dijo: - es un euro más barato no?.
Yo le contesté que sí, efectivamente, era un euro de diferencia, corroborando el precio simplemente, pero el hombre lo que estaba haciendo realmente era reclamarme que le diera ese euro de diferencia.
Me quedé un poco perpleja porque cuando tú actuas de un modo generoso, no es que esperes agradecimiento, pero si esperas que contigo también sean generosos, y aunque bien es verdad que el articulo en el cambio fluctuaba 1 euro de diferencia, cuando te regalan un saco que de 14 kg para que 12 perros coman durante 15 días, hay cosas que por decoro y buena fe no se exigen.
Y así se lo hice saber al tiempo que le ponía el euro en la mano haciendo un nudo a mi orgullo y voluntad herida pues de haberme dejado llevar por el arrebato, no le hubiera dado el saco.
Con esa risa bobalicona que había vislumbrado en el rostro del hombre el día anterior, cogió su carrito y se fue tan campante, dejándome con la sensación de haber hecho el tonto más tonto del mundo mundial, me quedé con mi voluntad bastante maltrecha incluso llegué a pensar que quizá ni tenían tantos perros ni nada de nada, algo que incentivaba más mi tontuna pues si realmente me habían tomado el pelo, lo habían hecho a costa de mi sensibilidad con los animales.
Fue en ese momento cuando me sobrevino el trabalenguero refranillo de " quien regala, bien vende si quien recibe lo entiende", pues yo había hecho la peor venta regalando a quien tan mal había entendido mi voluntad.
Pero hace unas horas antes de enfrescarme en estas líneas, la mujer ha vuelto a mi tienda. Al principio no la reconocí, llevaba un gorrito de lluvia del que le asomaban unos ojillos húmedos y tiernos.
Mirándome por debajo del ala del sombrerito, me dijo: - Vengo a darte las gracias y a pedirte disculpas...
Lo primero me pareció halagador porque pensé que le había vendido algo que le había ido muy bien y eso es lo mejor que en una tienda se puede escuchar, pero lo de las disculpas me sorprendió mucho.
Pero de estas cosas que empiezas a rebuscar en tu memoria y de, repente, al volver a mirarla a los ojos, recordé de nuevo todo. - Ah...sí, le dije. Os regalé un saco de pienso, ya recuerdo.
Y cómo si intuyera mi resquemor que volvió a surgir como un ascua en la lumbre, me dijo:
- Te pido disculpas porque encima que nos diste el saco de pienso,tuvo las santas narices de reclamarte el euro de diferencia por el collar...ya me dijo que le habías dicho que no te pareció justo, y tenías toda la razón, lo siento de verdad. Es un hombre que lo acogí por pena pero es tremendamente egoísta, lo he echado de mi casa pero termina volviendo...
Sigo sin comprender bien el motivo que mueve a esta mujer a mantener en su casa a una persona de semejante categoría personal, francamente, pero por la parte que a mi me toca y que al fin y al cabo es la que debe importarme, agradecí, o mejor dicho, mi voluntad agradeció el gesto de venir a la tienda a disculparse porque lo que dejé en un departamento estanco de mi persona como una venta pésima y mal entendida, dio un giro total cambiando radicalmente el sentido de aquella acción.
La mujer se marchó porque tenía hora con el veterinario que tengo justamente al lado pero no sin antes dejar establecido que volvería para comprar lo que necesitaba para sus perros.
Que venga o no, ya lo comprobaré, y quizá siga siendo una ilusa por creer en la gente, pero de esto he aprendido que algunas veces, las cosas que hacemos, que regalamos, que bien vendemos, al principio no son bien entendidas, ha de pasar tiempo para que, de vuelta, las encontremos el resultado que esperabamos. Otras no, se quedan como quedaron, pero así es como aprendemos, repitiendo lecciones una y otra vez. Somos así de humanos, ¡ qué le vamos a hacer¡.
Pilar Martinez Fernandez
Nunca dejo de reconocer de mí misma que soy vulnerable ante lo que se me presenta con mala fe, de hecho me deja tan tocada que me revelo de un modo demasiado drástico en principio, pero tambien es verdad que necesito muy poco para retomar el rumbo de mis principios y modo de ver las cosas; un pequeño atisbo de espiritu de enmienda o una simple disculpa me basta, eso sí...siempre, siempre, me tomo mi tiempo de reflexión más que nada por simple ejercicio de aprendizaje.
Esta vez, me viene bien pensar en ese sabio dicho: " quien regala, bien vende si quien recibe lo entiende", precisamente porque me gano la vida en una tienda vendiendo y hace unos días me ocurrió una anecdota que, en un principio no quise contarsela a nadie porque me dejó con la amarga sensación de haber hecho el tonto más meridiano.
A mi tienda entró un hombre y una mujer de unos sesenta y tantos años, no eran pareja, la mujer acogía al hombre en su casa porque no tenía donde ir, algo que me pareció tan atípico como curioso, pero además la mujer acogía en su casa a 12 perros, entre ellos varios galgos que había recogido abandonados en las peores condiciones. Comenzó a contarme sus desvelos con esos animales, cómo les mantenía con su pensión y lo que los animales parecían agradecerlo; el hombre mientras tanto, sonreía de un modo un tanto bobalicón, pero francamente en él no centré mi atención, sino en la mujer que mientras conversabamos empezó a escoger unos collares para dos galgas y unas cuantas cosas más que, en definitiva, compró y pagó religiosamente.
Movida por el corazón y la situación que acababa de contarme la mujer, decidí regalarle un saco de pienso de 14 kg que me había caducado hacía un mes y que tenía en la trastienda sin saber muy bién qué hacer con él. Me pareció una causa buena y un buen modo de aprovechar algo que, aunque no estuviese apto para la venta sí lo estaba para consumo.
En ese momento no púdieron llevárselo porque no traían carrito de compra ni nada y decidimos que se pasarían al día siguiente para recogerlo.
Y así fue, al día siguiente, esta vez el hombre, vino a la tiendacon un carrito y con uno de los collares que habían comprando el día anterior para que se lo cambiara por uno algo más grande.
Le entregué el saco y le ayudé a meterlo en el carrito, era un tanto enquencle el buen hombre, y luego le cambié el collar por otro modelo que resultó ser un euro más barato que el que se había llevado el día anterior, detalle en el que honestamente no reparé. Fue el propio hombre quién al fijarse en el precio marcado me dijo: - es un euro más barato no?.
Yo le contesté que sí, efectivamente, era un euro de diferencia, corroborando el precio simplemente, pero el hombre lo que estaba haciendo realmente era reclamarme que le diera ese euro de diferencia.
Me quedé un poco perpleja porque cuando tú actuas de un modo generoso, no es que esperes agradecimiento, pero si esperas que contigo también sean generosos, y aunque bien es verdad que el articulo en el cambio fluctuaba 1 euro de diferencia, cuando te regalan un saco que de 14 kg para que 12 perros coman durante 15 días, hay cosas que por decoro y buena fe no se exigen.
Y así se lo hice saber al tiempo que le ponía el euro en la mano haciendo un nudo a mi orgullo y voluntad herida pues de haberme dejado llevar por el arrebato, no le hubiera dado el saco.
Con esa risa bobalicona que había vislumbrado en el rostro del hombre el día anterior, cogió su carrito y se fue tan campante, dejándome con la sensación de haber hecho el tonto más tonto del mundo mundial, me quedé con mi voluntad bastante maltrecha incluso llegué a pensar que quizá ni tenían tantos perros ni nada de nada, algo que incentivaba más mi tontuna pues si realmente me habían tomado el pelo, lo habían hecho a costa de mi sensibilidad con los animales.
Fue en ese momento cuando me sobrevino el trabalenguero refranillo de " quien regala, bien vende si quien recibe lo entiende", pues yo había hecho la peor venta regalando a quien tan mal había entendido mi voluntad.
Pero hace unas horas antes de enfrescarme en estas líneas, la mujer ha vuelto a mi tienda. Al principio no la reconocí, llevaba un gorrito de lluvia del que le asomaban unos ojillos húmedos y tiernos.
Mirándome por debajo del ala del sombrerito, me dijo: - Vengo a darte las gracias y a pedirte disculpas...
Lo primero me pareció halagador porque pensé que le había vendido algo que le había ido muy bien y eso es lo mejor que en una tienda se puede escuchar, pero lo de las disculpas me sorprendió mucho.
Pero de estas cosas que empiezas a rebuscar en tu memoria y de, repente, al volver a mirarla a los ojos, recordé de nuevo todo. - Ah...sí, le dije. Os regalé un saco de pienso, ya recuerdo.
Y cómo si intuyera mi resquemor que volvió a surgir como un ascua en la lumbre, me dijo:
- Te pido disculpas porque encima que nos diste el saco de pienso,tuvo las santas narices de reclamarte el euro de diferencia por el collar...ya me dijo que le habías dicho que no te pareció justo, y tenías toda la razón, lo siento de verdad. Es un hombre que lo acogí por pena pero es tremendamente egoísta, lo he echado de mi casa pero termina volviendo...
Sigo sin comprender bien el motivo que mueve a esta mujer a mantener en su casa a una persona de semejante categoría personal, francamente, pero por la parte que a mi me toca y que al fin y al cabo es la que debe importarme, agradecí, o mejor dicho, mi voluntad agradeció el gesto de venir a la tienda a disculparse porque lo que dejé en un departamento estanco de mi persona como una venta pésima y mal entendida, dio un giro total cambiando radicalmente el sentido de aquella acción.
La mujer se marchó porque tenía hora con el veterinario que tengo justamente al lado pero no sin antes dejar establecido que volvería para comprar lo que necesitaba para sus perros.
Que venga o no, ya lo comprobaré, y quizá siga siendo una ilusa por creer en la gente, pero de esto he aprendido que algunas veces, las cosas que hacemos, que regalamos, que bien vendemos, al principio no son bien entendidas, ha de pasar tiempo para que, de vuelta, las encontremos el resultado que esperabamos. Otras no, se quedan como quedaron, pero así es como aprendemos, repitiendo lecciones una y otra vez. Somos así de humanos, ¡ qué le vamos a hacer¡.
Pilar Martinez Fernandez
miércoles, 16 de enero de 2013
Mañana ¿ Seguirá habiendo rosas?
Es una preguntas retórica, de esas que no se pueden contestar de forma literal, ni tampoco con certezas, es...¿ cómo decirlo?, una especie de metáfora lanzada al viento que toca sútilmente los pensamientos diversos...
Mañana, ¿ seguirá habiendo rosas?..., te lo vuelvo a preguntar con insistencia, como quien busca que le digas que sí, pero no es esa respuesta la que busco; no. Busco que pienses y observes a tu alrededor, las dos cosas al tiempo, o si lo prefieres, primero observa...luego, piensa. Piensa si te gusta lo que observas, si hay belleza en lo que ves, frescura, aroma, color...o, si por el contrario, ves cosas marchitas, empobrecidas, enrarecidas por la banalidad, o peor, inertes, sin que te digan absolutamente nada...
Yo, vendo flores; no cortadas, sino en maceta; primaveras, pensamientos, clavelinas, margaritas, rosas...y sólo cuando están en grado de primor, la gente las compra. Si las flores van marchitando quedando la planta únicamente verde, la gente no las quiere porque no tienen la certeza de qué flores y de qué color volverán a salir,
Esto es muy curioso; así las ponga más baratas, la gente no las compra. Y pienso que, a lo mejor, creen que intento venderles sólo hojas, una planta que quizá ya no vuelva a florecer más. No lo sé, creo que en el fondo, la mayoría no entiende el ciclo de la vida en sí misma.
Por eso,vuelvo a preguntarte sin intención de que me contestes, sólo que pienses. Piensa si crees sin ver, si ves sin mirar con los ojos, si tus ojos ven más allá de lo inmediato, si más allá crees que seguirá habiendo rosas de aterciopelada textura, o, por el contrario, no te preocupa demasiado porque en el fondo crees que de algún modo se puede vivir sin rosas.
Hoy existe entre nosotros el torpe concepto del gozo por lo inmediato al tiempo que lo consumimos vorázmente. Al día siguiente, hastiados por los excesos, consumidos por lo efímero, somos menos capaces de ver la belleza que brotará en días sucesivos. No es pues la vida lo que se agota, ni tampoco lo que ofrece, sino nuestra vista, nuestro gusto, nuestro olfato...nuestros cinco sentidos para percibir la vida misma.
Así pues, ante la pregunta: Mañana ¿ seguirá habiendo rosas?, piensa si por el camino, has perdido alguno de tus sentidos que te impida verlas, olerlas, tocarlas...esa y no otra, es la pregunta que debes hacerte, pues las rosas, como cuánto se puede percibir en esta vida, pueden o no ser prescindibles, eso sólo tú puedes determinarlo, pero nadie por tí puede descubrir la belleza, ni tampoco contartela...te corresponde a tí percibirla para embriagarte de ella. ´
Mañana, ¿ seguirá habiendo rosas?..., te lo vuelvo a preguntar con insistencia, como quien busca que le digas que sí, pero no es esa respuesta la que busco; no. Busco que pienses y observes a tu alrededor, las dos cosas al tiempo, o si lo prefieres, primero observa...luego, piensa. Piensa si te gusta lo que observas, si hay belleza en lo que ves, frescura, aroma, color...o, si por el contrario, ves cosas marchitas, empobrecidas, enrarecidas por la banalidad, o peor, inertes, sin que te digan absolutamente nada...
Yo, vendo flores; no cortadas, sino en maceta; primaveras, pensamientos, clavelinas, margaritas, rosas...y sólo cuando están en grado de primor, la gente las compra. Si las flores van marchitando quedando la planta únicamente verde, la gente no las quiere porque no tienen la certeza de qué flores y de qué color volverán a salir,
Esto es muy curioso; así las ponga más baratas, la gente no las compra. Y pienso que, a lo mejor, creen que intento venderles sólo hojas, una planta que quizá ya no vuelva a florecer más. No lo sé, creo que en el fondo, la mayoría no entiende el ciclo de la vida en sí misma.
Por eso,vuelvo a preguntarte sin intención de que me contestes, sólo que pienses. Piensa si crees sin ver, si ves sin mirar con los ojos, si tus ojos ven más allá de lo inmediato, si más allá crees que seguirá habiendo rosas de aterciopelada textura, o, por el contrario, no te preocupa demasiado porque en el fondo crees que de algún modo se puede vivir sin rosas.
Hoy existe entre nosotros el torpe concepto del gozo por lo inmediato al tiempo que lo consumimos vorázmente. Al día siguiente, hastiados por los excesos, consumidos por lo efímero, somos menos capaces de ver la belleza que brotará en días sucesivos. No es pues la vida lo que se agota, ni tampoco lo que ofrece, sino nuestra vista, nuestro gusto, nuestro olfato...nuestros cinco sentidos para percibir la vida misma.
Así pues, ante la pregunta: Mañana ¿ seguirá habiendo rosas?, piensa si por el camino, has perdido alguno de tus sentidos que te impida verlas, olerlas, tocarlas...esa y no otra, es la pregunta que debes hacerte, pues las rosas, como cuánto se puede percibir en esta vida, pueden o no ser prescindibles, eso sólo tú puedes determinarlo, pero nadie por tí puede descubrir la belleza, ni tampoco contartela...te corresponde a tí percibirla para embriagarte de ella. ´
Ilusiones
Según
cuenta una tradición navideña, llegado
el último día de fin de año, el muérdago se debe regalar y colgarlo en la casa
cerca de la puerta de entrada para que toda la familia tenga salud y buena suerte.
Del
mismo modo, dice también la tradición que la pareja que se diera un beso bajo
una rama de muérdago tendrá felicidad asegurada para toda la vida.
Al año
siguiente, el muérdago hay que quemarlo y sustituirlo por otro nuevo para que
la buena suerte continúe.
Como
tradición es curiosa e incluso, por qué
no decirlo, también con cierto halo de magia pues no en vano esta planta
era muy utilizada por los druidas celtas para hacer sus pociones contra los
malos espiritus.
Queramos creer en ello o no, lo cierto es que
siempre que comienza un nuevo año, nos proponemos cosas, queremos que todo
fluya de una manera renovada, ilusionados ante la perspectiva de un tiempo que
tenemos por delante y sobre el que proyectar buenos propósitos, nuevas
metas, en definitiva, una nueva cifra en
el calendario que nos invita a mejorar para procurarnos un sano equilibrio
interior.
Y, es
que, nos dejamos querer por las ilusiones, esa es la sensación, ya sean con ciertos toques tradicionales y
mágicos o con una esperanza íntima y silenciosa, y lo hacemos porque en cierto
modo lo necesitamos; necesitamos ilusionarnos, creer que siempre hay algo bueno
esperando.
Quizá
por eso y pensándolo con un poco de detenimiento, también es necesario
interiorizar en nuestro ser para descubrirnos. A menudo, la vida se torna tan complicada y caprichosa
que es inevitable sentir mordeduras en nuestras ilusiones. Nuestra
vulnerabilidad ante las decepciones, las frustraciones, los desengaños suele
estar tan a flor de piel que no es raro perder ilusión por el camino. ¿A quién
no le ha pasado alguna vez?...esperar algo con entusiasmo y ver que no llega o
no es lo que esperábamos. Pero, de estos
varapalos, hay que saber trascender, elevarse para no caer en la inercia
del desencanto, pensar que una vaguada en el camino es el preludio de otra
colina en la que asomarse y ver otro paisaje.
No hay
duda que nuestra actitud en la vida también determina nuestras ilusiones. El sentido de una
tradición, la magia que puede o no provocar en los acontecimientos, adquiere consideración en la medida que
nosotros nos posicionemos. Si de algo sirve detenerse durante un rato para
escucharnos a pesar de nuestro frenesí cotidiano, es para destaparnos al
entusiasmo, para encender esa chispa interior que motive la capacidad de
sorprendernos, sólo así la vida puede manifestarse con espontaneidad ante lo
que está por suceder sin que nos lleve a confundirnos con la ensoñación o lo
irreal e imposible, cosas bien distintas y que son las que aumentarían la
frustración.
En
estas fechas en las que estamos, la ilusión por el año que comienza no debe únicamente motivarse por lo que
podemos llegar a atesorar o poseer, sino
aquello que vamos a acoger en nuestro haber, que son simple y llanamente
vivencias, aprendizajes, momentos únicos con quienes queremos o con quienes
están por conocerse…
Así
pues, con muérdagos o sin muérdagos en las entradas de nuestras casas, creamos
o no en determinadas magias y tradiciones, lo que sí debemos mantener son las
ilusiones ante aquello que sin acertar a
explicar, contribuye a mantenernos expectantes, esperanzados y abiertos a cada
acontecimiento que está por vivirse.
Yo por mi parte, pondré a la entrada de mi
casa unas cuantas ramitas de muérdago con la ilusión, si Dios quiere, de
que este año siga teniendo la
oportunidad de seguir haciendo lo que hago con salud.
A
vosotros, únicamente deciros que el nuevo año os ilusione y os ofrezca mucho,
mucho por vivir…
Pilar
Martinez Fernandez.
lunes, 29 de octubre de 2012
¿ Qué estás pensando?
Cuando era niña, recuerdo que una de mis profesoras, en las observaciones del boletín de notas puso lo siguiente: " es una alumna trabajadora y muy reflexiva". Aquellas palabras ignoro si se las puso a alguna compañera más de mi curso, pero a mi me calaron bastante porque era la primera vez que una persona adulta conseguía ver más allá de mi timidez por aquellos días. El modo que yo tenía de aprovechar esa falta de valentía para participar más en clase era, precisamente, escuchando y luego reflexionar para sacar mis propias conclusiones.
Con el tiempo, no terminas de vencer la timidez pero de alguna manera la capacidad de pensar para luego dar forma a tus principios te dota también de cierta seguridad y firmeza a la hora de enfrentarte a un intercambio de opiniones.
Siguiendo aquella buena costumbre de mi niñez, también ahora me detengo observar silenciosamente lo que se mueve a mi alrededor. Opinar, lo que se dice opinar, muchas veces evito hacerlo en voz alta, y no porque no esté segura de lo que pienso, sino más bien por el hecho de no enfangarme en diatribas que por lo general no conducen a nada, porque también con el tiempo me he dado cuenta de que hay gente a la que discutir le motiva, le divierte, de tal manera que aunque tú des uno y mil planteamientos razonables, se atragantan para decirte una y otra vez lo mismo sin escuchar en absoluto lo que tú está diciendo.
Para colmo, hay cierto perfil de " opinantes", que te repiten cuán loros parlantes lo que han oído como simples ecos, y con los ecos no se establece debate, pierden fuerza a medida que se repiten, sin embargo, la reflexión es otra cosa, es un tiempo muy preciso que se le dedica a comprender una idea, un suceso, una experiencia...
Algunas veces me gusta leer esas frases que otros pronunciaron, y no por lo verdaderas que puedan ser sino porque no deja de asombrarme la riqueza del ser humano cuando después de someterse al insondable mundo del pensamiento, consigue conjugar las mejores palabras para las más encontradas conclusiones.
Así por ejemplo, siempre me ha gustado esa frase de Pascal, " el corazón tiene razones que la razón no entiende"...un juego de palabras tan inteligente como veráz a la hora de contraponer los sentimientos y las emociones con el raciocinio y el pragmatismo.
No obstante, no hace mucho, al abrir el facebook y ver el espacio donde se puede poner lo que quieras haciendo la pregunta ¿ Qué estás pensando?, me quedé un rato desconcertada porque no estaba pensando absolutamente nada. Y eso fue, precisamente lo que puse en ese espacio en blanco: " no pienso en nada y eso empieza a precouparme
Esto finalmente resultó ser el detonante de estas líneas pues aunque fue una completa tontería lanzada al ciberespacio, tuvo su graciosa contestación por parte de una amiga de mi circulo de contactos: " no te preocupes mujer, de vez en cuando hay que dar a la mente su tiempo de relax".
Con toda su mejor intención, trató de soliviantar mi momento de pensamiento vacío, pero quizá porque no me expliqué mejor, no entendió realmente mi preocupación; no tener nada que decir en mi caso es peor que callar lo que me gustaría decir.
Y es que, en realidad, puede que no se consiga mucho cambiar el mundo o aquello que no nos gusta cuando nos detenemos a pensar, pero de algún modo no sentirse como una balsa a la deriva en lo que concierne al pensamiento te dota de una capacidad de decisión tan buena que ejercerla te hace sentir más persona porque para mí el pensamiento es una introspección en ese interior que absorbe todo lo que le llega del exterior.
Relajarse es un concepto, por el contrario, más para conseguir encontrar un equilibrio entre cuerpo y mente cuando hay sobrecargas no para abandonarse más a la carencia de ideas y pensamientos.
En fin...que pensar, siempre es bueno sobre todo si se hace de un modo inteligente, personal y honesto. Asi pues, aunque lo que pensemos sea erroneo, siempre será mejor que no pensar absolutamente nada, Hipatía de Alejandría pues..pensó muy acertadamente.
Pilar Martinez ( Octubre 2012)
Con el tiempo, no terminas de vencer la timidez pero de alguna manera la capacidad de pensar para luego dar forma a tus principios te dota también de cierta seguridad y firmeza a la hora de enfrentarte a un intercambio de opiniones.
Siguiendo aquella buena costumbre de mi niñez, también ahora me detengo observar silenciosamente lo que se mueve a mi alrededor. Opinar, lo que se dice opinar, muchas veces evito hacerlo en voz alta, y no porque no esté segura de lo que pienso, sino más bien por el hecho de no enfangarme en diatribas que por lo general no conducen a nada, porque también con el tiempo me he dado cuenta de que hay gente a la que discutir le motiva, le divierte, de tal manera que aunque tú des uno y mil planteamientos razonables, se atragantan para decirte una y otra vez lo mismo sin escuchar en absoluto lo que tú está diciendo.
Para colmo, hay cierto perfil de " opinantes", que te repiten cuán loros parlantes lo que han oído como simples ecos, y con los ecos no se establece debate, pierden fuerza a medida que se repiten, sin embargo, la reflexión es otra cosa, es un tiempo muy preciso que se le dedica a comprender una idea, un suceso, una experiencia...
Algunas veces me gusta leer esas frases que otros pronunciaron, y no por lo verdaderas que puedan ser sino porque no deja de asombrarme la riqueza del ser humano cuando después de someterse al insondable mundo del pensamiento, consigue conjugar las mejores palabras para las más encontradas conclusiones.
Así por ejemplo, siempre me ha gustado esa frase de Pascal, " el corazón tiene razones que la razón no entiende"...un juego de palabras tan inteligente como veráz a la hora de contraponer los sentimientos y las emociones con el raciocinio y el pragmatismo.
No obstante, no hace mucho, al abrir el facebook y ver el espacio donde se puede poner lo que quieras haciendo la pregunta ¿ Qué estás pensando?, me quedé un rato desconcertada porque no estaba pensando absolutamente nada. Y eso fue, precisamente lo que puse en ese espacio en blanco: " no pienso en nada y eso empieza a precouparme
Esto finalmente resultó ser el detonante de estas líneas pues aunque fue una completa tontería lanzada al ciberespacio, tuvo su graciosa contestación por parte de una amiga de mi circulo de contactos: " no te preocupes mujer, de vez en cuando hay que dar a la mente su tiempo de relax".
Con toda su mejor intención, trató de soliviantar mi momento de pensamiento vacío, pero quizá porque no me expliqué mejor, no entendió realmente mi preocupación; no tener nada que decir en mi caso es peor que callar lo que me gustaría decir.
Y es que, en realidad, puede que no se consiga mucho cambiar el mundo o aquello que no nos gusta cuando nos detenemos a pensar, pero de algún modo no sentirse como una balsa a la deriva en lo que concierne al pensamiento te dota de una capacidad de decisión tan buena que ejercerla te hace sentir más persona porque para mí el pensamiento es una introspección en ese interior que absorbe todo lo que le llega del exterior.
Relajarse es un concepto, por el contrario, más para conseguir encontrar un equilibrio entre cuerpo y mente cuando hay sobrecargas no para abandonarse más a la carencia de ideas y pensamientos.
En fin...que pensar, siempre es bueno sobre todo si se hace de un modo inteligente, personal y honesto. Asi pues, aunque lo que pensemos sea erroneo, siempre será mejor que no pensar absolutamente nada, Hipatía de Alejandría pues..pensó muy acertadamente.
Pilar Martinez ( Octubre 2012)
martes, 23 de octubre de 2012
El castellano, bien presente mal que pese.
Pese a quién pese, y por mucho que se quiera comparar, no
existe lengua ni dialecto en el territorio español que esté tan presente como
el castellano.
No es ningún alarde de castellanismo, otra cosa es que lo
parezca para quienes lo ven como una amenaza en lugar de una lengua paterna a la que lingüísticamente tanto debieran
agradecerle, pero no lo es. Es una evidencia que se contrapone a los nuevos
aires de exclusión que azotan al castellano en Cataluña o en Baleares y que
obligan a poner ciertos puntos sobre ciertas íes, pues parece obviarse de dónde
nacen algunas cosas y cómo se sujetan.
Para empezar, toda lengua que se precie de serlo ha de ser
lo suficientemente intensa y completa como para poder ser traducida
literalmente sin necesidad de que coexista con otra para dotarle de semántica.
Del mismo modo, cabe esperar que se sostenga con vocablos propios, no con palabras de una lengua existente a las que se les ha
sometido a variaciones ortográficas tales como colocar acentos en otras sílabas
diferentes a las tónicas de origen, cambiar“ Z” por “ C”, “ J” por “Y” , entre
otros o mutilar determinados vocablos eliminando vocales. Estas variaciones y
alteraciones son propias de un dialecto,
rico o empobrecido, con mucho o poco bagaje cultural e histórico, pero no de
una lengua como tal como puede ser el inglés, el chino o el propio castellano,
donde cada una tiene su propia gramática, semántica y vocabulario.
Del catalán hay que decir que es una lengua pero en realidad
sólo lo es para quienes así quieren verlo. No soy una experta en tesis
lingüisticas pero entre el inglés y el catalán hay un abismo lingüistico,
mientras que entre el castellano y el catalán hay mucho cruce de caminos, o dicho de una manera más ilustrada aún, ramas de un único árbol.
Si de hablar se trata y no
en vano me he propuesto hablar claro sobre ello aún a riesgo de estar
equivocada, me he sometido a un curioso experimento con la página Web de la Generalitat de
Cataluña y su traductor automático on line.
Elegida la trascripción de castellano a catalá, escribí lo
siguiente:
“ Es facil, sencillo, simple, de poca importancia, una
sosería, algo vulgar pero tiene su encanto natural “. No me refería a nada
en concreto, simple palabrería, pero la traducción literal fue la siguiente: “
És facil, senzill, simple, de poca importància, una sosería, una mica vulgar però té el seu encant natural ”.
Otra
frase más sencilla: El arbol es grande pero está seco. Traducción literal: L'arbol
és gran però està sec.
A estas
dos frases, quitemosle la raíz del castellano y ¿ Qué les queda?.
Ni que
decir tiene que con las coletillas y los tacos castizos que habitualmente se
usan indistintamente en cualquier lugar de España, la cosa no pintó mejor con el traductor
catalán. Determinados insultos, tacos y frases hechas, no encontraron
acepción y fueron trascritos
literalmente. Otros, no obstante, consiguieron la transformación. Ejemplo
archisonado : “ coyons”, pero pocos más.
Por eso no deja de resultar un poco absurdo a mi juicio que se empeñen tanto en
excluir el castellano del ámbito público y cotidiano en Cataluña, en el País
Vasco e incluso en Galicia. Por mucha lengua propia que se diga tener, el
castellano más casto es un recurso ineludible y de difícil sustitución en
momentos de arrebato o para hacerse respetar. Y no lo es menos en aquellas
lenguas donde se demuestra una raíz y un
complemento más que considerable en su vocabulario. Así pues, el castellano y
su uso o desuso, no es una cuestión de libertades ni de igualdades a la hora de
expresarse en un determinado lugar en una lengua u otra, tampoco un obstáculo o
algo superfluo que deba excluirse para ponderar vanidades lingüisticas. Muy al
contrario de lo que en ciertos territorios se reconoce, sin el castellano y su
generosa raíz compartida, no existiría
el bilingüismo. Y eso es un hecho.
miércoles, 25 de julio de 2012
La muñeca que un día dejó de serlo
Desde que recordaba, Malena habia sido una muñeca. Eso es lo que le decían todos que era; una bonita muñeca con carita de porcelana, ojos negros, un bonito cabello y...siempre impecablemente vestida.
Era también silenciosa y dócil, capaz de permanecer con su sonrisa y mirada infinita allí donde se la colocara. Era, en realidad, lo único que se esperaba de ella; que fuera una muñeca bonita.
Pero trás esa cara de bonita porcelana y eterna sonrisa, palpitaba un corazón adormecido. Adormecido, sí. Tal vez por inseguridad, o quizá por miedo, pero Malena cada día se decía a sí misma que no debía hacer nada más, sino sonreir cándidamente pues también se convencía a sí misma de que, en defintiva, era lo que se esperaba de ella.
Pero nada permanece dormido demasiado tiempo, menos aún cuando, parte de ese tiempo, se está con los ojos abiertos.
Sentada como cualquier otro día en ese lugar tenúe en el que acostumbraba a quedarse ensimismada esperando y con la mirada pérdida en un punto lejano y difuso, de pronto, alguién se acercó hasta ella.
Malena sintió una respiración suave cerca de la cara. El cálido aliento le calentaba las mejillas. Empezó a inquietarse. Nunca antes alguien se había acercado tanto a ella, no de esa manera, era como si escudriñara su rostro para ver si era real.
Se ruborizó, tampoco había sentido ese calor tan súbito en su rostro nunca. Pero, finalmente, sonrío; sonrío como solía hacerlo, esbozando con los labios apretados una media luna de mejilla a mejilla. Y de pronto, ¡ flash¡, una potente luz blanca le cegó la cara tras escuchar un metálico " click" cerca de su oído.
Una lágrima comenzó a asomar voluminosa en uno de sus ojos negros como botones. Malena no entendía qué le estaba ocurriendo ni porqué esa luz la había perturbado tanto la mirada. Sentía los ojos como secos pero al mismo tiempo con la imperiosa necesidad de llorar.Sin embargo, no se sentía triste, tan sólo desconcertada.
A su lado, un joven no dejaba de observarla; desde un ángulo, desde otro, de abajo arriba, de lado, de frente...y con cada perspectiva, un disparo de su cámara de fotos. No hablaba, sólo miraba a Malena como si hubiera encontrado un hallazgo valioso o, tal vez, queriendo encontrar algo más.
Malena siguió fija en ese punto difuso del horizonte al que miraba a pesar de esa lágrima qué, finalmente, rodó por su mejilla.
Finalmente, esto incomodó mucho a Malena, nadie la había mirado nunca así y en sus mejillas no desaparecía ese pequeño rubor que tan impertinentemente la estaba dejando en evidencia.
El jóven en cambio parecía divertirse. Cada detalle en el que se detenía de la muñeca le provocaba una curiosidad impulsiva que le hacía hacer más y más fotos enfocando cada vez más y más cerca...el vestido de cuadros, el sombrerito de paja, las manos, el pelo trenzado...
Finalmente, el joven dijo - ¡¡ Qué lástima que no seas más que una muñeca¡¡, e inmediatamente, guardó su cámara dispuesto a marcharse sin más.
Pero malena, a pesar de haber escuchado eso mismo muchas otras veces, en ese momento rompió a sollozar mohina pronunciando las cuatros palabras que desde hacía mucho tiempo había deseado decir: ¡¡¡ No soy una muñeca¡¡¡.
El jovén se volvió subitamente hacía ella movido por ese repentino grito que percibió con un desgarro propio de alguien que estaba sufriendo.
- ¿ Qué has dicho?, le preguntó. Porque...¿ has sido tú quien ha gritado, verdad?.
- ¡ Sí¡, ¡ he sido yo¡....y, no soy una muñeca, volvió a repetir esta vez con arrojo, sin sollozar, como quien desea hacer prevalecer una verdad reveladora.
- Pero yo creí...dijo el joven olvidándose de la cámara y de todas las fotos que le había hecho a Malena.- Estabas tan quieta y...eres tan perfecta...
Malena abrió aún más los ojos si cabe. Muchas veces había oído que era bonita, pero perfecta...eso no se lo habían dicho nunca.
- De verdad..¿ soy perfecta?, preguntó esta vez con voz más quebradiza.
El joven, no sabía qué decir, mucho menos qué hacer en esa situación. El simplemente se había acercado hasta ella porque por alguna razón extraña verla en ese rincón tan silenciosa y sin articular ningún movimiento le hizo sentir curiosidad.
- A mi me lo pareces, sí, contestó en un intento de no contrariarla. Era bonita, pero en conjunto, toda ella le pareció armoniosa, pero tampoco sabía muy bien cómo definir lo que veía en ella.
Malena al escuchar al joven, tan desconcertado como ella con esa situación, quiso mostrar una vez más esa cándidez de la que estaba hecha.
- Todos piensan de mí que soy una muñeca bonita y que es lo único que debo ser, un bonito objeto inmóvil, silencioso, a lo sumo debo sonreir agradecida cuando me miran...como he hecho contigo cuando te has acercado pero...
Su voz se entrecortó. Un pequeño nudo se le estaba formando en la garganta al tiempo que sentía unas ganas irrefrenables de sollozar, pero consiguió controlarlo por un momento.
- Llevo tiempo así...siendo una bonita muñeca que espera que la miren para luego tener un motivo para sonreir, ¿ sabes?..y eso es muy cansado y también ¡ muy triste¡, dijo ahogando en un sollozo las últimas palabras.
- ¿ Cómo te llamas?, preguntó el joven cogiéndola de las manos pequeñas y delicadas que hasta ese momento habían permanecido muy juntas entre la tela del vestido.
-Malena, me llamo Malena nada más.
-Y qué edad tienes?, se decidió a preguntar. Desde un principio era algo que se había preguntado porque no acertaba a definir si era una niña, una adolescente o una mujer más madura.
- No lo sé...dijo cabizbaja. Creo que siempre he sido así, joven, mayor...no lo sé.
Definitivamente, Malena le cautivó. No acertaba a comprender qué era lo que tenía, qué clase de embrujo ejercía sobre él, pero descubrirla lo cambiaba todo.
- No se me ocurre qué hacer para que te sientas mejor, menos triste, Malena...a mí me gustaría llevarte a algún lado, no sé...a pasear tal vez, salir de esta habitación y que veas lo que hay fuera...
Los ojos de Malena se iluminaron radiantes. Nunca antes su cara había esbozado el júbilo como en ese momento.
- De verdad, ¿ me sacarías de aqui?...¿ me llevarías fuera para enseñarme lo que hay detrás de estas paredes?.
- Por supuesto, Malena. Claro que sí. Estás perfecta para eso...y al mundo, estoy seguro de que le vas a gustar mucho.
Pero Malena, volvió a bajar la cabeza.
- Es que soy frágil, puedo romperme...dijo como si fuera, efectivamente, la muñeca de siempre.
Quién sonrió esta vez fue el joven.
- Yo creo que no, Malena. No vas a romperte. Andaremos primero despacio, sin prisa...y después ya veremos si queremos saltar, correr...
¡Saltar¡ , ¡ Correr¡...cómo le ilusionaba eso a Malena.
- ¿ Cómo te llamas?....no me lo has dicho aún, le preguntó curiosa.
- Adrian...me llamo Adrian, como el emperador Adriano pero sin la " o".
- ¿Qué es un emperador?...preguntó Malena con inocencia.
Una sonora carcajada llenó la habitanción. En un primer instante aquella carcajada pilló a Malena de sorpresa, ella había sonreído muchas veces pero nunca se había reído así, con tanta alegría. Adrian, que ahora ya sabía cómo se llamaba, parecía divertirse y eso también era nuevo para ella.
- ¿ Qué divertida eres?...dijo Adrian finalmente sin poder parar de reir.
- ¿ Divertida?...me estás diciendo cosas que nadie me ha dicho antes y me gusta.
- Pues más te va a gustar salir de aqui y venirte conmigo...
Y cogiendola de la mano, la ayudó a ponerse de pie.
Malena sintió todo el peso sobre sus pequeños pies y para su sorpresa, no se caía...¡ podía andar¡.
Levantó la cabeza para mirar a Adrián y sonriéndole le dijo:
- Vámonos...quiero ver lo que hay ahí fuera.
Y Fue así como Malena, siendo una muñeca bonita, frágil y dócil, cambió esas cuatro paredes en las que había permanecido por ese mundo que como mujer merecía descubrir.
- Pero entonces...
Sentada como cualquier otro día en ese lugar tenúe en el que acostumbraba a quedarse ensimismada esperando y con la mirada pérdida en un punto lejano y difuso, de pronto, alguién se acercó hasta ella.
Malena sintió una respiración suave cerca de la cara. El cálido aliento le calentaba las mejillas. Empezó a inquietarse. Nunca antes alguien se había acercado tanto a ella, no de esa manera, era como si escudriñara su rostro para ver si era real.
Se ruborizó, tampoco había sentido ese calor tan súbito en su rostro nunca. Pero, finalmente, sonrío; sonrío como solía hacerlo, esbozando con los labios apretados una media luna de mejilla a mejilla. Y de pronto, ¡ flash¡, una potente luz blanca le cegó la cara tras escuchar un metálico " click" cerca de su oído.
Una lágrima comenzó a asomar voluminosa en uno de sus ojos negros como botones. Malena no entendía qué le estaba ocurriendo ni porqué esa luz la había perturbado tanto la mirada. Sentía los ojos como secos pero al mismo tiempo con la imperiosa necesidad de llorar.Sin embargo, no se sentía triste, tan sólo desconcertada.
A su lado, un joven no dejaba de observarla; desde un ángulo, desde otro, de abajo arriba, de lado, de frente...y con cada perspectiva, un disparo de su cámara de fotos. No hablaba, sólo miraba a Malena como si hubiera encontrado un hallazgo valioso o, tal vez, queriendo encontrar algo más.
Malena siguió fija en ese punto difuso del horizonte al que miraba a pesar de esa lágrima qué, finalmente, rodó por su mejilla.
Finalmente, esto incomodó mucho a Malena, nadie la había mirado nunca así y en sus mejillas no desaparecía ese pequeño rubor que tan impertinentemente la estaba dejando en evidencia.
El jóven en cambio parecía divertirse. Cada detalle en el que se detenía de la muñeca le provocaba una curiosidad impulsiva que le hacía hacer más y más fotos enfocando cada vez más y más cerca...el vestido de cuadros, el sombrerito de paja, las manos, el pelo trenzado...
Finalmente, el joven dijo - ¡¡ Qué lástima que no seas más que una muñeca¡¡, e inmediatamente, guardó su cámara dispuesto a marcharse sin más.
Pero malena, a pesar de haber escuchado eso mismo muchas otras veces, en ese momento rompió a sollozar mohina pronunciando las cuatros palabras que desde hacía mucho tiempo había deseado decir: ¡¡¡ No soy una muñeca¡¡¡.
El jovén se volvió subitamente hacía ella movido por ese repentino grito que percibió con un desgarro propio de alguien que estaba sufriendo.
- ¿ Qué has dicho?, le preguntó. Porque...¿ has sido tú quien ha gritado, verdad?.
- ¡ Sí¡, ¡ he sido yo¡....y, no soy una muñeca, volvió a repetir esta vez con arrojo, sin sollozar, como quien desea hacer prevalecer una verdad reveladora.
- Pero yo creí...dijo el joven olvidándose de la cámara y de todas las fotos que le había hecho a Malena.- Estabas tan quieta y...eres tan perfecta...
Malena abrió aún más los ojos si cabe. Muchas veces había oído que era bonita, pero perfecta...eso no se lo habían dicho nunca.
- De verdad..¿ soy perfecta?, preguntó esta vez con voz más quebradiza.
El joven, no sabía qué decir, mucho menos qué hacer en esa situación. El simplemente se había acercado hasta ella porque por alguna razón extraña verla en ese rincón tan silenciosa y sin articular ningún movimiento le hizo sentir curiosidad.
- A mi me lo pareces, sí, contestó en un intento de no contrariarla. Era bonita, pero en conjunto, toda ella le pareció armoniosa, pero tampoco sabía muy bien cómo definir lo que veía en ella.
Malena al escuchar al joven, tan desconcertado como ella con esa situación, quiso mostrar una vez más esa cándidez de la que estaba hecha.
- Todos piensan de mí que soy una muñeca bonita y que es lo único que debo ser, un bonito objeto inmóvil, silencioso, a lo sumo debo sonreir agradecida cuando me miran...como he hecho contigo cuando te has acercado pero...
Su voz se entrecortó. Un pequeño nudo se le estaba formando en la garganta al tiempo que sentía unas ganas irrefrenables de sollozar, pero consiguió controlarlo por un momento.
- Llevo tiempo así...siendo una bonita muñeca que espera que la miren para luego tener un motivo para sonreir, ¿ sabes?..y eso es muy cansado y también ¡ muy triste¡, dijo ahogando en un sollozo las últimas palabras.
- ¿ Cómo te llamas?, preguntó el joven cogiéndola de las manos pequeñas y delicadas que hasta ese momento habían permanecido muy juntas entre la tela del vestido.
-Malena, me llamo Malena nada más.
-Y qué edad tienes?, se decidió a preguntar. Desde un principio era algo que se había preguntado porque no acertaba a definir si era una niña, una adolescente o una mujer más madura.
- No lo sé...dijo cabizbaja. Creo que siempre he sido así, joven, mayor...no lo sé.
Definitivamente, Malena le cautivó. No acertaba a comprender qué era lo que tenía, qué clase de embrujo ejercía sobre él, pero descubrirla lo cambiaba todo.
- No se me ocurre qué hacer para que te sientas mejor, menos triste, Malena...a mí me gustaría llevarte a algún lado, no sé...a pasear tal vez, salir de esta habitación y que veas lo que hay fuera...
Los ojos de Malena se iluminaron radiantes. Nunca antes su cara había esbozado el júbilo como en ese momento.
- De verdad, ¿ me sacarías de aqui?...¿ me llevarías fuera para enseñarme lo que hay detrás de estas paredes?.
- Por supuesto, Malena. Claro que sí. Estás perfecta para eso...y al mundo, estoy seguro de que le vas a gustar mucho.
Pero Malena, volvió a bajar la cabeza.
- Es que soy frágil, puedo romperme...dijo como si fuera, efectivamente, la muñeca de siempre.
Quién sonrió esta vez fue el joven.
- Yo creo que no, Malena. No vas a romperte. Andaremos primero despacio, sin prisa...y después ya veremos si queremos saltar, correr...
¡Saltar¡ , ¡ Correr¡...cómo le ilusionaba eso a Malena.
- ¿ Cómo te llamas?....no me lo has dicho aún, le preguntó curiosa.
- Adrian...me llamo Adrian, como el emperador Adriano pero sin la " o".
- ¿Qué es un emperador?...preguntó Malena con inocencia.
Una sonora carcajada llenó la habitanción. En un primer instante aquella carcajada pilló a Malena de sorpresa, ella había sonreído muchas veces pero nunca se había reído así, con tanta alegría. Adrian, que ahora ya sabía cómo se llamaba, parecía divertirse y eso también era nuevo para ella.
- ¿ Qué divertida eres?...dijo Adrian finalmente sin poder parar de reir.
- ¿ Divertida?...me estás diciendo cosas que nadie me ha dicho antes y me gusta.
- Pues más te va a gustar salir de aqui y venirte conmigo...
Y cogiendola de la mano, la ayudó a ponerse de pie.
Malena sintió todo el peso sobre sus pequeños pies y para su sorpresa, no se caía...¡ podía andar¡.
Levantó la cabeza para mirar a Adrián y sonriéndole le dijo:
- Vámonos...quiero ver lo que hay ahí fuera.
Y Fue así como Malena, siendo una muñeca bonita, frágil y dócil, cambió esas cuatro paredes en las que había permanecido por ese mundo que como mujer merecía descubrir.
- Pero entonces...
martes, 3 de abril de 2012
El laberinto
Quiero dedicar hoy un poco de espacio en esta bitacora personal en la que de vez en cuando dejo asomar mis pensamientos, a una persona; puedes ser tú, ¿ Por qué no?, no se trata de decir tu nombre ni de que aparezca aqui como una mención especial. No. Un nombre no hace a la persona, sólo es una nomenclatura que además de tí la llevan otras muchas más personas a las que decidieron llamarlas de la misma manera.
Sin embargo, sabrás que eres tú de quien hablo, porque cuando me pides que escriba algo nuevo, o me reprochas cariñosamente que escribo menos, lo haces bajo la secreta intención de llenarte por unos minutos, mientras lees, de todos esos matices en los que te hago pensar.
No voy a hacerte esperar más.
Imagina un lugar en el que solo puedes ver dos colores; azul y verde y que caminas en silencio, despacio, sin prisa, como quien no sabe hacía dónde se dirige pero se deja llevar por la intución.
De repente, una brisa repéntina con aroma a musgo te roza la cara. Levantas la vista y, allí estás: en medio de un largo pasillo con setos muy altos que, al mirar más allá, parecen terminar en otra enorme pared de setos, como si aquello no tuviera salida.
No lo piensas en ese momento, en la salida quiero decir. Piensas en cómo has llegado hasta allí, qué extraños pasos te han llevado a tan delirante situación. Pero, enseguida, te percatas también que de poco sirve pensar cómo estás allí, estás y eso...¡ayy¡, comienza a desesperarte, a instintivamente querer moverte, a no quedarte allí sin hacer absolutamente nada, a lo sumo piensas en que alguien pueda ayudarte, una mano amiga, tal vez alguien que te quiere....sin embargo, esas enormes y altas paredes verdes pareciendo rozar levemente el cielo, te hacen sentir tan insignificante allí en medio que, al final, decides seguirle el juego; comienzas a caminar y a caminar de un lado para otro, sin saber muy bien si avanzas o giras continuamente sobre el mismo centro. Pero, no puedes hacer otra cosa. Desconoces el rumbo, tampoco la orientación te funciona, únicamente caminas y caminas, a ratos con fatiga, otros con ansiedad, pero todo el tiempo siguiendo una inercia que te domina y que te empuja a seguir.
Después de un rato dentro del laberinto, comienzas a desesperarte realmente. Tiene tan poco sentido encontrarte allí, verdad? que la salida, la empiezas a intuir incierta, y encima, te rodea una silenciosa soledad.
Pero de pronto, el camino se ensancha, se hace más abierto el fondo verde con el que te has topado una y otra vez en ese laberinto. El cielo también empieza a asomar más en panorámico, como queriendo dejar ver más el horizonte....Síiiiiiii, estás en la salida, estás al final de la enorme encruciajada que has soportado. Y respiras profundamente, necesitas creer que dónde te encuentras, es el punto en el cual queda atrás todo lo sufrido. Lo es, claro que lo es. Todo se abre, hay claridad, un camino más definido, un horizonte más brillante...y tus pasos, más firmes, sabiendo, ahora sí, hacía dónde se dirigen.
Y, ¡ qué felicidad te inunda¡, la dificultad te ha hecho disfrutar plenamente de tu logro.
Pues así es la vida, querid@ amig@, a veces, durante un tiempo más o menos prolongado, un laberinto del que no vemos salida. Y ya lo ves, rendirse ante el laberinto, es vivir en una constante desesperación y bajo una inercia en la que no eres tú, sino un somero actor en una tragicomedia.
Así pues, sea cual sea el laberinto en el que te encuentres, ten la absoluta certeza que debes seguir moviéndote para que la salida, en algún pasillo termine abriéndose. No hay otra forma, y da igual si pasas por el mismo sitio dos veces, equivocarse también sirve para obligarte a rectificar. Lo importante es, primero, saber que se está en un laberinto, segundo, comenzar a caminar, y tercero, aceptar la desesperación para, finalmente, obligarse a encontrar la salida.
Ah...y otro detalle más que se me olvidaba mencionarte; todo laberinto, por muy largo, enrevesado o tremendamente encruzijado que sea, siempre, siempre, tiene una entrada y una salida.
Sin embargo, sabrás que eres tú de quien hablo, porque cuando me pides que escriba algo nuevo, o me reprochas cariñosamente que escribo menos, lo haces bajo la secreta intención de llenarte por unos minutos, mientras lees, de todos esos matices en los que te hago pensar.
No voy a hacerte esperar más.
Imagina un lugar en el que solo puedes ver dos colores; azul y verde y que caminas en silencio, despacio, sin prisa, como quien no sabe hacía dónde se dirige pero se deja llevar por la intución.
De repente, una brisa repéntina con aroma a musgo te roza la cara. Levantas la vista y, allí estás: en medio de un largo pasillo con setos muy altos que, al mirar más allá, parecen terminar en otra enorme pared de setos, como si aquello no tuviera salida.
No lo piensas en ese momento, en la salida quiero decir. Piensas en cómo has llegado hasta allí, qué extraños pasos te han llevado a tan delirante situación. Pero, enseguida, te percatas también que de poco sirve pensar cómo estás allí, estás y eso...¡ayy¡, comienza a desesperarte, a instintivamente querer moverte, a no quedarte allí sin hacer absolutamente nada, a lo sumo piensas en que alguien pueda ayudarte, una mano amiga, tal vez alguien que te quiere....sin embargo, esas enormes y altas paredes verdes pareciendo rozar levemente el cielo, te hacen sentir tan insignificante allí en medio que, al final, decides seguirle el juego; comienzas a caminar y a caminar de un lado para otro, sin saber muy bien si avanzas o giras continuamente sobre el mismo centro. Pero, no puedes hacer otra cosa. Desconoces el rumbo, tampoco la orientación te funciona, únicamente caminas y caminas, a ratos con fatiga, otros con ansiedad, pero todo el tiempo siguiendo una inercia que te domina y que te empuja a seguir.
Después de un rato dentro del laberinto, comienzas a desesperarte realmente. Tiene tan poco sentido encontrarte allí, verdad? que la salida, la empiezas a intuir incierta, y encima, te rodea una silenciosa soledad.
Pero de pronto, el camino se ensancha, se hace más abierto el fondo verde con el que te has topado una y otra vez en ese laberinto. El cielo también empieza a asomar más en panorámico, como queriendo dejar ver más el horizonte....Síiiiiiii, estás en la salida, estás al final de la enorme encruciajada que has soportado. Y respiras profundamente, necesitas creer que dónde te encuentras, es el punto en el cual queda atrás todo lo sufrido. Lo es, claro que lo es. Todo se abre, hay claridad, un camino más definido, un horizonte más brillante...y tus pasos, más firmes, sabiendo, ahora sí, hacía dónde se dirigen.
Y, ¡ qué felicidad te inunda¡, la dificultad te ha hecho disfrutar plenamente de tu logro.
Pues así es la vida, querid@ amig@, a veces, durante un tiempo más o menos prolongado, un laberinto del que no vemos salida. Y ya lo ves, rendirse ante el laberinto, es vivir en una constante desesperación y bajo una inercia en la que no eres tú, sino un somero actor en una tragicomedia.
Así pues, sea cual sea el laberinto en el que te encuentres, ten la absoluta certeza que debes seguir moviéndote para que la salida, en algún pasillo termine abriéndose. No hay otra forma, y da igual si pasas por el mismo sitio dos veces, equivocarse también sirve para obligarte a rectificar. Lo importante es, primero, saber que se está en un laberinto, segundo, comenzar a caminar, y tercero, aceptar la desesperación para, finalmente, obligarse a encontrar la salida.
Ah...y otro detalle más que se me olvidaba mencionarte; todo laberinto, por muy largo, enrevesado o tremendamente encruzijado que sea, siempre, siempre, tiene una entrada y una salida.
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