martes, 24 de marzo de 2009

Edades dificiles


Cuántas veces no habremos dicho que la edad no importa con la lozanía que suele otorgar el goce y el disfrute de la vida, sin pensar que, en realidad, la edad suele importar más de lo que parece, no sólo porque las facultades van mermando, sino porque la propia sociedad y sus varas de medir también establecen sus rigores convirtiendo esa natural acumulación de años vívidos en verdaderos handycaps para la propia persona cuándo se ve abocada a situaciones difíciles en las que debe comenzar de nuevo para continuar con su vida.
Por mucho que se nos venda en tarros cremas milagrosas anti edad, lo cierto es que la edad sí importa. Y, mucho. Más de lo que, banalmente, nos intenta vender, muy al contrario, esa publicidad sensacionalista de elixires de eterna piel de juventud. De poco sirve una piel con aspecto joven mientras nuestro DNI dice la edad que tenemos y nos vemos ante una pared vertical difícil de superar, un situación en la cual, precisamente, se están viendo muchas personas de este país en estos tiempos de crisis.
Se dice que casi todo es cíclico. La vida, el sistema, la sociedad, la economía, los trabajos...Es cierto. Casi nada es perenne, por tanto somos proclives, en función de la bonanza o la dificultad de la etapa que nos toca vivir, a estar en posiciones álgidas y acomodadas como a estar en posición de caída o a ras del suelo. Y, no es menos cierto que, ante una caída, la obligación de levantarse para continuar es menos costosa cuántos menos años se acumulan a nuestras espaldas. Ya la propia naturaleza humana demuestra que un niño de tierna edad se cae y enseguida se levanta casi sin rasguño, mientras que un adulto cuándo cae, qué voy a contarles, con suerte no nos partimos la crisma amén del bochorno y el trabajo que nos lleva levantarnos. Así pues y vistas así las cosas, no es extraño que en tiempos difíciles como los que estamos viviendo actualmente con esta recalcitrante crisis económica, aquellas personas en edades a medio camino entre esa deseable consolidación de su experiencia profesional y la jubilación, hoy tengan verdaderos problemas para levantar sus alas del suelo al que les han arrojado los múltiples despidos a los que estamos asistiendo un día sí y otro también.
Muchas personas, hombres y mujeres profesionales con largos años de experiencia en su curriculum, se están viendo en las listas del paro con edades difíciles para obtener nuevas oportunidades de empleo. Personas de 50, 55, 58 años...cuyo perfil laboral no es el deseado para las también limitadas ofertas de empleo de las empresas que afortunadamente se mantienen a flote.
Esto sin duda invita a la reflexión, o por lo menos a un punto de inflexión para esta sociedad de constantes varas de medida y a menudo poco pragmática y muy contradictoria porque, pensemos por un momento. ¿ Cómo es posible que a un muchacho o muchacha de veintipocos años se le pida experiencia como requisito casi imprescindible para ocupar un puesto de trabajo y a un hombre o mujer de 50 años, cuya experiencia laboral es su mejor baluarte, se le limite el acceso a esos puestos de trabajo por el hecho de tener la edad que tiene?.
Si se quiere para un puesto a alguien joven, lo más natural es que se le ofrezca formación para desempeñar su trabajo más que experiencia propiamente dicha porque lo más probable es que, o no la tenga, o la tenga escasa. Si por el contrario se valora la experiencia, lo más natural es que se le de la oportunidad a alguien con madurez laboral para asumir y realizar la actividad propia de la empresa porque seguramente habrá acumulado profesionalidad y conocimientos a lo largo de su vida laboral. Sin embargo, no funcionan así las cosas. Las empresas, algunas más preocupadas de pillar subvenciones que de crear empleos estables, contratan solamente a gente joven sin sopesar otras alternativas que no sólo contribuirían a crear empleo, sino también a ofrecer calidad y mantener la cualificación y especialización, un valor a la baja que también va pasándonos factura.
Son tiempos difíciles para equilibrar balanzas, es cierto. Tanto necesitan oportunidades los jóvenes para abrirse camino laboralmente, como lo necesitan aquellos que aún les queda un trecho para la jubilación, y por supuesto, no se trata de quitar a unos para poner a otros ni engolosinar a los empresarios con subvenciones para que contraten a unos y no a otros. Lo deseable es que no existan edades difíciles para encontrar nuevas oportunidades de trabajo, ni tampoco edades deseables para aprovecharse de la juventud con contratos y salarios precarios, sino voluntad de trabajar y de contratar por ambas partes, trabajadores y empresarios, en beneficio de la estabilidad y cualificación profesional y laboral.
Quizá suene utópico, o tal vez no tanto, al fin y al cabo ambas partes se necesitan, pero lo que sí es una realidad lamentable, es que muchos hombres y mujeres en estos momentos sienten como una losa sus años, mientras que su experiencia se convierte en meros renglones en un curriculum que apenas pesa para las empresas.
Leía el otro día una oferta de empleo que decía así: se precisa chica de 21 o 22 años para dependienta en establecimiento de venta de frutos secos y gominolas. No se precisa experiencia.
Me pregunté al terminar de leerlo si, realmente, para vender gominolas y frutos secos, era tan importante tener 21 o 22 años. ¿ Un hombre o mujer de 50 años no puede igualmente hacerlo?. La respuesta es evidente. Claro que sí, pero está claro que no es esa es la cuestión a tener en cuenta, sino el hecho de que, a una muchacha de 21 años y sin experiencia se le puede hacer un contrato temporal dónde se le exija trabajar horario comercial por un salario base al que se le prorratean las vacaciones y las pagas extras y que lo aceptará porque eso es mejor que no hacer nada o quedarse en casa y al menos ganará para costearse sus caprichos y salidas de fines de semana.
Así funciona el sistema. Sale más barato contratar a una chica de 21 años, con contratos precarios y sueldos igualmente precarios que a un hombre o mujer de 50 años con toda una trayectoria profesional sobre sus espaldas.
Pues, señores míos, en mi opinión es por dónde debemos comenzar a cambiar las cosas. No abaratando las cosas con contratos basura para aprovechar la juventud de unos en detrimento del derecho a tener un puesto de trabajo digno hasta alcanzar la jubilación, sea cual sea la edad y la etapa de la vida que toque vivir.
Conclusión. En mi opinión, no hay edad difícil para vender gominolas y frutos secos, tampoco para otros trabajos. Pero he ahí un ejemplo de lo difícil y lo triste de nuestro actual ámbito laboral: hasta para vender gominolas y frutos secos, pesan más los años que la voluntad de trabajar y la experiencia. Ya me dirán pues, para que sirve tener la piel tratada contra el envejecimiento. Ni para vender chucherías, ¡ Qué cosas¡.
Pilar Martinez Fernandez.

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